Miredondemire
Por
Hacerse un atlético
Mi hijo mayor es del Madrid. A mi no me gusta el fútbol, pero voy a hacer todo lo posible para que el pequeño se enrole en el Atlético y aprenda lo que hay que sufrir para ganar
Dos años, cuatro meses y un día. Suena a condena, pero es la edad de hoy de mi hijo. Y enfrento, se me hace pronto, el primer dilema en el que no puedo contar con él. Con su opinión, me refiero. Por ejemplo, hasta ahora ha demostrado claridad de gusto y determinación en la forma de comunicarme sus preferencias culinarias. La versatilidad que su vocabulario alcanza, en torno a la gastronomía, no deja de sorprenderme y le ha permitido expresarse floridamente e imponer su opinión en cuanto al menú del día, de la mañana o la noche. Es cierto que dentro de un limitado surtido de materias primas. Pero su capacidad de combinar boquerones con yogur, o fresas con huevo, caso de hoy, le han abierto un espectro de posibilidades entre las que a mí mismo me costaría decidir con la rapidez y convicción con la que él lo hace.
Otro segmento en el que, aun presuponiéndose la necesidad de decisiones unilaterales y adultas, mi hijo ha participado de forma activa y determinada -asertiva diría yo- ha sido en el de su vestuario. Mismo caso. No demasiadas prendas, heredadas todas de su primo un año mayor, pero que puede armonizar mejor y más rápido que cualquier inteligencia artificial. Le ayuda sin duda su total ausencia de prejuicios en cuanto a colores, tejidos y estampados. Así, una camiseta roja chillona de Mickey Mouse y unos pantalones a cuadros estilo escocés encajan a “su” perfección dentro de un chubasquero amarillo pollito. Las botas de agua verde manzana rematan el conjunto que, veo, empieza a ser tendencia en los columpios. Y no es broma.
Otros casos reseñables para acreditar lo innovador de mi situación actual con respecto a los criterios de mi hijo podrían ser la selección de juguetes para cada hora del sábado, la colocación de coches y miembros de la patrulla canina en el borde de su cama al irse a dormir, la selección musical que acompaña sus traslados en el coche o en el tránsito hacia sus sueños. Y, en el colmo de su autoafirmación, hasta impone la decisión de quien debe proceder a la sustitución de los elementos de contención de sus residuos y la posterior limpieza de las zonas aledañas damnificadas por la poca previsión y la mala comunicación de su cerebro con sus esfínteres.
Sin embargo, enfrenta estos días una situación en la que le veo incapaz de marcar criterio o preferencia. Y me tiene muy desasosegado. En primer lugar, porque me parece increíble que antes de los dos años y medio tenga obligación de hipotecar para el resto de su vida sus preferencias futboleras. No le veo preparado. Yo hubiera hecho lo posible por retrasar el proceso. Pero la indefensión de mi hijo ante la presión inmisericorde de su hermano mayor para alistarle en las filas madridistas me está obligando a reflexionar sobre mi buenismo futbolístico habitual.
Un poco de contexto. Soy taurino y enamorado del rugby. El fútbol nunca tuvo demasiada cabida en mi ocio. Pero desde siempre el devenir de mis salidas, de forma un tanto misteriosa, acababan en torno a amigos atléticos. Y no por poco. 90% de mis amigos son indios. Entregados, abnegados, apasionados, encabronados, decepcionados, enamorados, extasiados colchoneros. Animadores, sufridores, abrazadores, colaboradores, viajan y apoyan sin pedir demasiado a cambio.
Soy atlético por ósmosis, proceso que la cerveza claramente facilita. Les acompaño en el sentimiento desde hace ya muchos años. En el bueno y en el malo, sin contar cuantos de cada. Porque el abrazo de un gol en los momentos de duelo, me duran más que mil fallos. Porque se aprende con ellos lo que cuesta ganar algo. Porque la humildad para mí es una lupa imprescindible para mirar y entender a los otros. Y el respeto una muleta para apoyarte cuando te fallan las fuerzas, no para torear a nadie. La convicción del “se puede” es una llave para la vida, que no siempre viene de cara. La sensación de familia, el abrazo del que no quieres que nadie de los tuyos salga.
Soy atlético hasta los huesos, vaya. Y mira que hay grasa hasta llegar a mis huesos. Y mira que hay gracias que dar a tantos que me apuntaron el camino melancólico que vamos dejando atrás y que no podía ser otro, viendo el lugar tan feliz al que me ha traído con ellos. Así que no me queda otro remedio que tomar cartas en el asunto. Y el asunto no es otro que hacer a mi hijo atlético. Y es que no le veo preferencia a mi retoño a la hora de apuntalar su gusto sobre la camiseta que le regaló su hermano, blanca y triunfadora, y la que me regalaron mis amigos al poco de su nacimiento, con el rojo de que la vida sangra. Tiene días, y los últimos resultados me están resultando adversos. No entiende la competición, pero sí de caras tristes. Y la sonrisa de su hermano resulta cautivadora para un pequeñajo que ríe unas seis mil veces por hora. La que luzco las últimas semanas le ha ayudado muy poco, lo confieso.
Soy atlético por ósmosis, proceso que la cerveza claramente facilita
Pero hasta aquí hemos llegado. De verdad que esperaba que vistas sus incipientes virtudes cayera por su propio peso al lado noble de las cosas, al lado correcto. Pero hay que reconocer que es ahora o nunca. Y de mañana no pasa. No me costará explicarle que uno es del atleti por lo que uno es por dentro. Que hay que ganar, por supuesto, pero que perder se puede. Y que hay que saber también empatar. Que sin el de enfrente no juegas. Que si otro no pierde, tu no ganas y eso merece un respeto. Que al que lucha a tu lado, por mucho dinero que cobre, hay que quererlo y apoyarlo. Animar, no renegar. Darlo todo antes de pedírselo a nadie, aunque sea desde un bar. Reconocer el mérito de los que son mejores que tu en algo. Comprender a los que arbitran y sus márgenes de errores. Aceptar si van en contra reglas o interpretaciones.
Y sobre todo pensar que lo que ocurre en ese rectángulo verde es un juego, se puede perder o ganar. Porque el valor de enfrentarse a grandes retos y los valores sobre los que apuntalar tu éxito no es nunca un tema estadístico. Significaría que, si fracasas más que triunfas, deberías dejar de intentarlo. Se acabaría el futbol… y muchas cosas conseguidas. No pienso permitir que mi hijo se pierda el lado humano de su vida. Aupa Atleti y todo lo bueno que significa. Deséenme suerte con mi hijo.
Dos años, cuatro meses y un día. Suena a condena, pero es la edad de hoy de mi hijo. Y enfrento, se me hace pronto, el primer dilema en el que no puedo contar con él. Con su opinión, me refiero. Por ejemplo, hasta ahora ha demostrado claridad de gusto y determinación en la forma de comunicarme sus preferencias culinarias. La versatilidad que su vocabulario alcanza, en torno a la gastronomía, no deja de sorprenderme y le ha permitido expresarse floridamente e imponer su opinión en cuanto al menú del día, de la mañana o la noche. Es cierto que dentro de un limitado surtido de materias primas. Pero su capacidad de combinar boquerones con yogur, o fresas con huevo, caso de hoy, le han abierto un espectro de posibilidades entre las que a mí mismo me costaría decidir con la rapidez y convicción con la que él lo hace.