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Agarramos el rábano por las hojas
Ídolo mediático y figura polémica, Ramos sorprende ahora con una incursión musical que desata críticas y memes, mostrando su afán por reinventarse más allá del fútbol y la moda
No seré yo quien agarre el rábano por las hojas, pero reconozcamos que haga Ramos lo que haga en noticia se convierte. De lumbalgia a tatuaje, su vida de gran hermano, aunque ningún gen nos comparte, me aparece y reaparece igual en titular que en meme. A razón de un par de inevitables veces por semana. Su pintarrajeada presencia no me afecta en demasía. Siendo su mala cabeza -perdón, su buena cabeza- la que nos dejó sin Champions no le practico la inquina que, por ejemplo, le vengo teniendo a Cristiano Ronaldo. En sus inmolaciones públicas a golpe de foto y posado vemos líneas de conducta y la escala de valores de quien busca hueco público entre Beckham y otros soles. Inmolaciones, de estar in y de molar. Insolaciones, inevitables si quieres sentirte cerca de estrellas más deslumbrantes para poderlas copiar. Seguro que tanto brillo justifica sus profusamente exhibidos tonos zanahoria, permanentes incluso fuera de temporada.
Le miro desde mi escepticismo estético causado por los reguetoneros estándares de estos días. Su corte de pelo mutante o rasurado, sus camisetas ajustadas y con tirantes, dejando ver que la tinta hace tiempo que le llega al cuello, me parecen inaplicables para mi recién llegada crisis de edad. Y de un esfuerzo inasumible camino de mis sesenta. Admiro, no obstante, la valentía de Ramos de replicar sin pudor el modelo, de apuntalar el icono, de forzar el manierismo en su sentido más literal de exageración y artificiosidad, hasta rozar sin disimulos el terreno de la caricatura. Lejos ya de su adolescencia, al menos la física, resultan palpables, digamos admirables, sus esfuerzos. Miradas a puntos fijos, sonrisas de blanco nácar, ojos de melancolía, expresiones que en conjunto aparenten importancia y pensamientos profundos conforman ese catálogo de fotos donde te miran y, sobre todo, supongo, donde poder y querer mirarse cuando estás mirando de tan cerca a tus cuarenta tacos. No tan mal llevados, por cierto. Reconozcamos al menos su total ausencia de grasa visceral y abdominal, que remarca el carácter físico de su empleo, y la omnipotencia de su ego en la decisión de mostrarla.
Todo dentro de las reglas que un futbolista de éxito, en esa gran lupa hortera en la que convertimos un área, un equipo o un torneo, sigue con la fe ciega con la que sigue a un balón o a un delantero. El kit, que viene de serie, siempre se complementa con relojes de muñeca que podrían por tamaño serlo de mesa, de pared y algunos hasta de Iglesia de pueblo. Los disfrazan de inversión y cumplimentan el disfraz de rico en exposición. Exposición buscada a las miradas de envidia de quien solo piensa en el dinero y exposición inevitable a engrosar con sus enseres las estadísticas de atracos.
Maletas con muchos logos, zapatillas imposibles y lujichándales impolutos para acudir a las mesas que reservan en garitos donde consumir Gran Reservas de tres litros, muchos años y cuatro cifras como mínimo. Y el complemento imprescindible para las noches de lucir: esos superdeportivos, todos a ras de suelo, capaces de poner a prueba tu flexibilidad y tu daltonismo por lo inclasificable de algunos de sus colores. Y tu paciencia cuando el mitómano aparcacoches lo puso, para que se viera, justo en la doble fila que tapa tu utilitario. Y tu misofonía cuando lo arranca y piensas que tampoco hacían falta centenares de caballos para bajar por la M-30 de La Moraleja al barrio como máximo a noventa.
Como digo, hasta aquí, nada que reprocharle. Las charlas de entrenador desde infantil deben tener algún código para que cuando están creciendo, los futbolistas de éxito -de cualquier atisbo de éxito de hecho- sepan cómo catalizar lo superfluo y el consumo, lo hortera y lo no barato, lo incómodo con lo chillón. Yo no sé cómo no existen los cromos de futbolistas sin la camiseta de equipo. Saldrían con sus modelos absurdos y destallados, con sus perros imposibles, con sus piscinas privadas de ostentosos mosaicos, con sus cocineros de sushi y sus sumilleres de pega. Con sus amigos postizos, los pelotas que no botan pero entretienen, los masajistas del ego, los adictos al contacto de la fama. Con sus novias conquistadas, o viceversa, que suelen aparecer detrás de las hinchazones, en un similar destallaje al del outfit de los novios, pero en su patético caso de labios, pómulos y pechos. Sin reseñar la última moda de esos glúteos aberrantes a los que no imagino posición ni para dormir ni para amarse.
Pero Ramos fue más allá y consideró buena idea entregarse al autotune y a la autocondescendencia y grabar una canción para interpelar a La Cibeles que quedó con cara de piedra la primera vez que la escuchó perdiendo del todo su natural expresión. Como me he quedado yo sin origen tan granítico. La letra, gramaticalmente incomprensible, alcanza nivel de jeroglífico moderno intraducible. Estirada, agudizada, modulada por los tonos aleatorios que marca el algoritmo que define las tendencias, los aullidos no consiguen conformar frase comprensible para un castellanohablante que sepa quién es Cervantes.
Debe estar acostumbrado a charlar con mujeres, o que son diosas y lo entienden todo, o que directamente no le escuchan. Simplemente, le soportan como tuvo que hacer varias veces La Cibeles con Sergio Ramos. Con ese look pretendidamente castizo de bandera nacional por minifalda y bufanda madridista por peineta. Y con varias copas encima, de trofeos nacionales y europeos, y de las otras… con hielos.
Están de moda venganzas musicalizadas, ritmadas con sentimientos, interpretadas con rencores que se convierten en éxitos. Les llaman Beef o Tiraderas. De Residente a Shakira han materializado un género donde darse rienda suelta a los reproches más íntimos, pero con la máxima audiencia. En este caso de Ramos no me queda clara la metáfora de Cibeles con Florentino y tampoco pensé que lo del ruido blanco acabaría en gruñidos reguetoneros, ni que para rimar valdría con ponerlo todo al final de cada estrofa en pretérito imperfecto.
Tampoco veo la necesidad de tamaño atrevimiento, ni en el modo, ni en el momento. Yo nunca fui futbolista, no tengo por qué entenderlo.
Pero sí debo reconocer que cada uno es dueño de expresarse como mejor crea y que siempre resulta más fácil juzgar con más dureza a los de más éxito, por eso y por otras miles de razones ya vamos apareciendo los que agarramos el rábano por las hojas para poder distraernos.
No seré yo quien agarre el rábano por las hojas, pero reconozcamos que haga Ramos lo que haga en noticia se convierte. De lumbalgia a tatuaje, su vida de gran hermano, aunque ningún gen nos comparte, me aparece y reaparece igual en titular que en meme. A razón de un par de inevitables veces por semana. Su pintarrajeada presencia no me afecta en demasía. Siendo su mala cabeza -perdón, su buena cabeza- la que nos dejó sin Champions no le practico la inquina que, por ejemplo, le vengo teniendo a Cristiano Ronaldo. En sus inmolaciones públicas a golpe de foto y posado vemos líneas de conducta y la escala de valores de quien busca hueco público entre Beckham y otros soles. Inmolaciones, de estar in y de molar. Insolaciones, inevitables si quieres sentirte cerca de estrellas más deslumbrantes para poderlas copiar. Seguro que tanto brillo justifica sus profusamente exhibidos tonos zanahoria, permanentes incluso fuera de temporada.