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Incongruencias

Trato de vivir conforme a lo que predico, incluyendo en eso una larga lista de imperfecciones que no me queda más remedio que defender para apuntalar un mínimo de coherencia. No resulta fácil en estos tiempos evitar los patinazos

Foto: Pablo Iglesias. (Europa Press/Gustavo Valiente)
Pablo Iglesias. (Europa Press/Gustavo Valiente)
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Muchas veces me pregunto por el rango aceptable de incongruencia en una persona seria. Convencido de la imposibilidad de alcanzar la congruencia total peleo por limitar mis contradicciones a un número compatible con mi propia aceptación. Las repaso con frecuencia, constancia y humildad. Me voy topando con ellas en mi día a día familiar, laboral y social y reconozco que siendo algunas muy recurrentes otras no dejan de sorprenderme a pesar de mi edad y de mi propio y ya antiguo conocimiento. Pero trato de controlarlas y rectificar, no sin pudor, para poder catalogarme a mí mismo de eso, de ser una persona seria.

No obstante la pelea no es fácil. Detecto por igual desajuste entre lo que pienso y lo que hago en el ámbito del desempeño y en el ámbito ideológico. La ventaja para la humanidad es que mi falta de causalidad tiene un ámbito reducido de influencia y, al margen de familia y compañeros de trabajo más cercanos, no encuentro consecuencias importantes que tenga que lamentar. Lidio con mis cambios de opinión en la intimidad tratando de mantener una apariencia sólida y constante en cuanto a pensamientos y acciones ante terceros.

Trato de vivir conforme a lo que predico, incluyendo en eso una larga lista de imperfecciones que no me queda más remedio que defender para apuntalar un mínimo de coherencia. No resulta fácil en estos tiempos evitar los patinazos. Todo va muy deprisa, todo es cambiante y los temas resultan más complejos de entender hoy que hace cien años. La vida era más simple, interactuaba menos, exigía menos posicionamientos y sobre todo ofrecía muchas menos alternativas. Por lo que es exigible una especial atención para revisar maximalismos, declaraciones de principios o mandamientos éticos irrefutables.

Quiero pensar que todos intentamos un ejercicio similar. De nuestra capacidad para no sorprender a nuestros prójimos obtendremos el respeto. De nuestra predictibilidad la facilidad de las relaciones sociales. Es lo que genera el filtro que decanta nuestro entorno y lo que justifica que nos juntemos con gente afín o parecida, "confiable". Y me gustaría que fuera cierto que aquellas personas que por su posición o puesto tienen una trascendencia pública mayor realizan con más frecuencia y rigor este mismo ejercicio. Políticos, intelectuales, empresarios importantes, deportistas o artistas por nombrar oficios con altavoz incorporado deberían ser aún más prudentes que el resto con lo que dicen y con lo que hacen en consecuencia.

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Pero la aparente y triste realidad no apunta a tan necesario ejercicio. Más bien existen demasiados casos de todo lo contrario. Dos chirriantes ejemplos de este mismo fin de semana pueden acreditar que lo que digo es cierto. Especialmente hilarante -o desesperante según como lo miremos- ha sido la procaz y sibilina defensa de la educación privada por parte de Pablo Iglesias en el trance de escolarizar a sus descendientes. Años de reproches a los padres que se han desvivido por ofrecer la mejor educación posible a sus hijos, de insultos y desprecios desde la superioridad moral de los teóricos, parecen no haber habitado nunca en su conciencia. No le ha temblado el pulso, ni parece haberle cambiado la cara renegando de la educación pública. No se le apreció rictus de contrariedad tampoco cuando cambió el piso proletario y de barrio por el chalet acomodado y de Sierra por lo que esta vez sorprende menos el desparpajo.

Han quedado los sermones, la moralina, la demagogia del que lo ve desde fuera aplastados por el propio peso de la evidencia. En una venganza sutil del capitalismo parece que el adalid del comunismo de panfleto y botellín ha descubierto que si algo se cotiza es muy probable que sea mejor que sus comparables. Y yo le aplaudo el criterio. Entiendo que la educación pública es imprescindible y debería ser mejorada constantemente a base de mejores presupuestos y organizaciones menos funcionariales. Abogo por ello apoyándola al cien por cien. Pero hasta que eso ocurra a través de un consenso integrador y duradero tiene todo el sentido que, de poder permitírtelo, lleves a tus hijos a un colegio lo mejor posible. Donde los profesores cobran más, lo que fomenta su excelencia, y donde los principios de disciplina y orden están reforzados por la tradición. Y buscar los menos contaminados del síndrome del país de las maravillas con la que hemos engañado a las nuevas generaciones.

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Si la filtración de la noticia ya era un trago, inapreciable en las caras de cemento por otro lado, lo que ha resultado apoteósico es la explicación. En su magnanimidad de líder moral ha decidido hacer el esfuerzo de tragarse sus palabras para habilitar dos plazas libres en la escuela pública. El sacrificio es completo. El precio y la renuncia pensando en los dos infelices que se quedarían sin docencia de haber inscrito a sus hijos en el colegio público de Galapagar. Donde, estoy seguro, en este curso hay muchos más pupitres que chavales.

La incongruencia es tan grave, tan evidente, tan indefendible que me produce carcajadas. Y es un efecto curioso porque nunca pensé que la indignación me haría reír. Si al menos hubiera reconocido su error, justificado su rectificación y hubiera pedido perdón por las faltas de respeto hacia los que pensaban como ahora piensa él, la indignación sería moderada y permisiva. Nada mejor que un hijo te puede hacer cambiar de opinión. Y su bienestar bien merece tragarse unos cuantos sapos si es necesario.

El otro ejemplo no lo personalizaré tanto sabiendo que es un tema complicado. Todos los que gritan, atacan, maldicen o repudian "a los judíos". Ese colectivo mal definido, confuso y ahora demonizado al que hay que echar de nuestro entorno para que se enfrenten a la soledad y a su propia e infinita maldad. Son los mismos los que abogan por suspender La Vuelta o vetarles en Eurovisión los que no alzan la voz por el sojuzgamiento de los civiles musulmanes a un estado permanente de guerra. Por los muertos sunitas a manos de chiitas o viceversa. Por la situación de la mujer o los homosexuales en las sociedades musulmanas de oriente y África, ablaciones, asesinatos… Por la barbarie del adoctrinamiento en la guerra santa que consigue justicieros solitarios, indiscriminados o la contra natura de las inmolaciones. No gritan por la creación de sociedades medievales, por el integrismo religioso, por la ausencia de leyes civiles, por el arrasamiento de la discrepancia, por renegar del progreso, por fomentar el odio y el enfrentamiento a su enemigo acérrimo: occidente y su riqueza, material, espiritual y cultural.

Muchos de los que quieren cancelar "a los judíos" llevan sus hijos a colegios semitas, se atienden en hospitales de capital judío, se emplean o se financian en empresas con propietarios manifiestamente sionistas lo cual está bien. Siempre que lidies con la congruencia de criticar lo criticable de los unos y de los otros. Al fin y al cabo donde seguro que nunca les llevarían es a un colegio en Afganistán o Irán.

Muchas veces me pregunto por el rango aceptable de incongruencia en una persona seria. Convencido de la imposibilidad de alcanzar la congruencia total peleo por limitar mis contradicciones a un número compatible con mi propia aceptación. Las repaso con frecuencia, constancia y humildad. Me voy topando con ellas en mi día a día familiar, laboral y social y reconozco que siendo algunas muy recurrentes otras no dejan de sorprenderme a pesar de mi edad y de mi propio y ya antiguo conocimiento. Pero trato de controlarlas y rectificar, no sin pudor, para poder catalogarme a mí mismo de eso, de ser una persona seria.

Educación Pablo Iglesias