Miredondemire
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Carta abierta a mi cuerpo
Te imploro perdón ante las 18 comidas, seis vermuts, cuatro cócteles, nueve cenas, tres inauguraciones y un vino español, que tengo en los próximos días. Todo, sin contar las citas obligatorias: comida de empresa, Nochebuena, Navidad y Nochevieja
Queridísimo y no obstante maltratado cuerpo, como otros años por estas fechas, te remito la presente en el deseo de que te encuentres bien al recibo de la misma. Sé que no, como otros años. Pero permíteme la cortesía epistolar que viene caracterizando nuestras esporádicas comunicaciones. La misiva tiene el doble objeto de tu aviso y mi indulgencia. De la anticipación de acontecimientos que te esperan y mis disculpas. Del reconocimiento a tu valía y la asunción de mis debilidades. Como habrás detectado por las ingestas de estos últimos días acabamos de terminar el puente de diciembre, antesala de las prenavidades, a su vez, portón de una aglomeración insana de celebraciones religiosas y familiares basadas, no obstante, en atender las necesidades más físicas y mundanas de nuestro yo menos espiritual.
Albergue de mis pulsiones, catedral de mi consciencia, caja fuerte de mi alma, te escribo de esta manera sabiendo de tus demandas. Al límite de la espacialidad que otorga tu piel flexible, poquísima queja me llega en forma de dolor o síntoma. Y mi mente disociada de tu voluntad de permanencia, en lugar de agradecerlo correspondiendo con trato contenido y saludable, explora tus capacidades llevando tus órganos al límite. Y en la acumulación de grasas, de líquidos y otros residuos lleva todo tu conjunto al límite de la propia báscula.
Cuatro días de solaz y solitaria estancia disfrutando la distancia a mis obligaciones diarias que decidieron marcharse esta semana a la playa no han ayudado nada. De darte descanso de ingestas, alcoholes y demás delicias, de darte ejercicio diario intenso y poco lesivo, de darte las horas de sueño que después de un año merecías, a lo que hemos hecho. Acabar con las neveras recién repuestas de Mahou, las patatas vinagreta, el lomo, la oreja -las, que han sido dos- las regañás, la cebolla frita, las tortillas para los tacos, los torreznos y el panettone -los, que no ha sido one, han sido two-. Ese break, ese preludio detox que pretendía amortiguar lo que se nos viene encima, nació con tanta voluntad como certeza de fracaso.
Echo la vista atrás, al jueves, y me arrepiento. Lo siento cuerpo, pero me he dejado llevar. El sofá con sus susurros venció mi voluntad. Hasta el plano horizontal concretamente. La conjura de los dispositivos relevándose en perfecta sincronía -televisión, ordenador y móvil- son un tridente invencible. Es el arma del demonio. Es una horca infernal diseñada para separar por completo el grano de la paja. Y no he tocado mies en cuatro días. Han sido unos días de pura paja. Y me refiero, claro está, a lo intelectual, a lo vacuo, a la broza. Llenando mi tiempo de películas absurdas que era imposible acabar, pero para empezar otra. Pasando horas de vídeos cortos de TikTok o de Instagram que sientan cátedra cada treinta segundos para que acabes no enterándote de nada. Mañanas enteras de repasar titulares de medios de varias tendencias tratando de unificar en una las historietas que cuentan. Aunque parezca más bien que no las quisieran contar jugando tan al despiste con sus titulares infames sin rigor relacional.
Así que te escribo, mi cuerpo querido, sacrificado y resilente, para implorar el doble perdón de lo acontecido hasta ahora y de lo que está por venir. Acabo de repasar la agenda de las tres próximas semanas y te lo quiero advertir. Tenemos 18 comidas, seis vermuts, cuatro cócteles, nueve cenas, tres inauguraciones y un vino español, que se ve, están a la baja.
Eso sin contar las que coincidían, descartadas de forma previa, ni las obligatorias, a saber: la comida de la empresa, Nochebuena, Navidad y Nochevieja. Si nos toca la lotería no sé cuándo lo vamos a celebrar. Sirva, pues, esta carta de aviso y proto-arrepentimiento. Por supuesto que el resto de obligaciones habituales, trabajo y niño pequeño, impedirán cualquier desempeño deportivo hasta después de año nuevo. El equilibrio calórico entre lo ingerido y lo gastado tendrá balance positivo importante de aquí a final de año. Esta habitual circunstancia que se ve agravada por el inexplicable consenso de agasajarnos sin medida con algo que claramente nos perjudica, revertirá con toda seguridad en un estrés anatómico que sin duda no mereces. Pero que, también, por mi experiencia y sin duda, no me veo capaz de evitar.
Otros años estos días previos de fiesta favorecían actividades recreativas y saludables. Este año, la casa vacía, la tele mirándome, la casi no recordada sensación de soledad y autoabandono me han generado una inercia que amenaza con exponenciar las dramáticas consecuencias de la acumulación de festejos, compromisos y reencuentros tan propios de estas fechas. Por todo ello, confío en que a la lectura de estas líneas entenderás la inevitabilidad de lo que viene, asumirás la certeza de lo que va a ocurrir y te aferrarás, como yo hago, a la capacidad de recuperación que enero facilitará con la asunción de nuestros anuales compromisos y objetivos. Agradeciendo tu paciencia, reivindico tu confianza y te pido que resistas en esta persecución de la estrella que nos aparcará en Belén el día de los Reyes Magos. Yo voy a pedirles una báscula y menos días de fiesta. Te juro que si aguantas, te compensaré en enero. Palabrita del Niño Jesús, el gran culpable de todo esto.
Queridísimo y no obstante maltratado cuerpo, como otros años por estas fechas, te remito la presente en el deseo de que te encuentres bien al recibo de la misma. Sé que no, como otros años. Pero permíteme la cortesía epistolar que viene caracterizando nuestras esporádicas comunicaciones. La misiva tiene el doble objeto de tu aviso y mi indulgencia. De la anticipación de acontecimientos que te esperan y mis disculpas. Del reconocimiento a tu valía y la asunción de mis debilidades. Como habrás detectado por las ingestas de estos últimos días acabamos de terminar el puente de diciembre, antesala de las prenavidades, a su vez, portón de una aglomeración insana de celebraciones religiosas y familiares basadas, no obstante, en atender las necesidades más físicas y mundanas de nuestro yo menos espiritual.