Miredondemire
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La queja
Me quejo de los que se quejan. No me gustan nada los quejicas. Mi lamento, tan justificado como contradictorio, eleva el tono estos días de lloriqueos y sollozos generalizados
Me quejo de los que se quejan. No me gustan nada los quejicas. Mi lamento, tan justificado como contradictorio, eleva el tono estos días de lloriqueos y sollozos generalizados. La frustración se inoculó en el idealismo de un estado de bienestar que, habiéndolo casi conseguido en occidente, no hemos sido capaces de hacerlo sostenible. Tocar el cielo con los dedos, mostrárselo a los hijos, ha sido la publicidad subliminal -apenas ha durado un fotograma- más dañina de la historia de la humanidad.
En el mundo que se ha creado todo me viene dado. Soy más sujeto que predicado. Juan (sujeto) estudia como un cosaco (predicado). Pedro curra como un marido de la cabra. Nuria rompe con los apéndices óseos, de la cabeza del marido de la cabra, su techo de cristal. Frases que significaban algo, acción, objetivos, resultados, esfuerzos, mejoras, evolución y progreso. Pero hemos renegado del grupo verbal para concentrarnos en el ombligo del grupo nominal, por ajustarnos a términos estrictamente gramaticales. Vamos, que lo importante es Juan, Pedro o Nuria y no lo que ellos hagan o tengan que hacer para alcanzar su propio éxito y felicidad, para culminar su esfuerzo con justos resultados.
Pensaba en las causas, que intuyo casi infinitas. En el exceso de proteccionismo de unos padres sometidos al sobreesfuerzo, que ven en su propio spin off orgánico la oportunidad de compensarse en diferido procurándoles confort y mínimo esfuerzo a sus vástagos. Satisfacción basada en la generosidad y en el mandato natural del cuidado de los hijos, pero que la historia de las civilizaciones se empeña en demostrar que es el mejor camino a su colapso. Sufro esta encrucijada con un mocoso de tres años que apunta maneras de mando y futuro de hombre débil criado en tiempos demasiado fáciles y con demasiados asistentes.
Opinión Veinteañeros de hoy reivindican los servicios alojados en la nube de la plena felicidad. A golpe de clic, a reclamo desde el teléfono, esperan que se cargue en su cerebro el conocimiento instantáneo, la dosis de dopamina que sostiene lo que a otros nos parece un artificial deambular, un mundo como el de Matrix. Lo quiero, me lo descargo. Me carga… pues me lo cargo y a otro TikTok, mariposa. Un 'porque yo lo valgo' sin solución de continuidad, a ritmo de reel o tuit, que les tiene que frustrar. Camino, como creemos que estamos, de la hecatombe mundial hacia un ecosistema virtual gestionado por kilowatios.
Escuché a una adolescente, de esas de unos treinta años, reivindicar su dejadez fruto del convencimiento de no querer repetir la historia que ha contemplado de los pobres de sus padres. Pobres por equivocados, que tenía toda la pinta de ser en realidad familia de acomodados. "Cómo me voy a comprometer con un trabajo, si he visto a mi padre dejarse la vida y le echaron cuando cumplió los cincuenta y cinco años…"."Apenas paga la hipoteca y mi universidad privada… normal que no se sostenga un contrato laboral donde me pidan las horas y me den cuatro monedas. Prefiero la precariedad que la compensación injusta y me conformo con el ocio de proximidad o la deuda". Perpetua, por otro lado, añadiría yo, pesimista. Podría ser el resumen de su débil coartada. Sintiendo todo perdido para qué va a buscar nada. Vivo igual a sobrevivo. Pervivo, concepto perverso. Perduro en esta vida aparentemente fácil. Más dura será la caída, volamos por encima de nuestras posibilidades, sin ninguna red a la vista. Asia, calienta, que sales.
Seguía buscando causas y me encontré con patrones. Sistemas que coordinados influyen y pontifican. Esos esquemas sociales, esos modelos constantes, esos estándares al uso nos rodean sin saberlo, nos condicionan sin remedio, nos homologan, nos domestican, nos igualan, y en ese listón tan bajo nos mantienen dormitando felices con cualquier cosa. Todo te lleva de forma deliberada, y por igual, al conformismo y la queja. La queja como válvula de escape. Porque superada esta, vendría la acción compensante. Y es más fácil renegar que generar, recriminar que crear, protestar que proponer, derribar que construir o reclamar que tejer.
Opinión De esos patrones sociales que educan para el lamento soy testigo de uno de ellos con repercusión planetaria. Me refiero a esos mediáticos personajes a los que hemos proclamado dioses de nuestro tiempo. Esos que en pantalón corto representan las batallas de barrios y de ciudades, de países y culturas que bajo unas mismas reglas enfrentan algo antagónico. Es el fútbol y sus actores, es el deporte de masas encadenado al bussines, sojuzgado a la maquinaria de la rentabilidad, cueste lo que nos cueste una moral decadente.
Esos brazos que se abren lamentando la pelota que no llega. Esa protesta al árbitro para ver que es lo que queda. Ese renegar del equipo, ese boicot hacia el árbitro. Esa guerra soterrada contra el entrenador de turno. Esa traición al conjunto, ese ego desbocado. Esa justificación injusta de acusar al compañero, ese Dios que llevan dentro ganando lo que han ganado y perdiendo lo que nunca tuvieron, la dignidad, la autocrítica, la solidaridad, el esfuerzo.
Esos expuestos y mediáticos modelos de comportamiento los ven todos los estratos, todas las generaciones, todas las escalas sociales e influyen de la misma manera, con la misma perversidad en la educación colectiva, en el ejemplo a nuestros hijos, en el nivel de integridad que nosotros en la distancia de la oficina no conseguimos transmitirles, carentes del altavoz de esas marcas deportivas, de esos clubes que son culto, de esa rivalidad ficticia.
Opinión Viendo a estos privilegiados la manera de quejarse, viendo su desparpajo en la búsqueda de culpables, intuyo que no es tan fácil convencer a nuestros hijos de que la actitud de estos héroes sea nuestro futuro cáncer. Les veo protestar por todo, les veo justificarse. Y veo que el virus se extiende filas de gradas arriba. Y la afición gimotea por un juego no lustroso. Y el padre se desgallita insultando incluso a los propios en un desahogo impropio de quien quiso perpetuarse con su chaval a su vera. Y veo que ese magma de ombliguismo y complacencia de los que corren abajo empieza a tener consecuencias en la formación y en el voto. Casi nadie vota ya por la oportunidad de la pelea, que se vota por la promesa de la paz subvencionada.
Normal que ya nadie quiera coger el toro por los cuernos. El toro no entiende de quejas. Y los cuernos, cuernos son, hasta que soñemos con un mundo en el que sea lo más importante… lo que doy que lo que soy.
Me quejo de los que se quejan. No me gustan nada los quejicas. Mi lamento, tan justificado como contradictorio, eleva el tono estos días de lloriqueos y sollozos generalizados. La frustración se inoculó en el idealismo de un estado de bienestar que, habiéndolo casi conseguido en occidente, no hemos sido capaces de hacerlo sostenible. Tocar el cielo con los dedos, mostrárselo a los hijos, ha sido la publicidad subliminal -apenas ha durado un fotograma- más dañina de la historia de la humanidad.