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Los Reyes malos
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Juan José Cercadillo

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Los Reyes malos

En nuestra tradición cristiana, por fe o por trigonometría, celebramos la epifanía todos los seises de enero. Jesús se presenta como Dios a sus dos días de vida ante una humanidad representada por sus reyes. Diplomacia de altos vuelos desde luego

Foto: Cabalgata de los Reyes Magos en Madrid el pasado lunes (EFE/Juanjo Martín)
Cabalgata de los Reyes Magos en Madrid el pasado lunes (EFE/Juanjo Martín)
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Los reyes eran majos. Y magos según la leyenda, o viceversa. Vinieron de oriente estando en realidad desorientados. Perseguían una estrella que les lanzó al estrellato. El cometa Halley, dicen las malas lenguas. Ese cometa con cola trajo ídem no solo para el cristianismo. Resulta que según cálculos astronómicos pasó cerca de la Tierra el 14 antes de Cristo. Demasiada coincidencia. Tres camellos trasladando mercancía hasta un portal, ¿qué podría salir mal? El ciclo del universo se repite con constancia y deja relatos convertidos en religiones. La Resurrección de Cristo, el final de la trama, coincide también en fechas con los tres días que el Sol, durante el solsticio de invierno, apenas cambia su punto de amanecida en el horizonte. Tres días parado, muerto, para resucitar continuando su camino al tercer día de su misterioso parón. Y así sucesivamente, desde Osiris en Egipto a Adonis en la Grecia Helenística, pasando por Tammuz en Mesopotamia, todos los dioses de las grandes civilizaciones resucitaban tras su muerte al tercer día. Las estrellas explican las biblias. Nunca fue al revés, por desgracia.

En nuestra tradición cristiana, por fe o por trigonometría, celebramos la epifanía todos los seises de enero. Jesús se presenta como Dios a sus dos días de vida ante una humanidad representada por sus reyes. Diplomacia de altos vuelos desde luego. A cambio de su manifestación, regalos conmemorativos y simbólicos de distinta valoración. Y las relaciones entre ambos mundos quedaron selladas bajo la atenta mirada del buey y la mula. Y San José. Los tres, al fin y al cabo, animales incapaces de tener descendencia por sí mismos, testigos a la vez de un nacimiento subrogado y del mayor pacto espiritual firmado en siglos.

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Es la más documentada de las manifestaciones de que la escala social siempre ha existido. El hijo de Dios en la Tierra, elegido por su padre, y los Primus inter pares, elegidos por sus padres o por sus huevos dependiendo el caso. Hoy bien podría matizarse el título con un más ajustado a la realidad: primus inter primos. Pero que no ha cambiado desde que el primer erectus cogió un palo dispuesto a romperlo en la crisma de los débiles no cooperativos. Elegidos a sus súbditos, también elegía la hembra que, en condiciones normales, aportaba calidad genética, lo que garantizaba el linaje y la preeminencia de esa sangre que a falta de luz solar por vivir en los palacios acabó viéndose azul al cabo de miles de años. Luego vinieron la sublimación del proceso, las zonas de confort real y la reproducción entre familiares que, en lugar de mantener la pureza, le dio paso a la hemofilia. Contados éxitos del adulterio alargaron las dinastías más concupiscentes hasta nuestro siglo. Quedan cuatro.

Por el contrario, las más sujetas a la norma sufrieron ese inevitable deterioro de los genes homogéneos, que abrió el paso de ambiciosos. Esos que sin sentirse reconocidos se sentían elegidos por designios del destino para reinar por hormonas más que por hemoglobina. Emperadores, dictadores, autócratas, militares, cada uno con sus medios, han reinado a sus pueblos desde el púlpito del coraje, de la falta de empatía y del control de la fuerza. Armada, comprometida y obediente, la fuerza, es el lenguaje universal vistos tantos reinos esparcidos por el mundo en los que ha funcionado sin pestañear. Y me refiero por igual a la fuerza bruta que a la espiritual, bien manejadas las normas.

Muchos muertos y muchas malas vidas. Guerras, enfrentamientos, hambrunas del propio pueblo. Sacrificios todos ellos entendibles desde la visión mesiánica de un salvador, un enfermo. Porque reinar es un ejercicio individualista. Una actitud impermeable que se acompaña de una capacidad de convencer al alcance de muy pocos. La energía que proyecta para cautivar al resto se la devuelve el espejo, lo que le retroalimenta. Y engorda hasta su propio infinito, que no es otro que el de acabar fagocitado por su propio ego. Devorando en el camino, como cruel alimento, las vidas que le hagan falta, la libertad necesaria, las felicidades más mínimas, la tranquilidad y la calma…

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Juan José Cercadillo

Miles de reyezuelos sufrimos en estas épocas. Si quieren explicar una guerra, busquen el apellido que realizó la propuesta que necesariamente tenía que acabar en conflicto. Si necesitan entender a Venezuela, a Rusia, incluso a Cataluña, tiren del hilo. Al final un apellido es el cebo en el que pican aspirantes a la corte. Los colaboradores necesarios con más ambición que escrúpulos, con más ego que conciencia, con más complejos que sentimientos forman parte del amplio equipo que consuma la felonía de romper la convivencia.

Militares y políticos, periodistas, religiosos, terratenientes, escocidos, envidiosos, malabaristas. Rencorosos, futuribles, mansos, rabiosos y cortos. Estúpidos y listillos, todos son parte del coro. Ricos a costa de todos, pobres que no pierden nada, mediocres con piel de cordero, lobos con hambre impostada. Repudiados y vencidos, derrotados, sin familia, empatados a don nadie, triunfador de pacotilla, exhibicionistas de calle. Seres que no deben serlo, sombras del mal, malas vidas. Niños muy rotos por dentro, ancianos temiendo su partida. Imitadores de ídolos, referencias trasnochadas, historias que nunca han vivido, reinvento de viejas patrias.

Locos y los que les siguen. Reyes y sus cortesanas. Emperadores de libro que no han leído dos páginas. Burócratas al calorcito de varias cuentas opacas. Corruptos y corrompidos yaciendo en la misma cama. Cupidos con arsenales disparan al corazón del pueblo buscando el enamorarles. Nada que hacer, corazón roto, mucho más pronto que tarde. Disparan con pólvora del rey y nos harán explotar a todos. Los reyes perdieron su magia. No son majos, que son malos. Y no son solo tres, por desgracia.

Los reyes eran majos. Y magos según la leyenda, o viceversa. Vinieron de oriente estando en realidad desorientados. Perseguían una estrella que les lanzó al estrellato. El cometa Halley, dicen las malas lenguas. Ese cometa con cola trajo ídem no solo para el cristianismo. Resulta que según cálculos astronómicos pasó cerca de la Tierra el 14 antes de Cristo. Demasiada coincidencia. Tres camellos trasladando mercancía hasta un portal, ¿qué podría salir mal? El ciclo del universo se repite con constancia y deja relatos convertidos en religiones. La Resurrección de Cristo, el final de la trama, coincide también en fechas con los tres días que el Sol, durante el solsticio de invierno, apenas cambia su punto de amanecida en el horizonte. Tres días parado, muerto, para resucitar continuando su camino al tercer día de su misterioso parón. Y así sucesivamente, desde Osiris en Egipto a Adonis en la Grecia Helenística, pasando por Tammuz en Mesopotamia, todos los dioses de las grandes civilizaciones resucitaban tras su muerte al tercer día. Las estrellas explican las biblias. Nunca fue al revés, por desgracia.

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