Miredondemire
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Autoayuda
Busco libros de autoayuda para buscarme el consuelo de mi confesado, e inconfesable, desapego. Pero lo cierto es que, a cada bomba en cualquier sitio, mucho peor que me siento. Por lo que está pasando y por lo que paso de eso
En tiempos de guerras incomprensibles, de maldades insoportables, solo quedan dos opciones. La implicación activista en sus distintos grados o involucraciones y la distancia absoluta, la de que me importa un rábano. Sin ser yo hortofrutícola me decanto por lo segundo, y cojo lo que parece un tubérculo, sin serlo, y lo trinco por las hojas. Es la actitud más honesta cuando tu peor enfrentamiento lo tienes que buscar entre los problemas del primer mundo. Seamos sinceros, el peso, el colesterol, el coche nuevo...
Siendo difícil abstraerse al bombardeo diario, me refiero por supuesto al de los informativos, llega un punto en el que la pregunta es, qué tengo que ver yo con todo eso. No veo mucha diferencia en el devenir del mundo en función de los picos que sufro de preocupación con los problemas ingentes que crecen a nuestro alrededor. Los conflictos étnicos en Africa, los presos en Venezuela, las víctimas de los narcos, los estafados en Huelva...
Las masacres en Oriente próximo llevan años en la prensa en forma de múltiples conflictos. El asalto de 2023 al Festival Nova en Israel, sustituyó los problemas del Líbano que a su vez sustituyeron a la larga guerra de Siria, que a su vez... Y el ataque terrorista nos puso de nuevo en las portadas el conflicto milenario de a quién y en donde le rezo. Y devolvió a la actualidad más manifiesta esa frontera incendiaria, que lo ha sido desde su mismo nacimiento. Un mes me duró la angustia, algo más que las anteriores, lo reconozco. Justo lo que tardaron en materializar la venganza. La angustia se tornó escándalo con la desproporción del contraataque, con los escombros-sepultura, con el hambre, con el frio, con los sudarios de niños en los brazos de unos padres rendidos a su destino.
Opinión Pasó el tiempo y el foco cambió de sitio. Los niños siguen muriendo, los padres siguen llorando. No veo que ni yo, ni los otros, los que se manifestaron, consiguiéramos un día menos de sufrimiento. El patio siguió empeorando. No hubo ni un mínimo cambio. Luego la revuelta en Irán nos pudo parecer Netflix. Ningún efecto real en nuestro modo de vida, distante, abstraído y aparentemente profiláctico, por higiénico y aislado. Hay una parte implicada, un reducto de voluntarios que pretenden hacer algo. Banderas, chapas, pancartas, protestas y gritos al aire no parecen hacer mella en esa maquinaria salvaje que vive de fabricar guerras y que miremos a otra parte. Yo, lo confieso, no puedo seguir su ritmo. Ni el ritmo del que las fabrica, ni el ritmo de los que protestan. Ni el ritmo de los informativos.
Porque hay profesionales, porque viven de opinar, en la lucha pantomima contra la realidad brutal. Cobran. Y eso justificaría su dedicación y entrega al mundo de la declaración, de la valoración de parte, de la conclusión. Y de la sentencia. Frases tendenciosas, sentenciosas y condenas, que sueltan para que el de enfrente entre al trapo, nunca al trato, y le responda de la misma mala manera. Periodistas, tertulianos y políticos hablan por todos nosotros arrogándose la portavocía, unos por el voto, los otros por el ruido de fondo que necesitamos en casa para no oírnos a nosotros mismos o al resto de la familia.
Tampoco parece que su profesionalismo y su omnipresencia tengan efectos visibles, visto la perversa tendencia. Es como si todos fueran en el fondo miembros del mismo partido: el del indignismo. Me doy golpes en el pecho, empatizo, pero exijo. Me indigno por lo que sucede y porque no me hagan caso. Y creo que pasa lo mismo a un lado y al otro de la mesa, ya sea la de debate o también la del Congreso. No parece que consigan evitar ni un solo movimiento del tablero geopolítico, siempre tan blanco o tan negro. Hay tres o cuatro jugando y solo podemos estarnos quietos, no sea que alguno se fije en ese peón esquinero, que es lo que realmente somos, y decidan nuestro sacrificio por una mejor jugada o algún interés estratégico.
Opinión Unos se asustan porque sube el precio del petróleo, otros tras la trinchera del Parlamento Europeo declaran grandilocuentes lo que habría que haber hecho. Para no gustarles los toros resultan bastante toreros, siempre aciertan a toro pasado y, generalmente, desde el burladero. Si ellos con su presupuesto, con su influencia política, son un susurro en el mundo, qué podría cambiar mi opinión, mi manifestación, mi enfado en el devenir de los hechos que nos están aterrorizando.
Llegado a esa conclusión me vuelvo a centrar en mi ombligo. Desisto de ser importante. Reniego de tener criterio y evito la grandilocuencia de intentar sentar mi cátedra. Miro para otro lado. Y no es que me importe un pepino, que sin ser verdura es fruta, y pienso en los hijos de fruta que marcarán mi destino. Unos porque saben mucho, otros porque nunca tendrán idea de lo que de verdad va la vida.
Busco libros de autoayuda para buscarme el consuelo de mi confesado, e inconfesable, desapego. “Querer es lo más importante”, “no todo va a ser dinero”. “Eres tu lo que más vale”. Pero lo cierto es que, a cada bomba en cualquier sitio, mucho peor que me siento. Por lo que está pasando y por lo que paso de eso. Sé que la tendencia es otra y rasgarse las vestiduras puede que sea la moda, pero seamos honestos… ¿Cuánto de verdad nos preocupa? Con un familiar aislado, con un negocio en el alero, con un posible bloqueo quizá nos pongamos las pilas. Mientras tanto todo es ruido cuando protestamos por algo.
Y de todos esos libros que te ayudan a entenderte, a justificarte diría, he encontrado la autoayuda más precisa para mi mente. Porque hablando de auto-ayuda, el mini descapotable te tapa todas las penas. Me siento muy malamente, nunca debí comprármelo. Si hay algún interesado, que me contacte. Es urgente.
En tiempos de guerras incomprensibles, de maldades insoportables, solo quedan dos opciones. La implicación activista en sus distintos grados o involucraciones y la distancia absoluta, la de que me importa un rábano. Sin ser yo hortofrutícola me decanto por lo segundo, y cojo lo que parece un tubérculo, sin serlo, y lo trinco por las hojas. Es la actitud más honesta cuando tu peor enfrentamiento lo tienes que buscar entre los problemas del primer mundo. Seamos sinceros, el peso, el colesterol, el coche nuevo...