España es un país profundamente solidario, capaz de organizarse en segundos ante una catástrofe, pero no puede seguir dependiendo de la épica vecinal para sobrevivir al desastre. Cuando el Estado improvisa y se descoordina, el pueblo tapa las grietas
En 1937, Antonio Machado le envió a su amigo el novelista ruso David Vigodski una carta en la que le decía: "En España lo mejor es el pueblo. (…) En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva". El poeta andaluz advertía también al españolito que venía al mundo de que "una de las dos Españas" habría de helarle el corazón.Noventa años después, seguimos atrapados en una mitología similar: lo mejor de España es su gente, pero los enfrentamientos absurdos nos pierden.
Pese a la enorme polarización en la que vivimos –según el Edelman Trust Barometer de 2024, España ocupa el cuarto lugar por detrás de Argentina, Colombia y Estados Unidos entre los países más polarizados del mundo–, nuestro país sigue dando muestras de tener una sociedad mejor de lo que se nos hace creer y los datos desmienten el relato de un país mezquino y cínico. Somos líderes mundiales en trasplante de órganos desde hace tres décadas y ocupamos el 12º puesto mundial en ayuda oficial al desarrollo en términos absolutos. En el World Giving Index, más de la mitad de la población declara haber ayudado a un desconocido, casi cuatro de cada diez han donado dinero y casi dos de cada diez han hecho voluntariado.
España es un país solidario, aunque navegando por las redes sociales no lo parezca.
En la época de confinamiento, se organizaron redes informales de barrio para hacer compras a mayores, coser mascarillas o acompañar por teléfono a personas solas, muchas veces coordinadas mediante WhatsApp y asociaciones de vecinos. En la reciente catástrofe de Valencia por la DANA, en los primeros momentos los damnificados únicamente recibieron la ayuda de voluntarios desplazados expresamente a la zona cero para retirar a palazos el lodo y llevar agua, alimentos y medicinas. Durante el apagón, los conductores se cedían el paso ordenadamente en medio del caos circulatorio y se ofrecían a llevar a gente a sus casas o a hospitales. Este verano, mientras el país ardía bajo un reguero de incendios, numerosos vecinos, agricultores y voluntarios se movilizaron con tractores y cubos de agua para abrir cortafuegos y proteger núcleos de población, apoyando la acción de los profesionales encargados de la extinción.
El pasado domingo, los vecinos de Adamuz repitieron este patrón: por encima de ideologías, etnias, clases sociales y creencias, somos, ante todo, humanos que nos compadecemos con el dolor ajeno. En cuanto tuvieron conocimiento del accidente, se volcaron de forma espontánea y masiva en las tareas de auxilio, ayudando a rescatar heridos, trasladarlos y darles cobijo. Los grupos de WhatsApp de vecinos del pueblo sacaron a algunos de ellos en pijama a auxiliar a los afectados, en coche, quad o lo que hubiera. Se organizaron espacios con colchones, mantas, ropa y agua para acoger a pasajeros de mirada perdida.
Prepararon caldo. ¿Hay algo que reconforte mejor el alma y el corazón herido que un caldo caliente en una fría noche de invierno?
Como ya hicieran en la catástrofe de la DANA, los Reyes se desplazaron al pueblo para agradecer a los vecinos su solidaridad y los distintos líderes políticos reconocieron al pueblo voluntario su acción con los heridos y sus familiares. La asociación "SOS Desaparecidos" ha registrado en la Junta de Andalucía una petición para que se conceda al pueblo la Medalla de Oro de la región, con el apoyo posterior de distintas organizaciones y grupos políticos.
¿Y qué ocurre cuando ese calor humano sirve de coartada para un Estado ausente?
A raíz de la desgracia ferroviaria, se ha vuelto a oír en declaraciones espontáneas y en mensajes en redes la expresión "solo el pueblo salva al pueblo". La frase, aparentemente un lema más, casi un titular inocente, puede interpretarse como una celebración de la solidaridad humana pero también como una consigna antipolítica, de claudicación del Estado. Si asumimos como verdad inexorable que los héroes anónimos del pueblo, en una suerte de épica trágica, son los únicos capaces de salvar a sus congéneres de los desastres climáticos o las catástrofes, estaremos asumiendo que el Estado pierde sus obligaciones jurídicas y materiales, por un lado, y abriendo paso a una lógica casi anarquizante de la forma de gobierno. El Estado no puede obviar su deber de organización de servicios esenciales, planificación de emergencias y de asumir su responsabilidad cuando no despliega los medios razonables.
El lema no tiene un origen claro, pero los expertos consideran que su configuración obedece a raíces anarcosindicalistas y de izquierda iberoamericana donde se prima la autogestión, la solidaridad y la acción colectiva frente a estructuras de poder consideradas corruptas. Sin embargo, tras los sucesos de la DANA, algunos sectores de la izquierda han puesto el foco en que el uso oportunista del lema ha sido difundido por grupos de extrema derecha, con el objetivo de desacreditar al actual gobierno y su gestión. Desde un punto de vista ideológico, también se ha considerado un lema reaccionario, en la medida en la que se justifica indirectamente la retracción del Estado Social, delegando en la caridad y el voluntarismo lo que debería ser propio de políticas públicas.
Cuando se produjo la riada de Valencia y vimos en televisión procesiones interminables de valencianos yendo a pie a la zona siniestrada, como ciudadana, sentí orgullo; como jurista, preocupación: ¿dónde estaba el Estado? Lamentablemente, las omisiones, la lucha política, la pésima gestión pública de la catástrofe, el afán por gastar más energías en asediar al contrincante político que en rescatar cadáveres, confirmó mi temor. Si bien en las catástrofes y accidentes graves los "primeros auxilios" sociales son cubiertos por la comunidad, cuando los poderes públicos delegan en esas primeras capas de atención sus deberes de prevención, inversión y coordinación pública, tenemos un enorme problema. Lo deseable es un Estado que funciona y un pueblo que se organiza, no uno en lugar del otro.
En el caso de Adamuz la intervención del Estado, entendida como unidad, no como administración central, ha sido distinta en comparación con otras catástrofes anteriores, quizá porque no concurrían las responsabilidades de varias administraciones, sino solo la del Gobierno de España. Aun así, resultó esperanzador, por inusual, escuchar la comparecencia conjunta de Rafael Ángel Moreno Reyes, alcalde de Adamuz, Juan Manuel Moreno Bonilla y Pedro Sánchez donde se dio una imagen de unidad y coordinación frente a la adversidad. Por un instante, los españoles tuvimos el espejismo de lo que queremos para nuestro país: representantes públicos que trabajan en común por el bien de todos, sin distinguir siglas y sin convertir cada intervención en un acto electoral.
Sin embargo, recientemente hemos tenido conocimiento de que los afectados del tren ALVIA con destino a Huelvatardaron casi una hora en ser atendidos por los sanitarios y fuerzas de seguridad por una cadena de errores de información y coordinación, pese a que se sabía desde el inicio que había dos convoyes implicados. En el terreno, quienes auxiliaron al IRYO en la oscuridad desconocían la existencia del otro tren, que se encontraba a casi 800 metros. De nuevo, fueron los ciudadanos, los pasajeros del Alvia que pudieron salir por su propio pie, quienes anduvieron la distancia entre ambos trenes para avisar a los equipos de emergencia de que había muertos y heridos en el otro tren.
La gestión de las catástrofes en nuestro país es muy deficitaria. Aunque existen protocolos en juzgados, servicios sanitarios y fuerzas de seguridad, la ausencia de una coordinación única y la fragmentación competencial minan su eficacia. Seguimos improvisando, parcheando y tomando decisiones sobre la marcha. Si el Estado falla en prevenir, organizar y coordinar, el ciudadano no puede ser quien repare el daño: el pueblo no debe salvar al pueblo, sino complementar a un Estado que cumpla sus obligaciones.
España está herida emocionalmente y necesita instituciones en las que confiar.
En 1937, Antonio Machado le envió a su amigo el novelista ruso David Vigodski una carta en la que le decía: "En España lo mejor es el pueblo. (…) En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva". El poeta andaluz advertía también al españolito que venía al mundo de que "una de las dos Españas" habría de helarle el corazón.Noventa años después, seguimos atrapados en una mitología similar: lo mejor de España es su gente, pero los enfrentamientos absurdos nos pierden.