La momia de Prim ha vuelto
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Javier Caraballo

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La momia de Prim ha vuelto

Pero, ¿la han visto? Los ojos abiertos de par en par. Y la boca, también abierta. O mejor, la boca abriéndose, en el preciso instante en

Pero, ¿la han visto? Los ojos abiertos de par en par. Y la boca, también abierta. O mejor, la boca abriéndose, en el preciso instante en el que alguien se dispone a decir algo y no lo dejan. La momia de Prim, sí, seguro que ha visto esa imagen porque ha salido estos días reproducida en todas partes. El cuerpo incorrupto del general que ahora, tantos años después, vuelve a ser objeto de análisis científico para conocer las verdaderas causas de su muerte. Y no es por eso, a ver, que no es por el estudio científico que seguro que lleva años de planificación, es por la oportunidad política y social que acaso solo sea capaz de disponer el destino; es por el hecho de tropezarnos ahora con la momia de Prim en ese estado inquietante de vigilia que sólo produce la momificación de un cuerpo. El cadáver de Prim, las circunstancias extrañas de su muerte, y que su momia se aparezca ahora, en este momento, en este estado de cosas, en esta convulsión de España... Que sí, que el atentado que acabó con la vida del general Prim es una incógnita en la historia de España desde el mismo día que se produjo, el 27 de diciembre de 1870 y, sin embargo, es ahora, justo ahora, cuando se aparece su momia.

Prim abandonó el Congreso el día que lo acribillaron y, a pesar de los muchos indicios que existían de que lo iban a asesinar, ni él ni nadie hizo nada por evitarlo. Lo asaltaron en su berlina, en la calle del Turco de Madrid, lo cosieron a disparos y, aunque ninguna de las heridas fue mortal de necesidad, se murió a los tres días, quizá también porque, también por una extraña combinación de fatalidades, no recibió los cuidados médicos necesarios. Eduardo Torres Dulce, fiscal general y uno de los mayores estudiosos del asesinato del general Prim, fue quien, hace un par de años, al término de una detallada conferencia sobre el suceso, no puedo ocultar que, como otros tantos episodios en España, el asesinato de Prim tiene el asfixiante paralelismo con todos aquellos acontecimientos que acaban modificando el cauce de la historia. Sucesos que muchas veces son evitables, o nos lo parecen después, que se producen por una cadena de despropósitos, o no, y que luego acaban envueltos en una nebulosa de sospechas. "Sin entrar en mayores, podemos equipararlo con el más reciente, el terrible atentado del 11-M, que también varió la historia de España", le dije y él asintió sin más.

desgracia no pudo ser". Lo mismo mantiene el historiador José Calvo Poyato, sobre las inexplicables circunstancias que rodearon aquel crimen sin esclarecer: "El atentado contra Prim no fue inesperado, sino que era la crónica de un atentado anunciado, a pesar de lo cual no se tomaron las medidas de seguridad, en parte también por el carácter del propio general. La cuestión es que, sin su muerte, quizá España hubiera evitado algunas de las tragedias del siglo XX"

Torres Dulce no es el único que lo piensa. También Ian Gibson sostiene la misma teoría. Si se hubiera consolidado, como era el deseo de Prim, el cambio dinástico con Amadeo de Saboya, la historia de España habría sido distinta. Porque después de un largo túnel de absolutismo, llegaba la apertura.  "De repente -dice Gibson-, de la noche a la mañana, se abren ventanas de libertad. Hay libertad de imprenta, de religión, de cátedra. Hacen una constitución muy liberal en el año 69. Es importantísimo. Si aquello se hubiera consolidado, no habría pasado lo que pasó después. Habría sido muy diferente todo, pero por desgracia no pudo ser". Lo mismo mantiene el historiador José Calvo Poyato, sobre las inexplicables circunstancias que rodearon aquel crimen sin esclarecer: "El atentado contra Prim no fue inesperado, sino que era la crónica de un atentado anunciado, a pesar de lo cual no se tomaron las medidas de seguridad, en parte también por el carácter del propio general. La cuestión es que, sin su muerte, quizá España habría evitado algunas de las tragedias del siglo XX".

¿De verdad que no les resulta extraño contemplar ahora esa momia, con ese expresivo gesto que le ha dejado la muerte? Y no es porque el general Prim y Prats, que tiene su estatua en Reus, fuera uno de los militares más condecorados por combatir contra el carlismo en Cataluña, ese movimiento reaccionario que algunos adoptan como primeros conatos de nacionalismo. No es por eso, es porque con la irrupción ahora, en este momento, de esa imagen es como si la historia de España regurgitara para hacernos ver que ningún pueblo prospera si no es capaz de superar su pasado. Vuelve la momia de Prim, con la boca entreabierta, para recordar que son los pueblos, el destino de los pueblos, los que padecen los actos de sus gobernantes. Irrumpe el cadáver incorrupto de Prim para certificarnos que el futuro se construye ahora, que el futuro será consecuencia de las decisiones de hoy. Que un pueblo avanza o se posterga dependiendo de sus propios actos. Y lo más difícil de ver es el presente. Ese vértigo, sí, es el que produce la momia de general.

Más de ciento cuarenta años han pasado del atentado de Prim y, según admiten los historiadores que se han acercado al acontecimiento, todavía se pueden percibir las trabas que se le ponen a la investigación. Documentos que desaparecen, sumarios desgajados, secretos encriptados, la sombra imborrable de una conspiración de Estado. ¿Y si fue estrangulado, como se sostiene ahora? Sin Prim en el Gobierno, Amadeo de Saboya no pudo soportar al frente de la monarquía más allá de tres años. Dicen que antes de marcharse, miró por la ventana de palacio: “No entiendo nada. Esto es una jaula de locos”. Y se fue de España.