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Abortos en la Natividad
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Javier Caraballo

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Abortos en la Natividad

Existe en España una vieja aspiración democrática que jamás se cumple, que casi siempre se frustra. Es el deseo de que los gobiernos legislen para solucionar

Existe en España una vieja aspiración democrática que jamás se cumple, que casi siempre se frustra. Es el deseo de que los gobiernos legislen para solucionar problemas, nunca para crear nuevos. ¿A que es básico y elemental? Pues nada. Imposible. Es, por ejemplo, lo que acaba de ocurrir con la contrarreforma de la ley del aborto que ha planteado el Gobierno.

Objetivamente, desde cualquier perspectiva estadística que se analice, el aborto no supone ningún problema en España y, ante esa realidad, lo que decide el Gobierno es aprobar la reforma más profunda y controvertida de los últimos 30 años. Un absurdo, sí. Una especie de sofisma político que se reviste de necesidad social, ética y constitucional, pero que cae por su propio peso en cuanto se analiza. Es como aquel razonamiento burlón con el que se explicaban los sofismas: Sócrates es mortal; un gato es mortal; luego Sócrates es un gato. Pues igual. Es como si se dijera: el aborto no es un problema en España, la polémica del aborto genera un problema, luego hace falta una reforma profunda de la ley.

Para empezar, la legislación que se pretende suprimir es la que está vigente en la mayoría de los países europeos de nuestro entorno y el número de abortos en España es similar a la media europea. La reforma de Zapatero de 2010 no sólo no provocó un aumento de los abortos, como se temía, sino que el año pasado se produjeron incluso menos abortos que antes de aprobarla. En la calle, el aborto no suscita ni siquiera debates, mucho menos recelos o rechazo, y hasta los sectores más radicalizados parecían disminuir en la intensidad de sus protestas desde que el nuevo Papa les alertó de que en el mundo existen otros problemas más importantes y urgentes de resolver.

La reforma de la ley del aborto es una especie de sofisma político que se reviste de necesidad social, ética y constitucional, pero que cae por su propio peso en cuanto se analiza

Con el Papa Francisco, la Iglesia Católica reafirma su posición de rechazo del aborto, pero no lo convierte en bandera, en símbolo que la identifique. “La Iglesia no puede estar todo el tiempo hablando del aborto, de los gays y del condón. Esto no es posible”, dijo razonablemente el Bergoglio, con lo que podemos colegir que tampoco el Vaticano iba a amonestar al Gobierno español por ser de derechas y no reformar el aborto.

La reforma de la ley del aborto, si es que el Gobierno consideraba necesario abordarla para justificarse ante una parte de su electorado, podría haberse limitado a la eliminación del único aspecto que, con toda probabilidad, provocó una mayor controversia ciudadana durante la etapa de Zapatero, la posibilidad de que las menores de edad pudieran abortar sin el consentimiento paterno. O en todo caso, matizarla más para asemejarla a la norma que estuvo en vigor durante toda la etapa de José María Aznar, que nunca quiso pisar esos avisperos.

Pero no, la reforma de Rajoy devuelve el debate abortista a los años ochenta y plantea una legislación que es, incluso, más restrictiva que la primera ley del aborto que se aprobó en tiempos de Felipe González y que ya estaba plenamente asumida por la mayoría de la sociedad. Con la reforma pretendida por el ministro Gallardón, una mujer en España sólo podrá abortar cuando se demuestre de forma fehaciente que existe riesgo para la salud de la madre, apoyado en dos informes médicos distintos que, además, deberán realizar dos especialistas de centros distintos al que va a practicar el aborto, o cuando el embarazo sea producto de una violación. Y cuando todo eso se haya demostrado, aún se le impone a la mujer una semana de reflexión, siete días de obligada espera, antes de poder abortar.

Muy pocos son capaces de las piruetas de Alberto Ruiz Gallardón, de sus contrastes, una cara progre, otra cara reaccionaria, un discurso y el contrario

Esta regresión se plantea, además, en algunos aspectos que ya son muy polémicos dentro del propio PP y que provocarán una fisura interna mayor si no se modifican durante el trámite parlamentario. En especial, en lo que se refiere a la supresión de uno de los supuestos de aborto que estaban en vigor en España desde la ley de 1985: la existencia de graves malformaciones físicas o psíquicas en el feto. Ahora, con la reforma que pretende el PP, ninguna mujer podrá abortar por ese motivo.Y ya ha habido dirigentes de este partido, como la alcaldesa de Zamora, Rosa Valdeón, que ha mostrado abiertamente sus diferencias porque “la ley debe favorecer a quienes por los motivos de grave malformación o de riesgo para la salud de la madre se vean en la obligación de tomar esa difícil decisión (…) con lo que espero que en el trámite parlamentario sean modificados muchos de esos aspectos”.

Sostiene el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, como toda justificación política para sacar adelante esta reforma, que la nueva ley del aborto era una promesa electoral del Partido Popular. Es curioso. Este hombre no deja de sorprender, ni de romper esquemas sobre su alma política verdadera. En sólo unas semanas ha pasado de defender la necesidad de romper el programa electoral del PP, para justificar la invasión del Poder Judicial, a exhibir el cumplimiento estricto de ese mismo programa electoral para sacar adelante la nueva ley del aborto.Existen en política muchos ejemplos de políticos bifrontes, pero Gallardón compite con todos. Y les gana. Muy pocos son capaces de sus piruetas, de sus contrastes, una cara progre, otra cara reaccionaria, un discurso y el contrario. Pero en fin, también eso es otra historia.

Lo frustrante es lo dicho, que con el aborto en España no había problemas legales, ni sociales, ni comparativos; no existía una demanda social, nadie protestaba y la nueva posición religiosa invitaba a abordar otros problemas más graves. Y la conclusión del Gobierno es que no sólo se reforma la ley del aborto, sino que se propone una reforma completa, absoluta, que va a provocar incluso una ruptura dentro del propio Partido Popular. Hasta ahí va a llegar la inexplicable peripecia política que acaba de emprender el Gobierno de Mariano Rajoy; esta incomprensible ofensiva anti abortista en plena Navidad, el juego sutil de contrastes y mensajes ocultos para unir subliminalmente el Nacimiento con la reforma del aborto. Abortos en la Natividad. Como no existía la polémica, ración doble.

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