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¿'Quo vadis', Montoro?
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Javier Caraballo

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¿'Quo vadis', Montoro?

Hay personas que cambian de carácter con unas gafas nuevas o un corte de pelo distinto. Es el caso de Montoro. Su forma de ser cambió

Hay personas que cambian de carácter con unas gafas nuevas o un corte de pelo distinto. Es el caso de Montoro. Su forma de ser cambió en cuanto se compró unas gafas azules; desde ese día, nunca volvió a ser el mismo. El acontecimiento debió ocurrir casi al poco de comenzar su carrera como estrella política, en el segundo mandato de José María Aznar. Antes de eso, Montoro había cultivado una fama de especialista a secas, un técnico gris y efectivo, en el que se apoyó Rodrigo Rato, que lo hizo secretario de Estado, para sacar adelante algunas de las grandes reformas de la primera legislatura del Partido Popular.

A Montoro se le veía ir y venir por los pasillos del Congreso, así como caminan los técnicos de un Ministerio, cabizbajo, algo encorvado, adosado a una carpeta, siempre de traje gris y alguna corbata negra, a juego con las gafas de pasta, escaparate de unos ojos pequeños de rata de biblioteca. Era el Cristóbal Montoro de la primera época, el catedrático de Hacienda Pública dedicado a la materia para la que se había formado.

En algunas crónicas se cuenta que en la siguiente legislatura, al poco de ascender y ser nombrado ministro, Cristóbal Montoro tuvo un accidente en el club hípico de Madrid al que acudía a montar: se cayó del caballo. Sería fácil buscarle aquí, en ese accidente, el origen de su conversión política, como San Pablo, pero no. Todavía en ese momento, aun siendo ya ministro de Hacienda con Aznar, Cristóbal Montoro conservaba los tics de un buen funcionario de Hacienda, que sólo se siente seguro cuando se parapeta en el recuento monótono de un listado de cifras, los discursos fríos de estadísticas pronunciados en un tono monocorde, sin altibajos. Hasta que un día lo vieron aparecer con unas gafas distintas. Ahí comienza el nuevo Montoro.

Como en una película de segundas oportunidades, podía imaginarse que Montoro, esa misma noche, antes de salir hacia el Ministerio, había cavado un hoyo en el jardín de su casa en la sierra para enterrar para siempre su traje antiguo y sus gafas de antes. En adelante, corbatas amarillas, verdes, azules, rojas, moradas. Y gafas modernas. La evolución de este personaje político hasta convertirse en el ministro que conocemos en la actualidad es tan espectacular como inesperada.

Quizá para millones de ciudadanos que votaron al PP en las últimas elecciones, el Montoro real era el que decía que “de la crisis no saldremos subiendo impuestos”; el que asesoraba a Rajoy para que reprochara desde la oposición ''la subida del IVA''

En la oposición, frente a Zapatero y a Rubalcaba fue creciendo su figura política, que ha estallado ahora, con Rajoy como presidente. ¿Quién iba a decir que aquel técnico gris que acompañaba a Rodrigo Rato se convertiría al cabo de unos años en el principal estilete político de un Gobierno y de un partido? Pues así ha sido. Cuando tomó posesión, hace dos años, como ministro de Rajoy se definió como “un funcionario que asume la tarea de dirigir a los funcionarios”. Fue su primer incumplimiento. Ya no tiene nada que ver con el que fue.

De todas formas, al contemplarlo, al oírlo, la duda que siempre queda es quién es el verdadero Montoro y quién es el impostor. ¿El verdadero era aquel de la primera época, que andaba como de puntillas por la política, o es este ministro de ahora, provocador, desafiante, altanero, sobrado, que le salen titulares a cuatro columnas cada vez que abre la boca? Ese es el problema fundamental, porque para mucha gente, quizá para millones de ciudadanos que votaron al Partido Popular en las últimas elecciones, el Montoro real era el que decía que “de la crisis no saldremos subiendo impuestos”; el que asesoraba a Rajoy para que reprochara desde la oposición que “la subida del IVA es el sablazo que un mal gobernante le pega a todos sus compatriotas que ya están muy castigados por la crisis”.

Fue la lógica económica de aquellos años la que entendieron muchos españoles para llegar a la conclusión de que el cambio en el Gobierno era urgente: 'En plena en crisis, con tasas de desempleo cada vez mayores, crece la desconfianza y se hunde la renta disponible, con lo que las subidas de impuestos lo único que consiguen en hundir más el consumo y no garantizan mayores ingresos para el Estado'. Esa era la tesis de Montoro y ahora resulta que no sólo hay que apechugar con la política contraria, sino que, de forma periódica, el ministro se dedica a retar y descalificar a todo el mundo. El incumplidor no sólo no pide disculpas o justifica su cambio de política, sino que además arremete contra quienes se lo reprochan.

Es el ministro altanero, bronquista, el Montoro en el que ha devenido el personaje gris de los primeros años. El de los salarios que no bajan en España, el de la subida “temporal” de los impuestos, que ya ha superado el ecuador de la legislatura y que se mantendrá así hasta el final. Se le oye hablar, y parecería que el ministro de Hacienda se dirige a los españoles como si los españoles fueran la oposición. Por eso le hacen vudú, cada día, en las redes sociales; por eso ha sido la estrella hilarante de los mensajes de Nochevieja y de Año Nuevo. Es este Montoro que parece hecho de retales de Teddy Bautista y del Alfonso Guerra de los primeros años. De técnico discreto a político agitador. Ahora, nadie sabe hacia dónde va este nuevo Montoro ni dónde se quedó el anterior. ¿Quo vadis, Montoro? Y pensar que todo empezó con un cambio de gafas…

Cristóbal Montoro