La falsa concordia del 11-M

El mayor atentado dio lugar a la mayor infamia. Diez años han pasado desde el brutal atentado del 11 de marzo de 2004, con 191 muertos y casi 2.000 heridos

El mayor atentado dio lugar a la mayor infamia. Diez años han pasado desde el brutal atentado del 11 de marzo de 2004, con 191 muertos y casi 2.000 heridos, y nada resulta más falso que las llamadas que se están haciendo estos días a la reconciliación, a la unidad de todos, a la concordia. Lo peor de un atentado como aquel del 11 de marzo en Madrid siempre serán las víctimas, las vidas destrozadas, las familias rotas, pero más allá de ese círculo de dolor que jamás se va a borrar, una acción terrorista impacta en toda la sociedad y el problema principal de España es que aquí el 11-M se convirtió en una infamia social y política.

Las llamadas de ahora a la reconciliación están vacías, no dicen nada, porque de nada sirven esos abrazos tardíos sin un repaso descarnado, autocrítico, severo, de lo ocurrido. En España el mayor atentado se convirtió en la mayor oportunidad para generar una espiral de odio y de venganzas políticas, ajustes de cuentas sucias y oportunismo electoral. Esa fue la infamia y de esa atrocidad no se redime una sociedad con besos en la mejilla.

El repaso ahora de los titulares de aquellos días produce un bochorno insoportable porque la tensión electoral a la que se sometió a la sociedad resulta repugnante. ¿Quién de los que agitaron aquellos días la tensión de las calles, de las gentes, se ha arrepentido lo más mínimo o ha invocado alguna palabra de disculpa? Nadie, porque ese ejercicio, que es el que se necesita, el único que puede servirnos para cerrar las heridas, supondría el reconocimiento crudo de que los principales actores políticos de aquellos días, primero el Gobierno del Partido Popular y a continuación la oposición socialista, encontraron en el impacto social del atentado una gran oportunidad para ganar las elecciones que estaban a la vuelta de la esquina.

Nadie habla de la utilización grotesca e irresponsable que se hizo del 11-M y ese silencio, además de convertir en hipócritas todos los llamamientos a la concordia, evidencia que lo peor del 11-M, aquella inmundicia, se volvería a repetir en España. Fue tan grande la infamia, tan desorbitada la presión, que el 11-M tiene que ser recordado, junto a la tragedia de las cientos de víctimas, como la peor página de la política española reciente. También, por supuesto, de muchos medios de comunicación, de muchos periodistas, convertidos en aquellos días en correas de transmisión de los intereses más sucios.

Nadie habla de la utilización grotesca e irresponsable que se hizo del 11-M y ese silencio evidencia que lo peor del 11-M se volvería a repetir en España

Ahí está, por una parte, la ‘teoría de la conspiración’, el diario El Mundo y la vinculación de ETA con el atentado, alentada por el Gobierno del PP en las primeras horas del atentado, que ha caído ya para siempre en un patético ridículo después de que Suárez Trashorras, el minero asturiano que ‘aportó’ la dinamita, declarase en El Confidencial que todo lo que dijo al respecto no eran más que tonterías sin ningún fundamento: “Me divertía”, dice el tipo y con ese escupitajo desacredita para los restos a quienes en la derecha y en la extrema derecha han mantenido (acaso mantienen aún) la conspiración programada con la ayuda de ETA como explicación del atentado.

De todas formas, por mucho que se resalte ese empeño absurdo, grosero y desquiciado de una conspiración política que nunca existió, los excesos del 11-M no se agotan ahí. De hecho, la mayor tensión de aquellos días no la provocaron las mentiras del Gobierno ni la teoría de la conspiración, sino la campaña de agitación extrema, desesperada, que puso en marcha el Partido Socialista con la ayuda de un puñado de medios de comunicación que anida en su entorno. En la izquierda española sólo es posible recordar a una persona que, en aquellas horas de locura, de asco, quiso dejar por escrito su rechazo a cuanto estaba ocurriendo, la agitación de la democracia misma, el acoso y derribo al Estado mismo, con tal de echar del Gobierno al Partido Popular.

La mayor tensión de aquellos días no la provocó las mentiras del Gobierno ni la teoría de la conspiración, sino la campaña de agitación extrema, desesperada, que puso en marcha el Partido Socialista

Aquel hombre fue Antonio Muñoz Molina y su artículo se silenció convenientemente en el propio periódico, El País, que lo publicó: “Leyendo los periódicos, escuchando a algunos locutores de radio, a algunos artistas o literatos que se han erigido en adalides de una presunta rebeldía popular, se diría que este Gobierno no llegó al poder después de unas elecciones libres, sino en virtud de un golpe de Estado. Se ha dicho y se ha escrito que el partido que ahora gobierna es idéntico a los terroristas en su extremismo o en su inmovilismo, que es el de los mismos que asesinaron a García Lorca y de los que cantaban el Cara al Sol”. Ese artículo, esas palabras, se publicaron el 12 de marzo, con lo que nos podemos hacer una idea exacta del ambiente de crispación máxima que se generó en España. Los artistas, los políticos, los periodistas, los locutores consiguieron su objetivo y, dos días después, el PP perdió las elecciones.

De aquellos días, sólo conservo un instante de orgullo como español. Fue en el transcurso de la manifestación convocada para repudiar el atentado, para llorar a las víctimas, para gritar contra la barbarie. Comenzó a anochecer y en una plaza, sobre el suelo aún mojado por la lluvia de la tarde, un grupo de jóvenes se había sentado en corro y, en silencio, fueron encendiendo velas verdes. En medio de la amargura, de la angustia, del asco, aquellas velas verdes parecían encender una mínima esperanza, como si el sentido común, la sensibilidad de la calle, pudiera acabar imponiéndose frente a la crispación, al juego sucio, al cálculo rastrero que convertía muertos en curvas electorales.

Fue sólo un espejismo. La mañana siguiente, y las que le siguieron durante meses y meses, traían un vendaval de estulticia, de mentiras, de enfrentamientos, que apagaban rápidamente toda llama. Fue en aquella plaza mojada donde se consumió, en un círculo de velas verdes, la poca esperanza que nos dejó la barbarie.

Matacán
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