Cataluña, debate a ninguna parte

Estribillos vacíos. La expresión la utilizó ayer mismo el abrupto portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso, Alfred Bosch, para reforzar uno de sus argumentos habituales,

Estribillos vacíos. La expresión la utilizó ayer mismo el abrupto portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso, Alfred Bosch, para reforzar uno de sus argumentos habituales, toscos, sobre las posibles salidas del embrollo catalán a partir de hoy, cuando el Congreso rechace por unanimidad las pretensiones del Parlament de organizar su referéndum de independencia.

Dice el tipo que el problema del debate sobre Cataluña son los discursos de “estribillos vacíos”, una “retórica del diálogo” que en realidad se queda en eso, porque ni tiene contenido real ni, por consiguiente, consigue avanzar nada. Tanta razón tiene como que, de hecho, por ese motivo todo aquí se repite constantemente, hasta la extenuación, hasta el hartazgo máximo. Siempre la misma canción, los mismos estribillos vacíos, que se pronuncian con la única intención de cubrir el expediente, salir del paso. Un debate a ninguna parte.

Sólo un acuerdo de financiación que implante en Cataluña un sistema similar al del ‘cupo vasco’ podría ser asumido por el nacionalismo catalán más moderado, a cambio de olvidar el referéndumSon ese tipo de frases hechas que se utilizan en cada debate sobre Cataluña que no conducen a ninguna parte porque, en realidad, no contienen nada más que la apariencia. “La reforma de la Constitución”, por ejemplo, que es uno de los estribillos más repetidos. Se defiende una y otra vez la reforma de la Carta Magna para buscar “un mejor encaje de Cataluña” en España; eso de que “la solución pasa por el reconocimiento de la singularidad de Catalunya en la Constitución”. Sí, se repite todo eso pero lo que nadie precisa a continuación es, concretamente, qué suprimiría o añadiría del texto actual.

El artículo 2 de la Constitución, que es el que chirría a los independentistas, establece, tras proclamar la unidad de la nación española, que se “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. ¿Qué hay que suprimir de ahí? A estas alturas del estado autonómico español, ¿se puede reformar ese artículo para satisfacer las ansias diferenciales de Cataluña sin agraviar a las demás autonomías? Es evidente que no. En la Transición ya se rechazó el modelo de autonomías de primera y de segunda, y volver a ese debate sería como generalizar el conflicto catalán en toda España. Por tanto, ‘reforma de la Constitución’, estribillo vacío.

¿Y el Estado federal? Si existe un “estribillo vacío” es, precisamente, el del Estado federal. Nadie, nunca, ningún nacionalista, ningún independentista, ha pedido jamás el Estado federal. Y sin embargo se sigue ofreciendo como solución. “¿De dónde vienes? Manzanas traigo”. Como queda claro, lo que se persigue es la diferencia confederal, un imposible, no la igualdad federal.

Hasta ahora, las ‘ansias diferenciales’ se han ido solventando con las ventajas de Cataluña en el sistema de financiación, dinero como bálsamo de la desafección, pero en el órdago actual del independentismo ese pacto tácito se ha roto. Sólo un acuerdo de financiación que implante en Cataluña un sistema similar al del ‘cupo vasco’ podría ser asumido por el nacionalismo catalán más moderado, a cambio de olvidar el referéndum, pero esa opción también destrozaría las cuentas autonómicas en el resto de España. O sea, que no. Otro estribillo vacío.

Se quiera o no reconocer, la escalada independentista de Cataluña conduce a una consulta al pueblo catalán. Una consulta planteada desde el Gobierno de la nación, con las garantías de mayorías democráticas pertinentes para un asunto como ésteAl final, se quiera o no se quiera reconocer, la escalada independentista de Cataluña conduce a una consulta al pueblo catalán. Una consulta planteada desde el Gobierno de la nación, con las garantías de mayorías democráticas pertinentes para un asunto como este, que afecta a la integración territorial de la nación más antigua de Europa.

Un referéndum, sí, pero como ya se ha expresado aquí otras veces. Resumen de lo publicado: igual que el PP y el PSOE ya se han puesto de acuerdo para rescatar el recurso previo de inconstitucionalidad, los dos partidos tienen que recuperar la Ley de Referéndum que estaba vigente en la Transición. En esa ley se establecía que para que una propuesta prosperase tenía que estar respaldada en cada provincia por más del 50 por ciento del censo completo (no del 50 por ciento de los votos emitidos). Si en alguna provincia no se superaba el 50 por ciento del censo, la propuesta decaía.

¿Qué pasaría si, en Cataluña, se celebra un referéndum con esas condiciones? ¿Es real la mayoría de la que habla Artur Mas? Basta con recordar lo sucedido en la aprobación del último Estatut; que sólo lo respaldó el 36 por ciento de los catalanes con derecho a voto. Dos de cada tres no lo apoyaron y, sin embargo, aquello se ofreció como una gran victoria democrática. La participación no llegó ni al 50 por ciento del censo, se quedó en un 49,4%, pero lo que se destacaba es que el Estatut obtuvo el respaldo del 73,9 por ciento de los catalanes.

La oposición frontal a un referéndum, a todo referéndum, es torpe y contraproducente. Es más, sólo con un referéndum se puede pinchar de una vez el globo independentista catalán. Y los que puedan venir después. Si ha ido creciendo el ardor independentista en todos estos años ha sido sólo porque el discurso del nacionalismo catalán ha engordado gracias a que jamás se ha sabido contrarrestar. Que es, exactamente, lo que ocurrirá a partir de que el Congreso rechace, con la retórica inane de los estribillos vacíos, la petición del Parlament de organizar referendos. Otra negativa más para seguir alimentando el falso agravio.

Matacán
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