Rey Felipe, capicúa catalana

Dos Borbones que reinan en España con el nombre de Felipe, dos fechas separadas por trescientos años y un problema que los une, Cataluña

Dos Borbones que reinan en España con el nombre de Felipe, dos fechas separadas por trescientos años y un problema que los une, Cataluña. Felipe V, el primer monarca de los Borbones, y Felipe VI, el último de esa dinastía en llegar al trono de España. El 11 de septiembre de 1714, Felipe V logra vencer en Barcelona, tras un asedio militar, la última resistencia de los partidarios del archiduque Carlos, en la Guerra de Sucesión de la Corona española por el final de la dinastía de los Austrias y el comienzo de la era de los Borbones. Lo que ha ocurrido en los trescientos años que separan el asedio de Barcelona de la proclamación de Felipe VI como rey de España ha sido que aquella fecha primera, el 11 de septiembre de 1714, ha cambiado su significado hasta convertirse en el origen del mayor problema territorial que se plantea hoy en España, Cataluña. Ahora, la guerra de sucesión se ofrece en el imaginario nacionalista catalán como una Guerra de Secesión. Y el 11 de septiembre de 2014, con Felipe VI de rey de España, es la fecha simbólica elegida para el referéndum de la independencia que se pretende celebrar dos días antes, el domingo 9 de noviembre.

Cataluña, en el espejo del 11 de septiembre durante el reinado de dos Felipes, una suerte de capicúa catalana que retuerce la historia. Tanta es la ironía que ha ido labrándose en estos trescientos años que los derrotados en el asedio de Barcelona eran monárquicos encendidos que defendían la permanencia de la dinastía de los Austrias en toda España, mientras que sus 'herederos' nacionalistas de la actualidad son republicanos que buscan la segregación de Cataluña. No es probable que haya muchos países que cuenten de esa manera su historia, que se alambiquen de esa forma los acontecimientos para que un hecho histórico acabe conmemorando lo contrario de lo que fue.

Entre las conjeturas que se han realizado tras la abdicación de don Juan Carlos y la inminencia de la llegada al trono de Felipe VI, se han barajado las ventajas del nuevo monarca para el entendimiento final de España con Cataluña. Los empresarios más influyentes de Cataluña se han reunido con el nuevo rey, aún siendo príncipe de Asturias, para trasladarle sus inquietudes y para pedirle que pueda servir de puente con España. Pero en un régimen democrático como el español, Felipe VI, como su padre, reinará pero nunca gobernará. Esa circunstancia, unida a la radicalización de las posiciones independentistas en Cataluña, convierten en una mera ilusión que se produzca cualquier acercamiento por la mera llegada al trono del todavía Príncipe de Asturias.

Con el referéndum a unos meses vista, ¿cómo comprender que los empresarios más influyentes de Cataluña se encomienden a quien sólo tiene un papel representativo en el Estado en vez de mostrar abiertamente su oposición al proceso independentista?

Se citaba en la crónica de esos encuentros que publicó El Confidencial que el futuro Rey de España asistió a las reuniones con los empresarios y "en todas ellas, el príncipe Felipe preguntó mucho y habló poco, en línea con el papel legal que la Constitución atribuye a la Corona". Esa discreción de Felipe de Borbón fue interpretada por los empresarios como una buena señal porque el "Príncipe sabe escuchar y le preocupa lo mismo que a ellos, la deriva independentista de la política catalana". En fin, ¿saben lo que pasa? Pues que se ha llegado un momento en el cansino proceso independentista catalán que lo que realmente cuesta mucho trabajo de entender es la sutileza, el tacto y el seny del que siempre se ha hecho gala en Cataluña. Con el referéndum a unos meses vista, ¿cómo comprender que los empresarios más influyentes de Cataluña se encomienden a quien sólo tiene un papel representativo en el Estado en vez de mostrar abiertamente su oposición al proceso independentista? Que salgan a la calle, que expresen lo que sostienen en sobremesas y pasillos. El silencio esquivo no es ni sutileza, ni tacto, ni seny.

Si tanto les preocupa "la deriva independentista de la política catalana", si tanto temen por el futuro, en el caso de que los actuales gobernantes de la Generalitat mantengan el proceso secesionista de España y de Europa, deberían asumir que el tiempo de los miedos entre susurros, de los temores en reuniones a puerta cerrada, pasó ya hace muchos meses, acaso años. A estas alturas del 'conflicto catalán', que la llegada al trono de Felipe VI se vea como una salida sólo se puede interpretar como una excusa más de quienes jamás han querido dar el paso de expresar abiertamente lo que piensan.

El problema principal de la mayoría silenciosa catalana, que hipotéticamente se opone al referéndum, es que nunca ha sabido organizar una reacción contraria y proporcional a las voces del independentismo. O guardan silencio o hacen como los dirigentes más moderados de Convergència i Unió, que llevan el equilibrio imposible de su equidistancia al asentimiento cómplice con todo lo que ocurre. La nada que se resume en ese comunicado en el que se anuncia que los diputados de CiU se abstendrán en la votación de la Ley de Abdicación, que dará paso a Felipe VI, pero que desean al futuro rey los mayores "aciertos y éxitos". Nunca esa coalición, que llegó a ser hegemónica en Cataluña, se ha visto más desnaturalizada, más desarraigada de sus principios. Neutralizada por el interés político de corto y medio plazo.

Del 11 de septiembre de 1714 al 11 de noviembre de 2014 la historia de España se convierte en un lazo forzado, un regreso a lo que nunca existió. De Felipe V a Felipe VI, Cataluña se convierte en capicúa. Y lo que nadie podrá explicarse en el futuro es cómo fue posible la carambola. Lo demás, todo lo demás, intentar trasladarle a Felipe de Borbón la responsabilidad del entendimiento es la última excusa de quienes no tienen la valentía de expresar en público aquello que temen y rumian en privado.
Matacán
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