El llanto de Rajoy

El presidente Rajoy es un hombre que sufre. El otro día, en una conferencia en Sevilla, se le cayó una lágrima casi al final de su

Foto: El llanto de Rajoy

El presidente Rajoy es un hombre que sufre. El otro día, en una conferencia en Sevilla, se le cayó una lágrima casi al final de su discurso. Nadie lo vio, nadie se percató, pero el presidente estaba sufriendo. Llegó a Sevilla a una reunión de empresarios de la Cámara de Comercio y fue, como Umbral, a hablar de su logro; “sólo economía”, dejó claro desde el principio, para que nada ni nadie pudiera dispersar su discurso. Y estaba ya acabando, después de hacer el recuento detallado y sentido de todo lo conseguido por su Gobierno, cuando se le deslizó una lágrima que se estampó en el papel.

Era una lágrima política, por eso no la vio nadie, y al caer sobre los folios se transformó en queja: “Hay gente que cree que todo cae del cielo, y no”. El presidente debió detenerse al final de esa frase, hacer un silencio, amagar con la emoción del incomprendido, como hacen los pregoneros, para arrancar un aplauso. Pero no lo hizo, y la lágrima se secó al instante.

Pero ¿de qué se queja el presidente? ¿Tiene razones? El presidente Rajoy se queja de España. O mejor, se duele de España, de nuestro sino, de nuestro ser; Rajoy se duele en seco, sin concesiones literarias ni emociones, pero es un llanto viejo, por eso es tan fácil de identificar, porque viene de siglos. “¡Cuídate, España, de tu propia España!”. De eso se queja, de haber sacado a España del abismo, del “borde del abismo” (la expresión la repitió en varias ocasiones), y que España, por su forma de ser, por su forma de ver, no se lo reconozca.

De eso se queja Rajoy, de haber sacado a España del abismo, del “borde del abismo” (la expresión la repitió en varias ocasiones), y que España, por su forma de ser, no se lo reconozca

Lo dijo así: “Tenemos cierta tendencia en este país [dijo “este país”, lo tengo anotado así, que es la expresión que se utiliza cuando se quiere hablar de España con cierta distancia, en su caso para criticarla] a hablar de las cosas que van mal. Tenemos una serie de señores empeñados en decir todos los días lo mal que van las cosas”.

Como la economía, en todas sus facetas, se puede plasmar en gráficos, lo que nadie le podrá negar a Rajoy, en su lamento, es que España era una línea roja que caía en picado en todas las estadísticas y que ahora, sólo ahora, tantos meses después, ha comenzado a repuntar. La caída libre se ha detenido y el mero hecho de comenzar a planear, a remontar levemente el vuelo, conlleva el suspiro fácilmente asimilable de quien se ha librado del batacazo absoluto.

Según Rajoy, el problema de España es que esta realidad la reconocen mucho más fuera que dentro de nuestro país. No sólo los organismos internacionales que nos evalúan periódicamente, sino la gente de andar por casa. Los turistas, los erasmus, los inversores, los enfermos, los pensionistas…

Los fue citando a todos, con una coletilla repetida, “por algo será”, y luego fue sembrando el discurso de sentencias absolutas del tipo de tenemos “la mejor red de alta velocidad del mundo”, “este es el año de la historia que más se ha invertido en becas de Educación”; “este es un país que tiene un Estado de bienestar como no tiene nadie en el mundo”; y, la mejor de todas: “Hay datos (del mercado laboral) que cuando la historia los analice van a resultar sorprendentes”, en referencia a las decenas de meses de caída del empleo y la recuperación sostenida de los últimos recuentos. Fue entonces cuando añadió lo de antes: “Hay gente que cree que todo cae del cielo, y no”.

El presidente Rajoy es un hombre que sufre, sí. Y, aunque sería de necios o sectarios negar la evidencia de la recuperación económica, lo que quizá no entiende el presidente del Gobierno es que, de todos los dardos que le lanzan, de los únicos que se tiene que preocupar es de aquellos que le llegan de la gente a la que ha defraudado por haber apoyado la mejora sobre las espaldas de los de siempre, con los recortes de siempre. El personal no olvida que prometió lo contrario y que, cuando llegó al Gobierno, comenzó a aplicar muchas de las políticas que antes rechazaba.

De todos los dardos que le lanzan a Rajoy, de los únicos que se tiene que preocupar es de aquellos que le llegan de la gente a la que ha defraudado

¿Que los datos sobre la realidad del país eran peores que los que se esperaba? Esa es la excusa que sigue repitiendo aún hoy, pero un ajuste así nunca podrá justificar la enmienda a la totalidad de un discurso político. El presidente Rajoy, es verdad, ha salvado a España del batacazo, pero ha dejado maltrechos muchos derechos sociales; el presidente Rajoy ha salvado a España del batacazo, pero, antes de recortar nada de la inmensa burocracia política que sigue existiendo en España, ha metido las tijeras donde siempre.

España es un país complejo de analizar; desde luego, no se define con tres simplezas ni dos sentencias. España conserva un pesimismo de siglos, el dolor de un “viejo país ineficiente”, cainita y pícaro, en el mismo fardo en el que guarda el orgullo, la esperanza y el ingenio. Es cierto que aquí se puede hacer un listado diario de profetas del apocalipsis probablemente mayor que en cualquier otro país, sobre todo en los alrededores de la derecha política y sobre todo en los restaurantes de Madrid, que no hay sobremesa sin sobresalto de conspiración. Pero si llora Rajoy, si se lamenta, que no sea por esa España.

Porque España, la de las aceras, la del mercado, la de la fábrica, la que ha cargado en sus espaldas la recuperación, sabe bien de lo que se ha salvado y lo que le ha costado. Día a día constatan que, efectivamente, las cosas no caen del cielo. Si lo sabrán ellos…

Matacán
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