España a estacazos

Como querían un himno, y no tenían ninguno, la gente de Podemos se acordó de aquella canción de Lluis Llach de los últimos años del franquismo,

Foto: Partidarios de la independencia celebran el 9-N. (EFE)
Partidarios de la independencia celebran el 9-N. (EFE)

Como querían un himno y no tenían ninguno, la gente de Podemos se acordó de aquella canción de Lluís Llach de los últimos años del franquismo, ‘L´estaca’, y la cantaron al final de la asamblea constituyente. Si estirem tots, ella caurà/ i molt de temps no pot durar,/segur que tomba, tomba, tomba”. Como se trata de tirar un sistema, un sistema que dicen que está podrido como la estaca, la cosa consiste sólo en eso, que unos tiren por aquí, que otros tiren por allí, y al final, la estaca se caerá.

En el franquismo, aquella canción de Llach se convirtió en himno contra la dictadura, y se cantaba en los recitales sin que el autor, que la tenía prohibida, tuviera que abrir la boca siquiera. Era en Madrid, llegaba Lluís Llach a un recital y el público la coreaba como desafío a la censura. “Si jo l'estiro fort per aquí/ i tu l'estires fort per allà,/ segur que tomba, tomba, tomba”. Cómo no será el desvarío en el que está España metida que ahora Llach ya sólo ve en Madrid el epicentro de la opresión catalana, y cantan ‘L’estaca’ como elixir de la independencia, y en Madrid los de Podemos cantan la misma canción contra el sistema democrático, como si fuera una nueva dictadura, “para que los más jóvenes sepan que nuestra lucha es heredera de aquellas que se libraron hace cuarenta años”.

Es curioso porque, en una de las entrevistas de estos días, el propio cantautor avalaba su defensa de la independencia con un razonamiento milimétrico al de Podemos, pero referido a Cataluña. “La dialéctica que se ha implantado en la calle –venía a decir Lluís Llach– ya no se establece entre distintos partidos políticos ni fuerzas de derecha o de izquierda. La nueva dialéctica se establece entre ciudadanía y poder. El poder oprime a la ciudadanía”.

Ni la independencia es la solución de los problemas de Cataluña ni la destrucción del sistema político actual es la respuesta para lograr una España mejor, pero como esos objetivos no son más que banderas de conveniencia, que aprovechan el mismo malestar, ni siquiera se plantea ese análisis

Es extraordinario que, después de tres décadas del mayor autogobierno que ha tenido Cataluña en su historia, nadie repare que si existe en la calle, por los motivos que sean, una confrontación ciudadanía/poder político, la Generalitat no puede quedarse al margen; no puede formar parte de la ciudadanía. ¿Cómo va a ser más responsable el Gobierno de la nación que el Gobierno de Cataluña de los problemas de los catalanes? Tendrían que ser, por lo menos, corresponsables ante los ojos de los ciudadanos, pero no. Y, sin embargo, ahí van por cientos de miles, envueltos en banderas independentistas y convencidos de que el poder que hay que tumbar está en Madrid. Como si no hubieran existido los últimos 40 años en España. Tira, que seguro que cae.

“Yo creo que estamos asistiendo al fracaso del Estado español”, dice Lluís Llach para jalear lo suyo, el independentismo catalán, y la misma frase se le podrá oír en cualquier intervención a los dirigentes de Podemos, aun cuando no sean partidarios –eso dicen– de la independencia de Cataluña. Para Podemos, el enemigo a batir también es el poder político actual, el régimen democrático que se construyó tras el franquismo. “Ha llegado la hora de tumbar este régimen, que está dejando de llamarse democracia. Por eso debemos cantar esta canción, que dice que hay que tumbar a este régimen actual", sostiene Juan Carlos Monedero. “La foto de la corrupción es la metáfora de un régimen en descomposición. Ya no se trata de una u otra rama. Es el árbol entero el que está podrido", añade Pablo Iglesias en uno de sus últimos vídeos.

Tenemos que contemplar la extraordinaria simbiosis de los mensajes de Podemos y del independentismo catalán con cierta perspectiva para entender el momento de España. Ese sincretismo son dos válvulas de escape de la misma irracionalidad, del mismo cabreo, de la misma repulsión. La indignación es el mensaje y adopta distintos cuerpos. No es ni la independencia de Cataluña en sí misma ni los problemas reales de España, se trata de una misma reacción que adopta distintas formas. Ni la independencia es la solución de los problemas de Cataluña ni la destrucción del sistema político actual es la respuesta para lograr una España mejor, pero como esos objetivos no son más que banderas de conveniencia, que aprovechan el mismo malestar, ni siquiera se plantea ese análisis. Todo se queda en un estatus primario. Tú tira por aquí, yo tiro por allí, que seguro que lo tumbamos.

Treinta y siete años han pasado desde que Josep Tarradellas, primer presidente de la Generalitat en democracia, volvió del exilio y se fue a Madrid a agradecerle a las Cortes y, en especial, al rey Don Juan Carlos la autonomía de Cataluña. En la crónica de los periódicos de la época se recoge que Tarradellas, casi emocionado, destacó aquel día como “una gran victoria que todos debemos celebrar”. Luego, alabó la figura del “Rey, debido a su gran lucidez, ha permitido al pueblo catalán tener ya su Generalidad” y pidió que le permitiesen pronunciar unas breves palabras en catalán. Y sólo dijo esto: “Moltes gràcies, visca Espanya, visca Catalunya”. A su vuelta a Barcelona, lo esperaba una multitud para aclamarlo.

Si miramos hoy a nuestro alrededor, parece que ya no existe nada de aquello, que España se ha olvidado de sí misma. Pero el deterioro político, que existe, no puede servir de queroseno para reducirlo todo a cenizas. Hace cuarenta años las estacas se arrancaron. Lo que nadie podía prever es que esas estacas desprendidas de la tierra servirían para que los españoles se propinaran mejor los estacazos. 

Matacán
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