La corrupción del gratis total

Esta corrupción de ahora, la que está saliendo pestilente de las alcantarillas, es ramplona y miserable. Cutre. La corrupción en España está descendiendo al barro de

Foto: Agentes de la UCO protegen la salida de un vehículo en la sede de la Diputación Provincial de Sevilla. (EFE)
Agentes de la UCO protegen la salida de un vehículo en la sede de la Diputación Provincial de Sevilla. (EFE)

Esta corrupción de ahora, la que está saliendo pestilente de las alcantarillas, es ramplona y miserable. Cutre. La corrupción en España está descendiendo al barro de la mezquindad. Hasta ahí ha llegado la inundación, a la ruindad del abuso sobre el abuso, de rebañar el plato con ansia y babas que se descuelgan. Desde las tarjetas opacas de Caja Madrid hasta la última trama corrupta conocida, la Operación Enredadera, se traza una línea de sordidez que las convierte en una sola corrupción. Es la corrupción del gratis total.

El tipo de las tarjetas opacas que, aunque ganaba cientos de miles de euros al año, todavía rebañaba un poco más las arcas y se iba con su tarjeta a comprar ropa interior de señora a las tiendas más exclusivas. El directivo de Adif en Zaragoza que se dejó extorsionar con trescientos o quinientos euros de Viagra. Esa es la corrupción ramplona, miserable a la que hemos llegado. Después de los grandes casos, las grandes tramas de corrupción, como la Gürtel, las comisiones catalanas o los ERE andaluces, llega esta podredumbre del pie de la escalera. La corrupción de la más baja estofa.

Alguna vez, al analizar la corrupción andaluza, se ha concluido aquí que, en realidad, si se miran con cierta perspectiva, se percibe que todas las corrupciones son una. Sucede así porque, previamente, la corrupción se ha extendido de las esferas de la política, con todos los satélites que la conforman en el mundo empresarial y sindical, hasta la Administración y de ahí a la sociedad misma. Se trata de un paso cualitativo y cuantitativo que convierte el hecho episódico de la corrupción política en un fenómeno social, generalizado. Se acaba entendiendo, en definitiva, que la corrupción es el ‘modus operandi’ para crear una empresa, solicitar una subvención, acceder a un concurso público, conseguir una plaza en alguna convocatoria…

Si se miran con cierta perspectiva, se percibe que todas las corrupciones son una. Sucede así porque, previamente, la corrupción se ha extendido de las esferas de la política, con todos los satélites que la conforman en el mundo empresarial y sindical, hasta la Administración y de ahí a la sociedad misma

Eso es, precisamente, lo que José Antonio González Baró, el administrador único de Fitonovo, le explicó a la juez Alaya cuando lo llamó a declarar, que lo de extorsionar a partidos políticos, a políticos, a directivos de empresas públicas y a funcionarios era una práctica habitual. Tan habitual que llevaban una contabilidad precisa de las extorsiones. Había quien pedía un coche de lujo  y quien exigía una caja de zapatos repleta de billetes de quinientos; hubo quien pidió un caballo de pura raza para regalárselo a su hija y quería una reforma en su casa sin que le costase ni un céntimo. Como las tarjetas black, el mismo mecanismo mental, la corrupción de gratis total. ¿Por qué iba a entender si no el presidente de Extremadura que los viajes que le pagaba el Senado eran para visitar a su amor en Canarias?

La corrupción, sí, como 'modus operandi', no como hecho excepcional. De hecho, esta última Operación Enredadera es la excrecencia de investigaciones anteriores, que revelan una corrupción en cadena, exponencial, que acaba manchando todos los sectores políticos y sociales. La juez Mercedes Alaya comenzó tirando del hilo de una simple venta amañada de terrenos en la central de mercados de Sevilla, Mercasevilla, y ha acabado destapando, uno tras otras, un racimo de casos de corrupción, todos engarzados por el mismo sarmiento.

En la primera de las grabaciones, realizada por unos empresarios a los que intentaban extorsionar por una concesión pública, le dejaban muy claro el ‘modus operandi’. “Esto tiene normalmente un esquema de funcionamiento muy simple: yo colaboro con quien colabora. Si colaboras, todos tus cursos tendrán subvención. Es una especie de impuesto que la Junta nos dice que es para los niños saharauis y me lo creo (…). Todos los políticos lo saben, más no te puedo decir, en toda España todos los grupos políticos lo hacen”. En este caso concreto, la ‘colaboración’ que se exigía era una comisión de 300.000 euros con la que los empresarios extorsionados, de haber accedido, habrían logrado una subvención pública de 900.000 euros.

Tomaré palabras prestadas de Xosé Alvilares, escritor gallego que escribió hace años un ensayo como la corrupción política en aquella región. Dice Alvilares: “Una política, un determinado estilo de gobierno, crean en la sociedad actitudes colectivas, mentalidades. La clase política puede también corromper a una sociedad. La mentalidad del vasallo crea al cacique, pero la política del cacique crea la mentalidad de vasallo”. España no tiene clara su identidad nacional, pero no hay dudas de su identidad sociológica. Somos un país de moral sui generis en el que el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón; un pueblo en el existe una envidia que es sana y en el que la expresión de la ‘vista gorda’ significa, en realidad, hacer la vista mínima, mirar para otro lado.

Haber conquistado América, convertir España en un imperio en el que jamás se ponía el sol y ser uno de los estados más viejos de la vieja Europa no nos ha servido para mirarnos en una sola bandera, pero sí para crear esta moral que nos atraviesa sin fronteras regionales; es un poso de moral alambicada, valores retorcidos, principios contradictorios que se dan la mano. La implantación de la picaresca se debe a un pueblo que la llevó a las más altas cotas del aprecio social. Ser pícaro tiene siempre un pase en España. Si no hubiera sido así, el pícaro no habría entrado en la literatura. Cervantes no habría escrito de Rinconete y Cortadillo, y no existiría el Lazarillo de Tormes o el Guzmán de Alfarache. Sólo en España podría darse esta naturalidad:

–¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?

–Sí –respondió él–, para servir a Dios y a las buenas gentes. (...) Cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus ahijados.

Matacán
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