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Nunca digas de este pacto no beberé
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Javier Caraballo

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Nunca digas de este pacto no beberé

El problema fundamental que tiene el PSOE es que se le ha torcido  tanto el panorama político que se exploran las posibilidades de futuro y parece

Foto: El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (EFE)
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (EFE)

El problema fundamental que tiene el PSOE es que se le ha torcido tanto el panorama político que se exploran las posibilidades de futuro y parece que sólo le ofrecen distintas formas de suicidarse. Un variado catálogo de maneras de hacerse el haraquiri, a gusto del consumidor. Cómo lo prefieres, con un pacto con los “populistas” o con un pacto con “la derecha”, que son las dos descalificaciones más habituales que se dirigen desde el PSOE hacia Podemos y hacia el Partido Popular.

A elegir, porque lo que sí parece cierto es que la aspiración de fuerza mayoritaria de la izquierda, que es la realidad con la que ha convivido el PSOE durante los últimos treinta años, no se encuentra ahora en ninguna prospección. De modo que podrá negar el PSOE todos los pactos que se le presentan en el camino, negaciones bíblicas como las de estos días, “no, no y no”, pero en el fondo todo el mundo sabe que, como en el refrán, la política enseña que nunca se puede decir de este pacto no beberé. Porque ese cáliz igual tienen que tomárselo.

Parece evidente que cualquier análisis que se realice o cualquier estrategia política que se diseñe tiene que sustentarse en el momento político que se vive, y ese parece ser ahora el error fundamental del PSOE, que sigue con una inercia discursiva que ya no se corresponde con los tiempos. El dualismo básico y elemental que ha servido durante todos estos años para elaborar todos los discursos en el PSOE, el del ‘miedo a la derecha’, ya no sirve de la misma forma porque los tiempos son otros. Puede ser que, en algunas comunidades autónomas y en algunos municipios, ese discurso primario de confrontación izquierda/derecha tenga aún alguna vigencia para el PSOE, como puede ser el caso de Andalucía, pero de forma general ese argumento ya no le sirve.

Si el PSOE mira a su alrededor, se dará cuenta de que su problema fundamental en este momento es que, para una gran parte del electorado de izquierda, lo que ha calado profundamente es que no existen diferencias entre PSOE y PP en aquello que tanto les irrita, como la corrupción, los recortes y el distanciamiento de la clase política de la calle. En la memoria está todavía la debacle económica de Zapatero, que nos hundió en la crisis económica de la que no hemos salido todavía. La ingenuidad de pensar que esa memoria se borra renegando ahora, varios años después, al artículo 135 de la Constitución, sólo forma parte del empecinamiento del discurso dual de antes.

Lo de la corrupción es aún peor, porque cada vez que se busca la diferencia se acaba profundizando en la identificación. Cada vez que estalla un cruce de declaraciones en las que un dirigente del PSOE le reprocha al PP los casos de corrupción que le afectan, y este le contesta con los casos de corrupción de Gobiernos socialistas, ambos están cavando un poco más la tumba del hartazgo, del desapego político de los partidos tradicionales. Al verlos así, en ese enredo, que se repite de forma constante, lo normal es que el personal haya acabado identificándolos como dos versiones del mismo problema. Una y otra cosa podrían eludirse con un liderazgo sólido, creíble, pero no parece tampoco que los tiempos vayan por ahí en el PSOE actual.

La consecuencia de todo esto, como ya se ha apuntado aquí en alguna ocasión, ha sido que el PSOE ha dejado de ser el ‘voto útil’ para una buena parte de su electorado natural; ya no es la opción política más eficaz, más segura, para derrotar a la derecha. Ese arma electoral que tan buenos resultados le ha dado al PSOE años atrás se la ha arrebatado en un plis el partido de Pablo Iglesias, entre otras cosas porque el discurso de “desalojar” a la derecha se ha ampliado con los tiempos que corren e incluye también al propio Partido Socialista por las razones de antes.

En esas circunstancias, si el PSOE no se ha dado cuenta aún de que su principal rival en el próximo ciclo electoral no es el Partido Popular, sino Podemos, es que no se quiere mirar por la ventana.

La coyuntura política es tan complicada para el PSOE, y el órdago de soberanía de la izquierda que le ha lanzado Podemos es tan potente, que es imposible saber si, en el futuro inmediato, serán peores los pactos con el Partido Popular o con una fuerza política emergente que, de un plumazo, se ha convertido en socialdemócrata, como han expresado ellos mismos tras la presentación de su programa económico.

Directamente, se ha pasado de presentar como programa electoral en marzo “una auditoría ciudadana de la deuda pública y privada para tomar medias contra sus responsables y declarar su impago”, a la propuesta actual de “una reestructuración lo más ordenada posible de la deuda europea y de la española”. Si el PSOE, como parece, ha dado la orden interna de dejar de descalificar a Podemos como “populistas”, para que se le empiece a llamar “extremistas”, va a tener complicado razonar ese cambio con las nuevas propuestas de la formación de Pablo Iglesias mientras, al mismo tiempo, se pide una reforma de la Constitución para acabar con la contención del déficit.

En un tiempo electoral continuado como el que se va a desatar a partir de enero, se entiende que no se realicen compromisos expresos de alianzas con el Partido Popular, pero el PSOE debe saber que el momento político actual no tiene precedentes y que, por descontado, nunca ha estado más cuestionada su hegemonía en la izquierda. Con lo cual, puede llegarse a la tesitura de que el tan renegado pacto con el Partido Popular no sólo no sea desechable, sino que será el clavo ardiendo al que deberá agarrarse para sobrevivir y esperar a que amaine el temporal de Podemos. Y ese mismo planteamiento, en otro sentido, puede aplicársele también al Partido Popular. La ‘gran coalición’ como salvavidas.