El pasteleo del espionaje catalán

Por mera decencia democrática, el episodio chusco de la Camarga no puede quedar así. Y la destitución de Sánchez-Camacho nos recuerda que estas son las prácticas que ensucian la política

Foto: La presidenta del PPC, Alicia Sánchez-Camacho. (EFE)
La presidenta del PPC, Alicia Sánchez-Camacho. (EFE)

Detuvieron a varios detectives de la principal agencia de Cataluña, Método 3, y La Camarga se convirtió en un plis en el restaurante más famoso de España. Hablaron de “las cañerías del Estado”, de oscuras maniobras en los despachos. Alicia Sánchez-Camacho, la líder catalana del Partido Popular, se convirtió en la política más solicitada y se multiplicaba en entrevistas y ruedas de prensa con el lamento agrio de una persona arrollada en su intimidad por la prepotencia y el juego sucio de sus rivales. Rodaron cabezas en el Partido Socialista y no hubo líder político en aquellos días que no pronunciara en algún momento las palabras claves de todo escándalo cuando se destapa: “Llegaremos hasta el final, caiga quien caiga”. ¿Y qué ocurrió después? Pues eso, que un sórdido pacto de las alturas decidió enterrarlo todo y dejar al personal a dos palmos de narices, sin saber nada más.

Ahora que se larga a Alicia Sánchez-Camacho es necesario rescatar todo aquello, aunque sólo sea a ejercicio de inventario de cómo siguen las cosas en la política española. Porque habíamos concluido no hace demasiado tiempo que el sistema político español se había colapsado por la malas prácticas, desde la corrupción a la falta de transparencia, y prometieron regeneración con golpes de pecho y nuevos paquetes de medidas legislativas. Si el espionaje de La Camarga tiene importancia en el momento político actual no es ya por lo que se dijo en aquel restaurante, sino porque es la demostración palpable de la mentira que encierra todo compromiso de regeneración política, fundamentalmente en los dos grandes partidos. A ver, que a nadie le gusta que le tomen el pelo y esto de La Camarga parece el engañabobos más descarado que se recuerda.

Cuando se rebusca en la hemeroteca, se comprueba que uno de los últimos capítulos de ese culebrón lo protagoniza, otra vez, la novia del hijo de Pujol, ese que según dijo llevaba las bolsas de billetes a Andorra. Esta señora, que fue a la que le grabaron la conversación mientras comía con Alicia Sánchez-Camacho en el restaurante, ha llegado a la conclusión de que la presidenta del PP catalán escondía una relación íntima con el secretario de organización del PSC, José Zaragoza, y que ambos planificaron la farsa. "Parece ser, presuntamente, que Alicia Sánchez-Camacho y José Zaragoza pasaban tiempo relajados y ociosos conjuntamente, y entre esos estados ociosos y relajados decidieron hacer eso. (…) Alicia me conocía, sabía que yo había tenido mi relación larga con Jordi y decidieron hacer esto y encima hicieron una cinta manipulada", dejó dicho la exnovia de Pujol Ferrusola en abril pasado.

Insisto, lo de menos ahora es volver a repasar lo que se decía en aquella comida, lo esencial es comprobar cómo los dos grandes partidos implicados en ese escándalo se han conjurado para taparlo todo. El PSOE aceptó la dimisión de su secretario de organización para sacudirse la responsabilidad, pero ahí sigue José Zaragoza con su escaño en el Congreso. Lo mismo ahora con Alicia Sánchez-Camacho; a dos meses de las elecciones, Mariano Rajoy la quita del cartel, lo resuelven todo con la ominosa explicación de los “motivos personales”, y lo normal será que se le mantenga la garantía de un sueldo público, un destino político alejado de los focos.

Se va Alicia Sánchez-Camacho y hay que preguntar en voz alta: “A ver, La Camarga, que qué ha pasado con todo aquello”

Por mera decencia democrática, el episodio chusco de La Camarga no puede quedar así. Y la destitución de Alicia Sánchez-Camacho nos recuerda que estas son las prácticas que ensucian la política. Un pasteleo en las alturas, entre socialistas y populares, supone un grave insulto a la ciudadanía, un desprecio inadmisible en un sistema democrático. Porque no se puede consentir este manejo de la opinión pública con montajes de mentiras, que se inflan o se desinflan cuando conviene a los intereses partidistas.

Se va Alicia Sánchez Camacho y hay que preguntar en voz alta: “A ver, La Camarga, que qué ha pasado con todo aquello”. Que no nos dejen con cara de bobo, como el empresario ese de la Púnica cuando ha descrito, con el lenguaje enigmático y críptico de la corrupción, la existencia de una trama superior. “Hay un follón montado con dos o tres señores de mucho dinero; los demás estamos aquí como hormiguitas mirando para arriba… Pero han montado un jarabe de pepinos. Y yo estoy muy en contra de estas cosas". 

En el escándalo aquel de La Camarga ha ocurrido lo mismo: podemos vernos así, como hormiguitas, mirando hacia arriba, donde se cuece todo, donde de trama todo, donde se oculta todo. Hubo un presidente, creo que Zapatero, que en alguna ocasión contó la impresión que le produjo subirse a uno de esos grandes helicópteros del Ejército y mirar hacia abajo y ver cómo la gente iba y venía por las aceras de una gran ciudad, como hormiguitas. Pocas veces el poder desarrolló una metáfora más certera. (Por cierto, ¿qué diablos querrá decir eso de que “han montado un jarabe de pepinos”? La jerga de corrupción española cada vez se complica más…)

Matacán
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