Concierto vasco, el cascabel del gato

El Concierto vasco y el Convenio navarro han sido una anomalía en el sistema de financiación de España, una distorsión consentida

Foto: El lehendakari, Iñigo Urkullu, y la presidenta de Navarra, Uxue Barkos. (EFE)
El lehendakari, Iñigo Urkullu, y la presidenta de Navarra, Uxue Barkos. (EFE)

Era un tema tabú. Quizá lo sigue siendo todavía. Sencillamente, no aparece en el debate. Ni se podía discutir siquiera. ¿Qué piensa del cupo económico vasco y navarro? “Ese tema no toca”, suelen responder con la pose repelente que utilizan algunos dirigentes políticos para mutilar los problemas y restringir la conversación solo a los asuntos que les son cómodos. Por eso, en estos días, cuando algunos dirigentes del PSOE, con más torpeza que acierto, han sugerido la necesidad de revisar los privilegios de financiación del País Vasco y Navarra, los presidentes de las dos comunidades han saltado como un resorte; que nadie remueva ese avispero. “Promoveremos un frente común” en defensa del concierto navarro, ha anunciado la presidenta Uxue Barkos: “Navarra va a defenderlo con voz propia, rotunda y contundente”. En el mismo sentido, el 'lehendakari' vasco, Íñigo Urkullu, se ha cruzado de brazos: “Cualquier modificación unilateral del concierto económico es una línea roja que no podemos permitir que se traspase. Y asistimos a una campaña institucional y política que pretende cuestionarlo”. ¿Ven? Ni cuestionarlo.

Como en tantas ocasiones, la reacción contraria que se suscita es directamente proporcional a la importancia del asunto que se quiere ocultar. Se niega que el concierto sea un privilegio, pero el anuncio encendido de un “frente común”, esas “líneas rojas” que se pintan en el debate para que no se vuelva a hablar del asunto, lo único que desvelan es que se trata, en efecto, de un privilegio que no se quiere perder. La forma en que se quiere ahogar toda discusión, cegar de raíz la polémica, es la mejor demostración de que esa, y no otra, es la piedra angular del debate reformador que debe abordarse en España, con la financiación de las autonomías como primer paso. El propio 'lehendakari' Urkullu, quizá sin darse cuenta, lo deslizó ayer en su discurso: “El concierto económico es la clave de bóveda del autogobierno vasco”. Y, ciertamente, es así.

Desde que se instauró, el Concierto vasco y el Convenio navarro solo han tenido un sentido político: intentar aplacar con dinero las desavenencias de esas dos regiones. Con los altibajos de la historia, la realidad es que desde el final del carlismo se instauró esa lógica en España, como un tributo que había que asumir como un riesgo menor. En cada época histórica, desde entonces, hay matices distintos, supresiones y restauraciones de los derechos forales, pero es posible establecer una línea continua. Lo que sucedió con la llegada de la democracia es que se entendió que los privilegios de financiación del País Vasco y de Navarra eran necesarios para intentar apaciguar la terrible y sangrienta amenaza de ETA; lo conveniente era dotar a las dos autonomías de un sistema económico especial, el concierto vasco y el navarro. Un privilegio económico ‘indiscutible’ en el debate político que ha permitido al País Vasco y a Navarra una mejor financiación, y un mayor desarrollo de los servicios públicos, en comparación con el resto de comunidades autónomas. Y como se trataba de evitar un mal mayor, por la amenaza de la banda terrorista, todo el mundo lo aceptaba así. Tema tabú. No se habla.

Con la llegada de la democracia es que se entendió que los privilegios de financiación eran necesarios para intentar apaciguar a ETA

¿Por qué, entonces, se remueve ahora ese avispero? Por la confluencia de tres factores esenciales: la derrota de la banda terrorista etarra, la amenaza independentista de Cataluña y los recortes impuestos por la crisis económica en el sistema general. La confluencia de esos tres elementos ha provocado que salten las costuras del modelo de financiación vigente en todo este tiempo en la España de las autonomías, y que se ha mantenido pese a las críticas periódicas de unos y otros. El Concierto vasco y el Convenio navarro han sido durante todo este tiempo una anomalía en el sistema de financiación de España, una distorsión consentida. Y ahora que, por las circunstancias mencionadas, se plantea la necesidad de establecer un nuevo modelo, más estable, más igualitario, estalla la contradicción de que se ha consolidado la idea de que de ese tema no se discute pero, al mismo tiempo, se tiene la evidencia de que nada sólido ni viable se puede construir sobre una anomalía.

Pero ¿quién le pone el cascabel al gato vasco y navarro? Hasta ahora, solo UPyD y Ciudadanos se habían mostrado abiertamente en contra del concierto vasco y del navarro, pero la controversia no ha estallado hasta que se han pronunciado algunos barones regionales del PSOE. Ocurre, sin embargo, que la empanada ideológica en la que está instalado el PSOE cada vez que aterriza sobre el modelo territorial de España impide que ninguna de sus propuestas sea, al menos, inteligible. Con más torpeza que eficacia, han agitado el avispero sin saber muy bien a dónde quieren ir. Entre contradicciones, rectificaciones y matizaciones, a lo máximo que han llegado la presidenta andaluza, Susana Díaz, y el presidente de Valencia, Ximo Puig, es a decir que el concierto económico se tiene que “modular”. ¿Y eso qué quiere decir? ¿Piensa lo mismo Pedro Sánchez o en el fondo se trata de un nuevo frente interno para removerle la silla de secretario general? Si al PSOE, que cada vez que se ha pronunciado sobre el Estado autonómico ha sido por un interés electoral, se le une el silencio espeso del Partido Popular y del Gobierno de Rajoy, para no complicarse con nuevos frentes, se podrá aventurar ya que lo único que acabará imponiéndose de nuevo es el tabú del riesgo menor. Como en el último siglo y medio.

Sostiene Urkullu que lo que no se puede entender es “este ataque deliberado a un sistema histórico, pactado, legal, solidario y eficaz, que solo redunda en beneficio de la ciudadanía”. Interesante reflexión. En España es curiosa la consideración que se otorga a leyes e instituciones con el paso del tiempo. Al mismo tiempo, el paso de los años puede revestir a una ley o a una institución de un carácter histórico, algo que debe preservarse, y, en sentido contrario, esos mismos años convierten algo en vetusto, anacrónico, algo que debe reformarse. ¿Se dan cuenta? Por ese absurdo, nos encontramos ahora con que la Constitución española, con menos de medio siglo, ya se ve desfasada y, sin embargo, los derechos forales del País Vasco y de Navarra, que se remontan a la tercera guerra carlista, de finales del XIX, se consideran intocables. Como para entenderse y confiar en un gran acuerdo.

Matacán
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