Los agujeros negros de esta guerra

Cuando son los propios contemporáneos los que deben reconocer un problema y enfrentarse a él para solucionarlo, lo normal es la duda, la controversia, la trivialización o el desentendimiento

Foto: Captura del video en el que el Estado Islámico anuncia la creación de su provincia en Yemen, en abril de 2015
Captura del video en el que el Estado Islámico anuncia la creación de su "provincia en Yemen", en abril de 2015

Una de las mayores complicaciones de toda sociedad, a lo largo de la historia, consiste en algo tan elemental como saber reconocer los problemas a los que se enfrenta. ¿Qué está pasando a nuestro alrededor? La respuesta parece muy fácil cuando miramos hacia atrás y analizamos acontecimientos históricos, pero en realidad no fue así en aquel tiempo. Cuando son los propios contemporáneos los que deben reconocer un problema y enfrentarse a él para solucionarlo, lo normal es la duda, la controversia, la trivialización o el desentendimiento.

Hasta un año antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, Francia y el Reino Unido mantenían relaciones diplomáticas formales con el Tercer Reich, como aquellos Acuerdos de Múnich en los que se aceptaba la invasión de países que ya había iniciado el nazismo. Hitler, para muchos, era un jefe de Gobierno que ganaba elecciones y que tenía encandilados a los alemanes. La contundencia y la claridad con la que ahora contemplamos aquellos años no existían entonces. De ahí, la inquietud fundamental de estos días: ¿Nos estará ocurriendo a nosotros igual? ¿Será eso? ¿Es esta la tercera guerra, la Tercera Guerra Global?

Tendríamos que empezar por la propia definición del problema. El Estado Islámico no es un grupo terrorista más; el Estado Islámico es una ‘potencia internacional’ con un afán expansivo sobre otros territorios. El objetivo es volver a instaurar un potente Califato en el mundo, un sistema totalitario, dirigido por un califa y regido por la ley islámica. Cuando Hannah Arendt, la filósofa alemana, hablaba del totalitarismo, decía que se sostenía como un sistema de campos que sirven para aterrorizar y explotar, matar y humillar a las personas, pero cuya finalidad es arrebatar al ser humano toda espontaneidad y reducirlo a objeto, a cosa. La definición servía para el nazismo y sirve para el Estado Islámico.

El Estado Islámico no es un grupo terrorista más; el Estado Islámico es una ‘potencia internacional’ con un afán expansivo sobre otros territorios

Comenzó en Siria y ya domina una superficie equivalente a un país como Italia, con la peculiaridad de que controla una quincena de pozos de petróleo. El cálculo es que producen 100.000 barriles por día. ¿Cómo los comercializa? Por ahí, por ese agujero negro, tendría que empezar la guerra contra el Estado Islámico, porque lo que sí se sabe es que se trata del grupo insurgente más rico del mundo. Hace unos meses, la BBC sostenía en un reportaje que solo en dinero en efectivo, el Estado Islámico manejaba una fortuna de 2.000 millones de dólares.

Los ingresos le llegan, además de los campos de petróleo y de gas, por secuestros, extorsiones y contrabando. ¿Y también por donaciones de jeques árabes de países fundamentalistas? El agujero negro se amplía y no encuentra respuestas en la comunidad internacional que se ve amenazada porque, como es patente, no existe una declaración de guerra formal, un bloque aliado que combata al Estado Islámico con los mismos objetivos y una estrategia planificada para someterlo.

Lo ocurrido en Francia el pasado viernes, y la reacción posterior a la masacre, es una muestra patente de todo ello. Francia ha intensificado los bombardeos de forma unilateral, pero no se sabe ni cuánto durará la ofensiva ni qué otros países se van a implicar. Desde el verano, se han arrojado sobre supuestas posiciones estratégicas del Estado Islámico en Irak y en Siria casi 8.000 bombas, pero no parece que ninguna de ellas lo haya doblegado. Quizá porque otro de los agujeros negros a los que nos conduce lo que está ocurriendo es que, aunque lo podamos considerar una guerra, el campo de batalla ya no es el mismo. Los muertos ya no están en las trincheras, los frentes se establecen en las terrazas de alguna gran ciudad.

Si Europa ni siquiera consigue una política exterior común ante un desafío como el del Estado Islámico, nada bueno puede augurarse en el futuro inmediato

Solo en los discursos ya se aprecia una diferencia inquietante. Lo que para el presidente francés es ‘un estado de guerra’ no tiene nada que ver, por ejemplo, con la declaración acordada por los miembros del G-20, que se limita a una condena expresa de los atentados de París y una promesa vaga de solidaridad y mayor cooperación.

Ni siquiera en la Unión Europea se detecta una actuación paralela, en intensidad y efectivos, a la que ha desplegado Francia, a pesar de que el propio Tratado comunitario incluye una ‘cláusula de solidaridad’ (artículo 222) que especifica que “la Unión y sus estados miembros actuarán conjuntamente con espíritu de solidaridad si un Estado miembro es objeto de un ataque terrorista o víctima de una catástrofe natural o de origen humano. La Unión movilizará todos los instrumentos de que disponga, incluidos los medios militares puestos a su disposición por los estados miembro”.

Si Europa ni siquiera consigue una política exterior común ante un desafío como el del Estado Islámico, nada bueno puede augurarse en el futuro inmediato. Sobre todo porque la faceta más inquietante del Estado Islámico es el reclutamiento de miembros en todos los países y la instrucción para cometer atentados. ¿Están controlados todos los posibles yihadistas? ¿Cuántos hay en Europa, en España?

Tras los atentados de 'Charlie Hebdo', a principios de año, el presidente Hollande prometió, como ahora, incrementar la lucha contra el Estado Islámico y el control de los yihadistas en territorio francés, pero, 10 meses después, se ha producido esta masacre de ahora, con participación de más terroristas y mayor planificación. La globalización, que es el arma más letal que utiliza el Estado Islámico, es fundamental para reclutar a futuros terroristas y formarlos en todos los países del mundo.

¿Cómo lo consiguen? ¿Qué puede atraer a un joven formado en un país libre, democrático, europeo, de un movimiento que le promete el regreso al medievo? Es, quizás, el agujero negro más inquietante de todos. Tan difícil de entender como hace unas semanas, cuando se supo que la Policía española había detenido en Barajas a una joven de Huelva, dispuesta a ingresar en el Estado Islámico, la ‘yihadista rociera’.

La mayor dificultad de un contemporáneo, como nosotros ahora, es saber reconocerse en su tiempo, aceptar los nuevos retos que se le plantean, saber desechar las inercias y respuestas desfasadas.

De ahí la inquietud fundamental de estos días: ¿Nos estará ocurriendo a nosotros igual? ¿Será eso? Miramos alrededor y solo vemos preguntas sin respuestas, como agujeros negros en los que nos perdemos.

Matacán
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