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Benjumea, una familia mal avenida
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Javier Caraballo

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Benjumea, una familia mal avenida

Cuando la euforia de los buenos tiempos se transforma en crisis e incertidumbre, surge un enfrentamiento personal, un juego de traiciones y venganzas, que solo significan el final de una era

Foto: Fotografía de archivo del expresidente de Abengoa Felipe Benjumea (5i). (EFE)
Fotografía de archivo del expresidente de Abengoa Felipe Benjumea (5i). (EFE)

El deterioro es un proceso. No ocurre en un instante, se manifiesta en un instante; no se produce en un estallido, aunque esa sea la percepción final. El deterioro es un proceso y la explosión es la consecuencia visible. No va más. El silencio, la opacidad, era el 'modus operandi' de Abengoa y por eso ahora la caída en picado de la multinacional ha retumbado en todo el mundo con el eco de aquel vacío. Todo aquello que se aparentaba, todo aquello que se daba por cierto, se desmorona ahora con el vértigo de una gran mentira descubierta.

Al dorado venerable de los Benjumea se le ha caído el brillo. Junto a las miserias ocultas de la empresa, la enorme deuda acumulada y camuflada, salen ahora a relucir las miserias internas, las pugnas familiares, la rivalidad en el núcleo mismo de la compañía, la almendra aristocrática de los apellidos más distinguidos que se citan en Inversión Corporativa, sociedad patrimonial de los fundadores y accionistas históricos que han llevado hasta ahora el timón de Abengoa.

Hace dos meses, aquí mismo, la extrañeza procedía del silencio en torno a Abengoa; acababa la compañía de ejecutar una drástica reestructuración interna, que por primera vez apeaba a un apellido Benjumea de la presidencia de la empresa, y nadie en Andalucía decía nada, pese a la delicada situación socioeconómica de la región. Mucho menos en Sevilla, una ciudad a la que la caída de Abengoa asestaría una puñalada. Tampoco en España, aunque era la ‘marca España’ la que estaba en entredicho. Silencio. Acaso por costumbre. O por miedo. O por servilismo. Pero nadie se mostró entonces sorprendido, siquiera, por la acelerada deriva de la empresa. Nadie preguntaba nada, ni siquiera los sindicatos eran capaces de hablar del mantenimiento incierto de los empleos.

El silencio era el modus operandi de Abengoa y por eso ahora la caída en picado de la multinacional ha retumbado en todo el mundo con el eco de aquel vacío

De ese silencio se está pasando ahora a la revelación de aquello más íntimo que estaba oculto, las rencillas acumuladas contra la persona que ha dirigido la empresa en su etapa más conflictiva, Felipe Benjumea. Ya su ascenso a la presidencia provocó un fuerte distanciamiento con su hermano Javier Benjumea, cuando el fundador dejó la compañía en manos de sus hijos y el hermano pequeño, Felipe, fue acaparando todo el poder, hasta desplazar al primogénito, Javier, que acabó dejando incluso la vicepresidencia en 2007. Desde entonces, permanece abierta una herida que tiene que ver con la más antiguas de las querellas, la ambición de poder.

Si hasta ahora no han estallado las disputas, según explican, ha sido por la más elemental de las razones: cada año, Abengoa cerraba su ejercicio con un abundante reparto de dividendos. Inversión Corporativa se creó en 1981 con un único objetivo, intentar blindar de imprevistos a la multinacional, como la llegada de ‘tiburones’ financieros, y poder reinvertir los grandes recursos generados en aquella época.

Junto con los herederos de los dos fundadores, Javier Benjumea Puigcerver y José Manuel Abaurre Fernández-Pasalagua, se agruparon apellidos aristocráticos en la sociedad sevillana, como la familia Solís Guardiola, mediante Zaida XII, y los Sundheim Losada, con Valdeme. Los Benjumea están representados en Inversión Corporativa con Palmera Nueve; los Benjumea son 12 hermanos, Javier, Felipe y 10 hermanas más. Los Abaurre se concentran en dos sociedades más, Inayaba y Olajangua.

¿Por qué mientras que se repartían dividendos anuales no había críticas al modelo de negocio y ahora surgen todas de golpe? Es ley de vida empresarial

Con la caída de los beneficios anuales y de las acciones, la paz social, ‘pax’ familiar, se deshizo con los agravios acumulados y la responsabilidad de la gestión. La amenaza de la ruina patrimonial de alguno de esos apellidos, de muchos de esos accionistas, es lo que desata la guerra de nervios de la actualidad y el cruce de acusaciones que, en su mayoría, se dirigen al que ha sido presidente en los últimos años y embarcó a la compañía en la dinámica empresarial expansiva que ha acabado haciendo aguas.

¿Por qué mientras que se repartían dividendos anuales no había críticas al modelo de negocio y ahora surgen todas de golpe? Digamos que es ley de vida empresarial. Es inevitable que todos los elogios que hasta ahora se hacían de la gestión de Felipe Benjumea, por su visión y su apuesta de expansión internacional, desaparezcan de golpe. Sobre todo ante una situación como la de Abengoa, que solo ha comenzado a reconocer su verdadera situación financiera cuando la única salida era la intervención directa de los bancos para hacerse cargo de la compañía.

En ese ambiente interno de incertidumbre y hasta de apuros económicos, cuando se llama a una ampliación de capital, surgen informaciones como la indemnización de más de 11 millones de euros que ha cobrado Felipe Benjumea por su salida de la presidencia y se incendian aún más los ánimos. El final de un imperio siempre ha reproducido a lo largo de la historia el mismo esquema de degradación. Cuando la euforia y la bonanza de los buenos tiempos se transforma en crisis e incertidumbre, surge un enfrentamiento personal, un juego repetido de traiciones y venganzas, que solo significan el final de una era. Es el caso de Abengoa; sobrevivirá, debe sobrevivir, pero se ha acabado una era.

El deterioro es un proceso. No ocurre en un instante, se manifiesta en un instante; no se produce en un estallido, aunque esa sea la percepción final. El deterioro es un proceso y la explosión es la consecuencia visible. No va más. El silencio, la opacidad, era el 'modus operandi' de Abengoa y por eso ahora la caída en picado de la multinacional ha retumbado en todo el mundo con el eco de aquel vacío. Todo aquello que se aparentaba, todo aquello que se daba por cierto, se desmorona ahora con el vértigo de una gran mentira descubierta.

Javier Benjumea