Ciudadanos, pactos a ninguna parte
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Javier Caraballo

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Ciudadanos, pactos a ninguna parte

¿Hace mal Ciudadanos al negociar con unos y con otros y no participar del cainismo habitual de la política española, de las banderías y el desencuentro permanente?

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Un solo riesgo corre Ciudadanos ahora que, superados los arrebatos de la campaña electoral, se ha sentado a negociar con el Partido Popular con la certeza extendida de que pronto alcanzarán un acuerdo: que ese pacto no valga para nada. Ese es el riesgo principal para un partido que, en el corto plazo de poco más de seis meses, habrá alcanzado dos acuerdos, con los dos principales rivales políticos de España, Partido Popular y Partido Socialista, y ninguno de ellos habrá prosperado porque los dos carecían de lo esencial, los votos suficientes para salir adelante.

En la dinámica política en que se ha instalado España, si este bloqueo institucional se prolonga y de nuevo vamos a elecciones en diciembre, Ciudadanos puede acabar devorado por esa imagen de muletilla prescindible, porque se apoya en un lado o en el otro, pero nunca vale para caminar. Si firman dos acuerdos en medio año y ninguno de ellos prospera, que tengan claro en Ciudadanos que no habrá mejor propaganda que esa inutilidad para las llamadas al ‘voto útil’ que siempre practican populares y socialistas.

La democracia española, desde la desaparición de la Unión de Centro Democrático, ha funcionado sin un partido de centro, y después de tantos años, lo que parece que se ha olvidado ha sido el centro mismo, esa forma de hacer política. Por eso es tan frágil la posición de Ciudadanos, porque el centro político no parece que sea un valor consolidado en nuestra democracia.

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De hecho, en la corta experiencia democrática española, que bien podría decirse que se limita a este periodo constitucional, la polarización de la vida política ha sido siempre el factor determinante. Solo cuando se murió el dictador optó la sociedad española por un partido de centro, con Suárez a la cabeza, pero quizá fue más como garantía de transición política, por el miedo a la involución, que por convicciones políticas. La UCD, digamos, fue una bandera de conveniencia de la sociedad española para pasar de un régimen a otro sin más alteraciones que las extraordinarias complicaciones del momento; una bandera de conveniencia que rehusaba de los extremos y exorcizaba la involución.

Pero aquello duró el mínimo imprescindible para garantizar el paso. La tensión de las banderías, que es la que de verdad impera en la sociedad española, acabó detonando internamente la UCD, y el acoso implacable del PSOE de entonces, liderado por Felipe González, provocó la demolición completa del imperio ucedista. Por esa razón, la idea de centro no pudo cuajar en España, no cimentó nada, y, por esa misma razón, el papel político de Ciudadanos es tan complicado en la actualidad, porque está pregonando una mercancía política que nunca ha tenido público aquí, salvo en aquel periodo concreto. Solo el colapso del bipartidismo, enmarañado en la corrupción y la crisis económica, ha permitido la resurrección de un partido netamente de centro, como se proclama Ciudadanos, pero le queda por delante lo fundamental, la consolidación como fuerza política. De ahí que resulte primordial el desenlace de esta legislatura para Ciudadanos, porque es altamente improbable que pueda salir bien de una imagen tan demoledora como la que se desprende de un partido que pacta con todos y no sirve para nada.

Si el bloqueo institucional se prolonga y vamos a elecciones en diciembre, Ciudadanos puede acabar devorado por esa imagen de muletilla prescindible

Los pactos, en sí mismos, no tienen por qué ser un valor positivo por la mera disposición a alcanzar a acuerdos, porque si no conducen a ninguna parte, acaban trivializando el hecho mismo de pactar. Quiere decirse, en suma, que tanto cuando Ciudadanos pactó con el PSOE como ahora que está negociando con el Partido Popular, lo que tienen claro todos los españoles es que ni uno ni otro pacto sirven para gobernar porque no reúnen los votos necesarios.

Con el apoyo de Ciudadanos, Pedro Sánchez fracasó en una investidura, y con el apoyo de Ciudadanos, va a fracasar Mariano Rajoy, al menos en el primer debate. El único elemento común entre esos dos momentos son las declaraciones del líder de Ciudadanos, Albert Rivera, reprochándoles, primero a Rajoy y ahora a Pedro Sánchez, que no se abstengan para favorecer el Gobierno del otro. “Estamos en manos de que el PP decida no bloquear la legislatura. Por eso, le pido a Rajoy que piense en los españoles y en España y se abstenga en la investidura del candidato socialista”, dijo Rivera en la anterior legislatura. Es decir, lo mismo que dice ahora todos los días, pero con nombres cambiados: “Pedro Sánchez no puede desentenderse de España. Y si el PSOE, por activa o por pasiva, no se plantea algún tipo de cesión, bloquearemos otra vez la situación”.

¿Hace mal, por tanto, Ciudadanos al negociar con unos y con otros y no participar del cainismo habitual de la política española, de las banderías y el desencuentro permanente? En absoluto, al menos desde mi punto de vista. Lo que subrayo una vez más es que pactar sin que esos acuerdos prosperen puede suponerle a Ciudadanos un desgaste letal, y en eso sí tienen responsabilidad sus dirigentes que firman pactos para la galería, a sabiendas de que no van a prosperar.

En el caso del PSOE, el acuerdo era imposible que prosperase si el pacto no contaba con el apoyo de Podemos, y Ciudadanos se lo planteó como una ‘línea roja’. Lo mismo ocurre ahora con las negociaciones con el PP, que no llegarán a ninguna parte si no se amplía el acuerdo a los nacionalistas, y tampoco en Ciudadanos están dispuestos a sentarse con los diputados vascos y, mucho menos, con los catalanes. En definitiva, pactos para nada con la repercusión que todo ello puede tener: que se extienda la sensación de que peor que el bipartidismo conocido es el bloqueo y la inestabilidad permanente en que nos hemos instalado.

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