Griñán, el hombre que se comió el marrón

¿Qué ha hecho Griñán que no hayan hecho los demás? ¿Quién es Griñán? ¿Por qué Griñán? De todos los presidentes que ha tenido la Junta de Andalucía ha sido el más inesperado, el más artificial

Foto: José Antonio Griñán en la comisión de investigación del Parlamento andaluz sobre el presunto fraude de las ayudas a los cursos de formación. (EFE)
José Antonio Griñán en la comisión de investigación del Parlamento andaluz sobre el presunto fraude de las ayudas a los cursos de formación. (EFE)

La política. La puta política. La asquerosa política. Ha explotado en una carta pública uno de los hijos de José Antonio Griñán, su hijo Manuel, y con un vómito de cabreo, de desesperación y de hartazgo, se ha revuelto contra la política misma, como el origen y la causa de todos los males que afectan a su padre, procesado en el escándalo de los ERE como el principal responsable penal de lo que la juez Alaya definió en su día en un auto judicial como ‘la trama política’. Ha explotado el hijo de Griñán tras noches “de miedo y de insomnio” y lo que quizá le llama la atención, lo que le irrita tanto, es que sea su padre el que se está comiendo el marrón de la máxima responsabilidad, que sea el único de esa trama política al que le piden seis años de cárcel, cuando la mayor parte del tiempo ha estado a la sombra de otro en la Junta de Andalucía, a la sombra de Manuel Chaves que, sin embargo, se escapa de las peticiones de la fiscalía con la amenaza de unos años de inhabilitación para quien ya se ha retirado de la política, que es como condenar a la taberna a un minero jubilado.

Ha explotado, en fin, el hijo de Griñán y en el aire se quedan colgando algunas preguntas que van más allá de su indignación y de la comprensible pesadilla familiar: ¿Qué ha hecho Griñán que no hayan hecho los demás? ¿Quién es Griñán? ¿Por qué Griñán? De todos los presidentes que ha tenido la Junta de Andalucía, incluyendo a la actual Susana Díaz, José Antonio Griñán ha sido el más inesperado, el más artificial, el más inadaptado. Miguel Rodríguez Piñero, que fue presidente del Tribunal Constitucional y catedrático de Derecho del Trabajo, y que le conoció desde su juventud, lo definió hace unos años como “un buen político, pero con traje de técnico”. “Nunca le gustó el protagonismo; siempre fue hombre de segunda fila”, decía el profesor Rodríguez Piñero y tenía razón. Tanto es así que, en los ochenta, cuando Felipe González lo rescató de la política autonómica para sentarlo en el Consejo de Ministros, la prensa nacional lo recibió con un titular a cuatro columnas: “González nombra ministro de Sanidad a un tal Griñán”.

El poder, del que todos se arrepienten cuando llegan mal dadas, tiene una atracción para algunos que, por lo visto, es imposible de rehusar

El poder, del que todos se arrepienten cuando llegan mal dadas, tiene una atracción para algunos que, por lo visto, es imposible de rehusar. Griñán tiene plaza ganada como inspector técnico de Trabajo desde 1974, pero lo que menos ha hecho en su vida ha sido dedicarse a su profesión. Desde los primeros gobiernos socialistas en Andalucía, desde el primer gobierno de Rafael Escuredo en 1982, Griñán está en un cargo público y no lo ha dejado hasta que la Justicia comprometió su futuro por el escándalo de los ERE. Pudo hacerlo, cuando Felipe González dejó la Presidencia del Gobierno pero, en vez de encauzar su vida privada tras haber llegado a lo más alto, aceptó volver otra vez a la Junta de Andalucía, otra vez de consejero. De nuevo con Chaves como presidente, con el que ya había estado. Algo debe tener, en fin, la política, la puta política, la asquerosa política, para que nadie quiera marcharse jamás, tampoco un tipo gris como José Antonio Griñán.

Si ahora la Fiscalía Anticorrupción, en su escrito de acusación, le solicita seis años de cárcel por delitos continuados de malversación de caudales públicos y de prevaricación es precisamente por el cargo que ocupó en la Junta de Andalucía a su regreso del Consejo de Ministros. Todos los dirigentes del PSOE insisten en “la honestidad” de Griñán, como también de Chaves, porque “no se han llevado ni un céntimo”. Lo repiten y es cierto, pero no aporta nada: en el Código Penal hay otros delitos relacionados con la corrupción política que nada tienen que ver con la apropiación indebida. Y el escándalo de los ERE es, sobre todas las cosas, un caso de corrupción clientelar. La mayor responsabilidad de Griñán en la ‘trama política’ de los ERE es por su cargo de consejero de Economía y Hacienda de la Junta de Andalucía desde 2004, es decir responsable de la elaboración de los presupuestos en los que se incluía la famosa partida 31L de la que se nutría el ‘fondo de reptiles’ –como lo denominó el ex director general de Trabajo, Javier Guerrero– con el que se financiaban los ERE. Ese sistema de financiación opaco no lo creó Griñán, porque ya estaba en funcionamiento cuando él llegó: se crea el 17 de julio de 2001 cuando se firma un convenio a tal efecto, pero es a José Antonio Griñán cuando se incorpora a la Consejería al que comienzan a llegarle las advertencias de ilegalidad por la existencia de ese ‘fondo de reptiles’ con cientos de millones de euros que se gestionaban sin ningún control.

El exdirector general de Trabajo Javier Guerrero. (EFE)
El exdirector general de Trabajo Javier Guerrero. (EFE)

Durante esos años claves en la delimitación de responsabilidades penales en el escándalo de los ERE, era Griñán el responsable de la Consejería de Economía y Hacienda, es decir, el responsable de los presupuestos, y hacia él dirigió la Intervención General de la Junta de Andalucía advertencias claras de la ilegalidad. En total quince advertencias que el interventor de entonces resumió en el Parlamento andaluz, en el transcurso de una comparecencia, de la siguiente forma: “El procedimiento violentó los más elementales principios de objetividad, publicidad, transparencia y rigor financiero que deben presidir el actuar de la Administración”. Griñán no le prestó mucha atención al interventor porque, como ha dicho él mismo, entre el patetismo y el cinismo, “el interventor no detectó irregularidades, sólo discrepaba del procedimiento”. ¡Sólo discrepaba del procedimiento! En fin... Hasta ahora esa explicación no le ha servido de excusa, como tampoco le ha servido la segunda estrategia que puso en marcha para exculparse: una subordinada suya, Carmen Martínez Aguayo, llegó a autoinculparse ante el juez y afirmó que, en realidad, los informes de la Intervención llegaban a su despacho y nunca se los trasladó a su jefe. Quiso inmolarse su subordinada, pero tampoco eso funcionó. Es más, por mucho que Griñán quiera defender la legalidad del sistema de subvenciones de los ERE, su propia actuación posterior lo desmiente: en 2010, siendo él presidente de la Junta de Andalucía, hizo desaparecer de los presupuestos la polémica partida 31L. ¿Si el sistema era legal, por qué no lo mantuvo?

De sus más de treinta años de cargos públicos encadenados, ha sido al final, cuando llegó a la presidencia de la Junta de Andalucía, cuando José Antonio Griñán ha desconcertado y decepcionado más a quienes le conocían. Por un ataque de soberbia acumulada, pensó que podía convertirse en líder natural de los socialistas, cuando jamás ha tenido poder real en el partido, y en referencia de la izquierda en España, como presidente de la Junta de Andalucía en el declive de Zapatero. Lo que consiguió fue enemistarse con Chaves, que se sintió traicionado, y aislarse políticamente hasta que se vio forzado a cederle la presidencia a Susana Díaz. Ahora, como una losa, le ha llegado la petición de la Fiscalía Anticorrupción que, para consuelo de su familia, aún es posible que acabe en nada por la incertidumbre judicial que planea sobre los ERE. De todas formas, nada más alejado de su final programado, cuando fue elegido presidente de la Junta de Andalucía en 2012, aunque perdió frente a Javier Arenas, el único socialista que ha perdido unas elecciones en Andalucía. Lo previsto entonces, lo que tantas veces dijo, es que agotaría la legislatura, que finalizaba precisamente este año, y que se retiraría al fin de la política. En una de esas parrafadas suyas cargadas de falsa modestia y cursilería, pronosticó el final que nunca ha sido: “En 2016 tendré 70 años y me veo con ciertas dificultades biológicas para continuar. A veces en política uno tiene que hacer estas cosas, uno no se puede perpetuar ni personalmente, ni políticamente, ni directamente, ni indirectamente. Yo me iré y los pájaros seguirán cantando”.

Matacán
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