Tarjetas 'black', ahí explotó España

En esa confluencia de la peor crisis económica con una de las mayores etapas de corrupción, la gota que colmó el vaso de la paciencia es ese escándalo que se atraganta: las tarjetas 'black'

Foto: Tarjetas 'black'. (ElConfidencial.Lab)
Tarjetas 'black'. (ElConfidencial.Lab)

La cronología del hartazgo tiene un punto de no retorno. Existe un momento en el que España, la sociedad española, colapsa, explota, revienta de cabreo, de ira. Las tarjetas 'black’ es el escupitajo de burla que lo cambia todo. A partir de ahí, todo se vuelve distinto en España. De forma independiente, la sociedad española había soportado oleadas de corrupción y etapas de crisis, pero no se había desmoronado el sistema político existente, asentado en un bipartidismo clásico de alternancia entre el PP y el PSOE. Una etapa grave de corrupción o de crisis económica podía afectar a uno de esos partidos, pero siempre se resolvía con el ascenso de la oposición. Fue la confluencia de ambos factores lo que desbarató el sistema, hizo saltar por los aires el bipartidismo, de modo que del desgaste del partido en el Gobierno ya no se beneficiaba el partido de la oposición. Y en esa confluencia de la peor crisis económica con una de las mayores etapas de corrupción, la gota que colmó el vaso de la paciencia, de la resignación ante el mal conocido, es ese escándalo que se atraganta, una burla inadmisible: las tarjetas 'black’. Es a partir de entonces cuando se expande el fenómeno extraordinario que estamos viviendo en la política española.

En diciembre de 2013 es cuando se tienen las primeras informaciones de las tarjetas 'black’, llamadas así porque ese es el término que se emplea en uno de los correos interceptados durante el traspaso de poder de Miguel Blesa a Rodrigo Rato. En ese 'mail', se dan cuenta de las retribuciones de los consejeros y se cita la existencia de unas tarjetas de dinero negro: “Además [de las retribuciones públicas], tiene cada uno una tarjeta visa de gastos de representación, 'black' a efectos fiscales”, se decía literalmente. Un año después, en octubre de 2014, la Fiscalía Anticorrupción concluye que puede haber delito en la existencia de esas tarjetas y comienzan a trascender los detalles más obscenos de ese escándalo. No bastaba con que cada consejero de Caja Madrid tuviera remuneraciones desorbitadas, de hasta 400.000 euros anuales, o de más de dos millones de euros en el caso de los presidentes, sino que además se les daba una tarjeta de dinero negro en la que cargaban desde las bebidas para una fiesta particular hasta los hoteles de lujo de las vacaciones, pasando por la ropa íntima de sus amantes.

Cuando peor lo estaba pasando la sociedad española, mejor lo pasaban esos tipos; cuando más dinero hubo que aportarle a Bankia por su quiebra, más dinero se llevaron quienes la dirigían: de los cuatro millones que costó el consejo de administración en 2007, se pasó a 4,4 millones en 2008, 5,4 millones en 2009 y 5,7 millones en 2010, que fue el año en el que recibió los primeros 4.465 millones de euros del Estado, luego aumentarían hasta los 23.000 millones. En realidad, el despilfarro contante y sonante de las tarjetas 'black’ es ínfimo en comparación con esa otra cifra —23.000 millones de dinero público en el rescate frente a 15,5 millones de euros, entre 2003 y 2012, gastados en las visas opacas—, pero la repercusión social es infinitamente mayor porque no existe nada más exponencial que el recochineo.

Cuando peor lo estaba pasando la sociedad, mejor lo pasaban esos tipos; cuando más dinero hubo que darle a Bankia por su quiebra, más dinero se llevaron

En paralelo con ese escándalo, en los barómetros trimestrales del CIS de 2014 se va observando la caída en picado del bipartidismo como nunca antes había existido. Los escándalos de corrupción que se siguen sucediendo ese año, como las novedades de la operación Púnica, provocan ya un efecto demoledor: en noviembre de 2014, El Confidencial publica un sondeo del Instituto DYM en el que se detecta un empate técnico de Podemos con el Partido Popular (en torno al 26%) y por encima del PSOE (19,5%), tanto en intención de voto declarado como en voto estimado. En ese mismo sondeo, aunque incipiente aún, comienza a consolidarse Ciudadanos, que usurpa claramente el espacio político de Unión Progreso y Democracia, que ya no volverá a recuperarse. ¿Cuál es la diferencia entre ese momento de corrupción y los anteriores? Ni la Gürtel, ni Bárcenas ni la operación Púnica, por sí mismas, habían tenido hasta entonces un efecto tan demoledor, como tampoco lo habían tenido otros escándalos notables como los ERE o los cursos de formación que afectan al Partido Socialista. El punto de inflexión que provoca el cataclismo del sistema bipartidista son las tarjetas 'black’.

El despilfarro de las ‘black’ es ínfimo en comparación con otras cifras, pero la repercusión es mayor porque no existe nada más exponencial que el recochineo

El hartazgo se desborda por esa chulería insoportable que está volviendo a reproducirse en la vista oral que ha comenzado esta semana. Sin atisbo alguno de arrepentimiento, ni de culpa, mucho menos de perdón, van desfilando los encausados, y la mayoría reproduce la misma versión de lo ocurrido, con total normalidad, y hasta se muestran algunos molestos y dolidos porque consideran que no han hecho más que lo que se ha estado haciendo toda la vida: “El sistema de las tarjetas, en ese momento, llevaba establecido 18 años y funcionaba así. Yo lo admití como algo que funcionaba así” (…) “Tengo la plena convicción de haber actuado legalmente”. En ‘Rinconete y Cortadillo’, de Miguel de Cervantes, hay algunos diálogos que recuerdan esta normalidad de la pillería, la picaresca burlona. “¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?”, le preguntan Rinconete y Cortadillo a un mozuelo cuando llegan a Sevilla, al Patio de Monipopio. “Sí —responde el mozo—, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; que todavía estoy en el año del noviciado”.

En el verano de 2014, en una apacible noche de teatro en el anfiteatro romano de Mérida, se representaba una obra clásica, ‘Pluto’, de Aristófanes, versionada por Magüi Mira. En un momento de la representación, un grupo de actores comenzó a corear, como parte del guion, “estamos de ladrones/ hasta los cojones” y el público entero, fila a fila, como las olas de los estadios de fútbol, lo secundó hasta que se convirtió en un grito unánime: “Estamos de ladrones/ hasta los cojones/ estamos de ladrones/ hasta los cojones”. Han pasado dos años y todo lo que ha venido después ha sido consecuencia de aquello, porque fue toda la sociedad española la que siguió cantándolo.

Matacán
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