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Los americanos no son tontos
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Javier Caraballo

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Los americanos no son tontos

Dices que los americanos no son tontos, que quienes han hecho el ridículo son todos aquellos analistas que menospreciaban al pueblo estadounidense y que pensaron que nunca votarían a Trump

Foto: Manifestación contra Donald Trump en California tras ser elegido. (Reuters)
Manifestación contra Donald Trump en California tras ser elegido. (Reuters)

Los americanos no son tontos, dices, para justificar el triunfo de Donald Trump y lo único que no has calculado es que tendrías que haber reaccionado igual cuando en España surgió Podemos y tú lo considerabas una fuerza del infierno, una amenaza a la democracia, un peligro para todos. ¿Por qué tenemos que pensar que unos votantes son muy listos o otros son muy tontos cuando acuden a votar? ¿Quién determina esos grupos, quién los cataloga? La democracia, ya lo estamos viendo estos días, es imprevisible y en tiempos de convulsión como los que estamos viviendo es capaz de actuar como una fuerza de la naturaleza, que no obedece a comportamientos establecidos, tasados, previsibles, y que cuando se desborda no hay nadie capaz de contenerla, porque lo arrasa todo.

La democracia es el imperio de las masas, y ya hace demasiado tiempo que Ortega nos advirtió de las consecuencias como para pensar ahora que se trata de un fenómeno nuevo. Es lo mejor que hemos conseguido, no hay más. Cuando se le comienzan a poner apellidos a las mayorías, entonces es cuando comienza a desvanecerse la democracia.

Foto: Donald Trump en su primera comparecencia. REUTERS

Dices que los americanos no son tontos, que saben lo que votan, y deduzco que el mismo análisis se debe trasladar, por pura coherencia, a todo aquello que está sucediendo a nuestro alrededor. ¿Y los catalanes, saben lo que votan los catalanes que quieren la independencia? ¿Y los griegos que han votado a Syriza? ¿Y los cinco millones de españoles que han votado a Podemos? ¿Y los austriacos que votan extrema derecha o los ingleses que aprobaron el Brexit? Cómo es posible diferenciarlos y, sobre todo, quién tiene la potestad de diferenciarlos.

En USA hay numerosos Estados, como Ohio, Nuevo México, Kentucky o Misisipi, que han incluido en sus constituciones la prohibición expresa de que voten los idiotas (“Ningún idiota o persona loca tendrá derecho a los privilegios de un elector”), pero ni siquiera ahí se establecen distingos entre los electores porque sólo los conduciría a un desastre mayor que todos los que puede ocasionar la libertad de voto. Parece elemental, ¿no? Pues es conveniente reforzar los principios democráticos, reafirmarlos, porque lo que nos espera en los próximos meses va a necesitar de cimientos sólidos en todas las democracias, si no queremos que todo se derrumbe mucho antes incluso de que lo podemos sospechar.

Tras la victoria de Donald Trump, lo más significativo ha sido la relación de felicitaciones que fueron llegándole al nuevo inquilino de la Casa Blanca. Como Marine Le Pen, que se congratuló públicamente por la demostración de libertad del pueblo americano, o el holandés Gert Wilders, que también se mostró feliz por aquello que Podemos llamaba ‘el empoderamiento’: “La gente está recuperando su país. Nosotros también lo haremos”. Ambos son líderes de la emergente extrema derecha europea y es muy posible que ganen las elecciones en sus respectivos países en la primavera del año que viene, ¿habremos de decir también entonces que los franceses no son tontos, ni los holandeses tampoco?

Dices que los americanos no son tontos, que lo que se ha salido derrotado en los Estados Unidos es la insoportable corrección política, que los americanos estaban hartos del sistema establecido, de la aristocracia política, la casta, y que por eso han confiado en el único candidato que va a llegar al Despacho Oval después de haber derrotado a los dos principales partidos americanos; primero venció a su propio partido, los republicanos, y después a los rivales, los demócratas. Nunca nadie, a lo largo de toda la historia americana, había conseguido algo igual.

La democracia es el imperio de las masas, y ya hace tiempo que Ortega nos advirtió de las consecuencias como para pensar que se trata de un fenómeno nuevo

Uno de sus portavoces decía en la noche de las elecciones que el mérito de Donald Trump consistía en haber sabido darle esperanza a la mayoría de la población, que pasa muchos apuros, que vive mal, que tiene miedo de lo que pueda ocurrir, y que está harta de que el noventa por ciento de la riqueza que se genera en Estados Unidos se la lleve un uno por ciento. ¿Tiene sentido que todos esos americanos que viven puteados piensen que la persona que debe representarlos es un magnate, con un patrimonio neto valorado en 10.000 millones de dólares? ¿No es acaso Donald Trump uno de los integrantes más destacados del uno por ciento de grandes ricos de Estados Unidos? Tan inexplicable resulta como el hecho de que tantos millones de mujeres hayan votado a Trump -en algunos sectores de población por encima incluso de Hillary Clinton- a pesar de que su misoginia se desbordaba, grasienta y babosa, cada vez que llamaba a algunas “cerdas”, “gordas”, “perras”, “vagas” o “animales asquerosos”.

Dices que los americanos no son tontos, que quienes han hecho el ridículo son todos aquellos analistas que menospreciaban al pueblo estadounidense y que pensaron que nunca iban a votar a Donald Trump. Y que al final se ha impuesto, por encima de todos, frente a todos los que lo minusvaloraban, que no lo consideraban más que un payaso y un fascista. Tan cierto es lo que dices que, de hecho, todavía hoy, cuando ya son oficiales los resultados, cuesta trabajo pensar que los americanos han votado a favor de un político que ha prometido construir un muro de 1.600 kilómetros en la frontera de México, expulsar a once millones de inmigrantes indocumentados, prohibir la entrada de los musulmanes y generalizar el uso de armas entre todos los ciudadanos como un derecho constitucional.

Aunque haya prometido también bajar impuestos, se hace difícil pensar en tantos millones de personas caminando hacia ese abismo previsible. Pero, como te decía antes, ya lo dijo Ortega: “Cuando la masa siente alguna desventura o, simplemente, un fuerte apetito, es una gran tentación para ella esa permanente y segura posibilidad de conseguirlo todo (…) La masa se dice: ‘el Estado soy yo’, lo cual es un perfecto error”. Puede ser así, claro, lo estamos viendo por todas partes, pero no hay otro sistema más civilizado, más evolucionado, más justo, más humano que éste que tenemos. Las masas hablan y en democracia sólo cabe acatar lo que dictamina. Los pueblos, ya lo sabes, tienen plena potestad para equivocarse, como han demostrado en innumerables ocasiones en la historia. Se equivocan y se vuelven a equivocar. Y las consecuencias las pagan todos los que vienen detrás.

Los americanos no son tontos, dices, para justificar el triunfo de Donald Trump y lo único que no has calculado es que tendrías que haber reaccionado igual cuando en España surgió Podemos y tú lo considerabas una fuerza del infierno, una amenaza a la democracia, un peligro para todos. ¿Por qué tenemos que pensar que unos votantes son muy listos o otros son muy tontos cuando acuden a votar? ¿Quién determina esos grupos, quién los cataloga? La democracia, ya lo estamos viendo estos días, es imprevisible y en tiempos de convulsión como los que estamos viviendo es capaz de actuar como una fuerza de la naturaleza, que no obedece a comportamientos establecidos, tasados, previsibles, y que cuando se desborda no hay nadie capaz de contenerla, porque lo arrasa todo.

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