Los italianos no son tontos

Lo peor que podemos hacer es ponerle apellidos a los resultados de las elecciones, dependiendo de que estén más o menos cercanos a nuestras propias convicciones ideológicas

Foto: Imagen de una figurilla de Navidad del primer ministro italiano, Mateo Renzi, con un cartel en el que se puede leer 'Yo dimito'. (EFE)
Imagen de una figurilla de Navidad del primer ministro italiano, Mateo Renzi, con un cartel en el que se puede leer 'Yo dimito'. (EFE)

Supongo que dirás que los italianos no son tontos, ahora que han votado en contra de la propuesta de reforma constitucional que ha sometido a referéndum su primer ministro, Matteo Renzi. Recuerda que en las elecciones americanas, cuando el triunfo inesperado de Donald Trump, aquel sobresalto, fue justo lo que dijiste, que los americanos no son tontos, que saben lo que votan, con lo que habrá que colegir ahora que tampoco los italianos son tontos porque, como ya te advertía entonces, los tiempos que vivimos son tan convulsos que conviene reforzar los principios democráticos más elementales para evitar que esto que hemos construido a los largo de siglos, con mucha sangre derramada, no se desmorone antes de lo que ya estamos temiendo.

La democracia obedece bien a su definición guasona y churchiliana que la asume como el peor sistema de gobierno que conocemos, descartando todos los demás. Por esa razón, y en estos tiempos, volvamos a insistir una vez más en que lo peor que podemos hacer es ponerle apellidos a los resultados de las elecciones, dependiendo de que estén más o menos cercanos a nuestras propias convicciones ideológicas. Porque lo que está ocurriendo va mucho más allá de las etiquetas y de las preferencias conocidas.

Fíjate, por ejemplo, lo ocurrido en Austria: ha ganado un viejo profesor de izquierdas, ecologista, y desde Mariano Rajoy hasta Pablo Iglesias han alabado la responsabilidad y la madurez del pueblo austriaco porque, con la victoria de Alexander Van der Bellen, se ha espantado el terrible triunfo de la extrema derecha nazi, que parecía inevitable. Pero ¿qué hubiera pasado si gana el candidato nazi? De hecho, lo que no debería ocultar la victoria del líder ecologista es que un 46% de los austriacos ha votado por el regreso de la extrema derecha nazi, y ese solo dato debería resultarnos estremecedor. ¿Cómo puede un mismo pueblo, que es un concepto genérico, indeterminado, ser responsable e irresponsable al mismo tiempo, maduro e inmaduro? Por supuesto que me alegro de que haya fracasado ese tipo, Norbert Hofer, ese fascista que lamenta la derrota del Tercer Reich y que califica a los inmigrantes como “larvas de avispa”, pero quiero centrar tu atención en la responsabilidad de los pueblos.

Lo que pretendo decirte, en definitiva, es que con demasiada frecuencia en los análisis que realizamos de los resultados electorales siempre pecamos de la misma corrección política, eso que tanto se repite de que “los pueblos son sabios; los ciudadanos nunca se equivocan”. Ya estamos viendo que no es así, que los pueblos pueden equivocarse y que, además, son soberanos para cometer con sus votos el mayor de los estropicios, pero no hay ninguna alternativa que conozcamos que sea mejor que esta democracia.

Vuelvo a lo que hablaba antes de Italia, por aquello que dijiste de los americanos. Al igual que entonces, se busca siempre la disculpa de los votantes, y dirán, como tú entonces, que los italianos no se equivocan, que saben lo que votan. El primer ministro, Matteo Renzi, propuso que votaran una reforma constitucional y lo han botado a él. En la mayoría de los análisis que se han realizado, incluso antes de que se certificara su derrota, se han repetido las mismas acusaciones hacia Renzi. Dicen que “ha pecado de autoritarismo”, que ese era “el objetivo oculto de su reforma constitucional”, y que por eso los italianos le han dado la espalda. También lo acusan de “frívolo, porque ha sometido a Italia a un referéndum que, en el fondo, solo era un plebiscito sobre su persona”, para fortalecerse como primer ministro. Por último, hay quien dice, como en otras ocasiones, que Renzi representaba “la casta política italiana” y que por eso lo han rechazado.

Observarás que, en cada una de esas explicaciones, siempre hay un culpable, el primer ministro, y un inocente, el pueblo italiano. Pero no se sostiene. ¿Autoritario Renzi? ¿Y qué problema podría suponer eso a los electores italianos que hicieron presidente del Gobierno a Berlusconi? ¿Frívolo Renzi? ¿Y qué problema podría suponer a los italianos que están apoyando masivamente a un cómico populista, que se llama Pepito Grillo? Las acusaciones de ‘casta política’ son todavía más insostenibles, porque lo que pretendía la reforma constitucional, en gran medida, era reducir la burocracia política y reformar el sistema parlamentario italiano para hacerlo más gobernable.

Tendríamos que asumir, como ciudadanos que somos, que la principal responsabilidad recae en la sociedad cuando acude a votar

En febrero de 2014, días antes de que fuese elegido Renzi, un periódico de Roma tituló a cinco columnas: “Tutti contro tutti, che razza di idioti”, acogiéndose al intercambio de acusaciones de 'idiotas' que se lanzaban los dirigentes de toda la clase política. En esas anda enmarañada Italia, que en los últimos 70 años ha conocido 63 gobiernos. Renzi lanzó un órdago político para intentar resolver ese atasco histórico y ha perdido por mayoría. Cierto que ha cometido grandes y graves errores políticos, el esencial, el de no haber buscado un mínimo consenso, pero ninguna de las acusaciones que se le hacen pueden justificar el criterio del votante italiano que ha tumbado la reforma.

Ojalá pudiera decirse que el pueblo italiano es tan sutil en sus interpretaciones democráticas que valora y rechaza, como algo determinante, el autoritarismo, la frivolidad o el populismo. ¿También vas a decir ahora, como cuando Donald Trump, que los italianos no son tontos, que saben lo que votan? Vivimos una ‘era de frivolidad’, de frivolidad democrática, y tendríamos que asumir, como ciudadanos que somos, que la principal responsabilidad recae en la sociedad cuando acude a votar. Seamos conscientes de eso y, por lo menos, vamos a ahorrarnos esa baratija de lo políticamente correcto, porque no nos lleva a ninguna parte. Solo me queda añadirte, para acabar, lo mismo que entonces: las masas hablan y en democracia solo cabe acatar lo que dictaminan. Los pueblos tienen plena potestad para equivocarse, como han demostrado en innumerables ocasiones en la historia. Se equivocan y se vuelven a equivocar. Y las consecuencias las pagan todos los que vienen detrás.

Matacán
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