Cebrián, una forma de masturbación

El caso de Juan Luis Cebrián es una mezcla de ese mal envejecimiento como periodista unido a la declive de su vida personal

Foto: Juan Luis Cebrián. (Ilustración: Raúl Arias)
Juan Luis Cebrián. (Ilustración: Raúl Arias)

Uno de los mayores retos de un periodista es saber envejecer. Quizá porque la edad siempre nos pilla a contrapié, porque se despierta una mañana a tu lado y ya no puedes desprenderte de ella, te acompaña siempre como una sombra nueva, más pesada y alargada cada día. También envejece un pastor, y un oficinista, y un albañil, pero ninguno de ellos corre el riesgo de un periodista de hacerse viejo con el patetismo de creerse joven, de sentirse el centro del mundo, de pensar que el tiempo no ha pasado por él. A un pastor, a un oficinista o a un albañil le fallarán las fuerzas, se le debilitará la vista y le dolerán las articulaciones, pero nunca recorrerá las redacciones como un rey desnudo, levantando murmullos a su espalda, ni se derrumbará ante un espejo cuando descubra un día que hace tiempo, mucho tiempo, su reloj se paró y lleva años pensando que el periodismo es el gesto de soberbia y de vanidad que exhibe todos los días.

El periodismo envejece mal, y en España se podrían citar varios ejemplos de grandes periodistas de la Transición, que fueron imprescindibles en su tiempo, que marcaron con su firma páginas fundamentales de la historia contemporánea, y que ya no les queda más que su propio nombre gastado, incapaces de comprender el tiempo que vivimos, nostálgicos de una historia que pasó y en la que se quedaron atrapados, ellos y su protagonismo de entonces. El caso de Juan Luis Cebrián es una mezcla de ese mal envejecimiento como periodista unido al declive de su vida personal, ligada desde hace mucho al mundo del dinero y de los intereses de la élite contra los que siempre dijo luchar.

En eso, como también en la soberbia y en la vanidad, su declinar se ha producido en paralelo con el de Felipe González, su ‘socio’ natural en tantas aventuras confundidas de prensa y de política. Javier Valenzuela, uno de los periodistas más veteranos, y más desengañados, de Prisa, dejó escrito una vez que, a pesar de lo que siempre se había mantenido, 'El País' no era un periódico de izquierdas. 'El País', sostenía Valenzuela, ha sido siempre un periódico progresista en lo que afecta a las costumbres, al estilo de vida y a la cultura, mientras que en lo económico representa fielmente el interés de los mercados y de las grandes compañías, y en lo político siempre ha sido ‘felipista’, ni siquiera socialista. La alianza firme entre Felipe González y Cebrián es la explicación de todo, y el periódico, con esa pátina de progresía con la que lo definía Valenzuela, ha sido una de sus creaciones más notables.

Los dos, además, pertenecen a un universo de grandes fortunas y vidas ocultas que no tendría nada de reprochable, porque sin duda se trata de dos personalidades de extraordinaria impronta en cada uno de los campos en los que se han desenvuelto, si no fuera porque se empeñan en aparentar lo contrario. Ben Bradlee, un maestro de periodistas —este sí—, describe muy bien en su libro de memorias el estado previo que embarga a un periodista, un estado casi de ansiedad, cuando está delante de una buena historia pero aún le faltan algunos datos esenciales para completarla. “Los periódicos se ocupan diariamente de dar bocados a una fruta cuyo tamaño desconocen. Puede llevar decenas de bocados descubrir que se trata de una manzana. Así ocurrió con el Watergate”, sostenía el mítico director del 'Washington Post'.

En el caso que nos afecta, lo fundamental de las informaciones que viene publicando El Confidencial, junto a La Sexta, es que ese trabajo periodístico del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, bocado a bocado, va desvelando la manzana, el círculo de amistades en las que se desenvuelven Felipe González y Juan Luis Cebrián. Y un día conocemos el extraño caso de un tipo que se llama Jesús Barderas, que pasó de tieso a rico en Panamá, y otro día se descubren unas sociedades ocultas de la empresa en la que Cebrián tiene un 2%, Star Petroleum, la petrolera de su amigo Massoud Zandi.

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La manzana se descubre, bocado a bocado, de la misma forma que se intuye cada vez que, como ahora, se pone a narrar, desde su pedestal de infinita soberbia, algunas aventuras de su pasado por el periodismo y detalla, como si tal cosa, que el éxito de su etapa como director de periódico fue “consagrarse como un contrapoder a base de cumplir una máxima bien conocida de nuestra profesión: 'No dejes que la realidad te estropee un buen reportaje”. Lo dice, y no solo no se le cae la cara de vergüenza, sino que, además, tiene el atrevimiento y la inmoralidad de llamar “miserable y estúpido” el trabajo de los periodistas de El Confidencial y de La Sexta. Habla Juan Luis Cebrián del deterioro de la clase periodística española y no se da cuenta de que si ese deterioro existe es por la voracidad de empresarios y directivos como él, por el sectarismo de periodistas interesados como él, tan triste y dañino para la profesión que las únicas máximas deontológicas que ha aprendido del oficio son aquellas que se cuentan como un chiste.

Cuando el periodista Carlos Alsina le preguntó ayer en Onda Cero, como suele preguntar Carlos Alsina, socarrón, atrevido y pertinaz, “cómo de habitual es en el mundo en el que usted se mueve que un amigo le regale el 2% de una compañía que vale 300 millones”, lo que contestó Cebrián es que él no responde a esas cuestiones de su patrimonio “porque no son de interés público, igual que no lo es las veces que me he masturbado”. Hasta en la grosería se le nota el pelaje al académico. Se siente ofendido por una información que solo afecta a su patrimonio personal y pone por delante a todo un grupo editorial, impresionante demostración de delirio y confusión. ¿Dónde está el interés público? Contesta el mandamás de Prisa y mientras va hablando se da uno cuenta de que Cebrián, en sí mismo, con las cosas que dice, con las cosas que hace, con las cosas que oculta, se ha convertido en una forma obscena de masturbación diaria.

Matacán

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