El odio de España se cura viajando

El vicesecretario del PP andaluz se sintió gilipollas después de que la realidad cotidiana, la normalidad de las aceras, le desmontara todos los tópicos que llevaba en la cabeza sobre los catalanes

Foto: Al vicesecretario del Partido Popular andaluz le desmontaron todos los tópicos que llevaba en la cabeza sobre los catalanes. (iStockphoto)
Al vicesecretario del Partido Popular andaluz le desmontaron todos los tópicos que llevaba en la cabeza sobre los catalanes. (iStockphoto)

Sucedió que un dirigente del PP de Andalucía viajó a Cataluña y se hizo famoso porque nadie le escupió. Fue a la panadería a comprar pan y, aunque lo pidió en castellano, le dieron la barra que había solicitado. Extrañado, miró hacia atrás cuando abandonaba el local, convencido de que se trataba de una burla, y solo encontró al panadero, sonriendo amablemente. Luego fue a una estación de autobuses, en Girona, aunque a él le gusta decir Gerona, y perplejo comprobó que la taquillera, que hablaba en catalán, prosiguió la conversación en castellano y hasta le ofreció algunos consejos sobre el viaje que pensaba hacer a la nieve con su mujer y sus dos hijos. Al cabo de los días, rendido, se confesó públicamente: “Me voy de Cataluña sin haberlo conseguido. Por más que lo he buscado, no he tenido suerte... Venía yo buscando a ese [todos tenemos un amigo al que le ha pasado] que le dices ‘buenos días’ y te contesta en catalán, y le dices 'perdón, es que no le entiendo' y te sigue hablando en catalán. Pero no lo he encontrado”.

Ese sencillo mensaje en Facebook cayó en Cataluña como una bomba de caramelos, el premio gordo de la Lotería; en lo que llevamos de año, es probable que ninguna otra noticia haya tenido más repercusión social en Cataluña que esta, que ni siquiera era noticia. Decenas de miles de ciudadanos comenzaron a compartir aquel texto y a comentarlo. Se hizo viral y algunos de los principales medios de comunicación catalanes, principalmente los más reacios a la españolidad, buscaron desesperadamente al protagonista para incluirlo entre sus noticias y en sus programas de radio y televisión. Casi todos reproducían el mismo titular: “Un dirigent del PP andalús se sent ‘gilipollas’ per creure's els tòpics dels catalans”.

El protagonista de esta historia, tan reveladora de España y de los españoles, de Cataluña y de los catalanes, de la independencia y de los independentistas, es Toni Martín, vicesecretario del Partido Popular andaluz. Ese fue el hombre que se sintió gilipollas después de que la realidad cotidiana, la normalidad de las aceras, le desmontara todos los tópicos que llevaba en la cabeza sobre los catalanes. Resultaría una experiencia enternecedora, si no fuera porque el tipo en cuestión, como queda dicho, es alto cargo del segundo partido de Andalucía, y una confesión así, que se agradece, tan sincera, también es demostrativa del nivel de la clase política española.

¿Qué consecuencias sociales puede tener ese desconocimiento de la clase política cuando se habla de la rivalidad entre las regiones?

Viaja este hombre a Cataluña y parece que ha descubierto que los zulúes no se comen al hombre blanco en el centro del poblado, cociéndolo en una enorme marmita. ¿Qué consecuencias sociales puede tener ese desconocimiento de la clase política cuando se elaboran discursos políticos y se habla de la rivalidad entre las regiones? ¿Cómo podemos entender lo que nos pide el otro si ni siquiera lo conocemos? Multipliquemos el caso de Toni Martín por cientos de altos cargos de su nivel en toda España, en todas las comunidades autónomas, y podremos hacernos una idea.

En cualquier caso, como queda dicho, se le agradece la sinceridad, porque así es como se comprenden las espirales de irracionalidad que se generan en la política española, sustentadas todas ellas en la difusión de realidades inexistentes. Aunque la vida cotidiana de Cataluña sea esa que describe, buenas gentes que trabajan todos los días para sacarse un sueldo y tirar para adelante, la burda maniobra de los medios de comunicación catalanes es la que revela que esa normalidad solo se da en las aceras. Dicho de otra forma, la radicalidad y la intransigencia del proceso soberanista es un fenómeno que se da en las élites de los movimientos independentistas, y la única buena noticia es que, por muchos años de persistencia y de represión, queda claro que no han conseguido contagiar a la inmensa mayoría del pueblo catalán, que sigue comportándose como siempre ha sido, con la hospitalidad que se encuentra en tantos otros rincones de España.

La burda maniobra de los medios de comunicación catalanes es la que revela que esa normalidad solo se da en las aceras

Hace ya 10 años que un catalán tan representativo como Albert Boadella ‘se exilió’ de Cataluña, asfixiado por el boicot que le hacían los catalanistas, transmutados en independentistas. “Lo que ocurre con Els Joglars en Cataluña es peor que el boicot al cava catalán”, dijo Boadella en 2007 antes de abandonar Barcelona, y aún no ha vuelto. En estos 10 años, se ha multiplicado el acoso de las élites independentistas a los intelectuales tachados de españolistas. Esa es la radicalidad que se denuncia en el independentismo catalán, no la de las aceras, y la utilización del mensaje del político andaluz para intentar tapar y esconder esa otra realidad es una maniobra demasiado burda como para que la pasemos por alto. Ya veremos como, en adelante, ese titular que se remarca, “Un dirigente popular se siente gilipollas por creer en los tópicos catalanes”, lo van utilizar como justificación de todos los excesos que se denuncien.

¡Pues claro que las rivalidades territoriales en España están cargadas de tópicos envenenados! El problema de ahora es que esos tópicos regionales, que se arrastran desde hace siglos, se han convertido en discurso político oficial. ¿Se acuerdan del “España nos roba”? ¿Y de que “en Andalucía no trabaja ni dios”? Pues ya se podrían poner a desmontar todos esos tópicos de la misma forma que el dirigente político del PP de Andalucía, que se ha convertido en noticia porque descubrió que en Cataluña no te escupen cuando te oyen hablando en castellano en un bar, en una heladería o en la taquilla de una estación de ferrocarril. A ver si son capaces de titular igual, “Un diputado de Esquerra se siente gilipollas al descubrir que en Madrid no le roban”. O este otro: “Un dirigente independentista se siente gilipollas al comprobar que los andaluces trabajan igual que los catalanes y pagan los mismos impuestos”.

El problema de ahora es que esos tópicos regionales, que se arrastran desde hace siglos, se han convertido en discurso político oficial

Ya dijo Miguel de Unamuno que “el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando". Cuando el independentismo, cualquier independentismo totalitario, utiliza los tópicos para incendiar el discurso político, los aventa y los inflama, se convierte en una forma de racismo por el odio al extranjero. La única lección que nos deja lo sucedido es que el odio en España se cura viajando.

Matacán
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