9-M, Día contra el tópico feminista

Tendría que instaurarse este día, el 9-M, para que no sigan perjudicando con falsos diagnósticos, con análisis equivocados, los problemas reales de la mujer

Foto: Día de la Mujer en Kiev. (Ucrania)
Día de la Mujer en Kiev. (Ucrania)

La justa compensación del ocho de marzo tendría que producirse un día después, el nueve de marzo. Después de la sobredosis de tópicos embadurnados de melaza que reproducen, por miles, las mismas certezas incuestionables que nadie ha demostrado, convendría celebrar un día después, el nueve de marzo, el Día contra el tópico feminista. Por compensar a la propia mujer, y a los hombres, de los problemas reales de discriminación y de la cultura machista de la sociedad, no solo española. No se trata más que de equilibrar la balanza; tampoco aquí se encontrarán verdades incuestionables ni soluciones indefectibles porque esa es, precisamente, la denuncia, que estamos ante problemas que no tienen un correcto tratamiento.

Se trata, en fin, de ajustarnos a la realidad de problemas que seguirán reproduciéndose, y en algunas casos agravándose, mientras sigamos dando palos de ciego como hasta ahora. Hay muchos organismos oficiales, y muchos cargos públicos, que viven y se retroalimentan de la repetición este mantra feminista que va desde “la discriminación salarial de la mujer” hasta el “pacto de Estado contra la violencia de género”. Contra ellos, fundamentalmente, tendría que instaurarse este día, el 9-M, para que no sigan perjudicando con falsos diagnósticos, con análisis equivocados, los problemas reales de la mujer.

La discriminación salarial de la mujer es un clásico que se repite constantemente, con profusión en todos los medios de comunicación

La discriminación salarial de la mujer es un clásico que se repite constantemente, con profusión en todos los medios de comunicación. El titular siempre es el mismo, con variaciones anuales de los porcentajes. Este es de los últimos que se ha publicado: “La mujer en España cobra el 35% menos que el hombre por el mismo trabajo”. ¿Cuántas veces se ha repetido el mismo titular? ¿Cuántos dirigentes políticos y periodistas lo repiten como una verdad asentada? Pues no es verdad, sencillamente. Y lo peor es que esa estadística manipulada la utilizan incluso los propios sindicatos, que son los primeros que tendrían que empezar a dimitir si fuera cierto. Por inoperancia.

A ver, en España, como en cualquier país europeo, una mujer que desarrolle el mismo trabajo que un hombre cobra exactamente lo mismo porque ninguna empresa y ningún convenio colectivo permite la discriminación salarial por razón de sexo, de acuerdo a la propia Constitución. La diferencia salarial bruta se produce por otros motivos, de hecho lo que sí se puede decir es que existe discriminación laboral, pero no salarial. En su conjunto, la tasa de ocupación de las mujeres es inferior a la de los hombres, el nivel de desempleo es mayor y la precariedad laboral es también más elevada. Esa realidad es suficientemente grave y preocupante como para engordarla artificialmente con estadísticas falsas que, como siempre, a lo único que contribuyen es a una interpretación y análisis erróneo de un problema que hay que corregir.

El problema educacional. ¿Cuántas veces se repite que en España existe un problema educacional y que esa es la esencia de todos los problemas que afectan a la mujer? Si por educación lo que se entiende es nivel de conocimientos, estudios y formación, las estadísticas sobre la población española expresan que, de forma creciente, el colectivo de mujeres tiene más preparación que el de hombres. Según la Encuesta de Población Activa, las generaciones de mujeres de menos de 45 años están mejor formadas que los hombres, a diferencia de las mujeres de más de 54 años, que tienen niveles medios de formación inferiores al de los hombres; en el tramo que va desde los 45 a los 54 años los niveles educativos son similares en ambos sexos. ¿Cuál es el problema educacional? ¿No deberíamos entender, acaso, que la mera formación intelectual de una persona debería contribuir a rechazar el machismo?

Fue Schopenhauer, quien dijo que “la mujer es un ser de cabellos largos e ideas cortas” pero eso fue a finales del siglo XIX cuando la presencia de una mujer en la universidad era un acontecimiento casi exótico. Afortunadamente, ni el filósofo alemán podría repetir semejante burrada. Pero es más: incluso si en el seno familiar la educación que se recibe en la actualidad es machista, la formación intelectual de una persona tendría que corregir y repudiar con contundencia esa barbaridad. Si no es así, si incluso entre los universitarios de hoy persiste un esquema mental de dominio machista, deberíamos analizar las causas reales, sin seguir repitiendo como papagayos la frase hecha del “problema educacional”.

Un pacto de Estado contra el machismo es la fórmula mágica que se repite sin distinción de color político cuando un hombre asesina a una mujer

Un pacto de Estado contra el machismo es la fórmula mágica que se repite, sin distinción de color político, cada vez que un hombre asesina a una mujer. Este terrible año, que la estadística mortal ha aumentado en el trimestre que llevamos, ya lo han proclamado desde todos los gobiernos, a veces con un vergonzoso tufo de partidismo cuando se le achaca a un rival político la inexistencia de un pacto de Estado y, subliminalmente, se le imputan los asesinatos. ¿De verdad se cree alguien que un ‘pacto de Estado’ evita la violencia machista? ¿De verdad? Cada vez que se pronuncia la frase, nos tendríamos que sentir ofendidos. Porque de lo que se trata no es de seguir sobando la legislación, sino de exigir el cumplimiento estricto de lo ya legislado en materia de protección y seguimiento de las víctimas de violencia de género.

Si los recortes en todas las administraciones impiden que se cumplan las leyes, no hace falta un pacto de Estado para “implementar nuevas medidas”. Las raíces de la violencia de género, o el terrorismo machista, como cada cual quiera expresarlo, están todavía inexploradas: esa es la única verdad. ¿Por qué se da esta lacra en tantos países a pesar de las enormes diferencias existentes en educación, desarrollo económico y cultural? Esa es la cuestión. Y en vez de analizarlo, avanzamos, cada vez con más carga burocrática ineficiente, como la proliferación de observatorios, delegaciones de género y campañas publicitarias insulsas, que no aportan nada a solucionar el problema. No hace falta un pacto de Estado, sino una auditoría de Estado sobre la eficacia de las medidas actuales.

El lenguaje de genero y el modelo femenino de gestión son dos cuestiones que, de forma recurrente, surge en conversaciones de sobremesa cuando está presente alguna amiga de corte feminista. Pero, a ver, ¿alguien puede ofrecer alguna demostración práctica de qué es el modelo femenino de gestión? A alguna dirigente sindical le he leído la siguiente definición: “Es un modelo más empático, en el que la gestión del tiempo está muy optimizada. Es más de trabajo en equipo, de empatizar, de trabajar con unos horarios muy tasados, todo como más organizado. Y también se da una gestión más humanizada, que tiene en cuenta factores emocionales, aunque la autoridad debe ser visible y respetada. El liderazgo femenino es diferente al masculino, pero complementario. No excluyente”. Apoteósico, ¿De verdad piensa alguien que el hombre, por el mero hecho de ser hombre, no busca la optimización del tiempo? ¿O que es más inhumano que una mujer en el trato con los demás? La generalización es tan absurda como insostenible, entre otras cosas porque el aserto feminista nos llevaría a considerar que mujeres tan dispares como Angela Merkel, Hilary Clinton o Marine Lepen tienen grandes diferencias ideológicas, pero todas ellas, por ser mujeres, desarrollan modelos empáticos, optimizan el trabajo y crean buenos rollos en sus equipos.

El objetivo del ser humano debe ser el de avanzar en esa dirección, pero eso no se consigue sólo por ser mujer. El problema es que el ejercicio del poder es descarnado casi siempre. “Todo aquel que aspira al poder ya ha vendido su alma al diablo”, como decía exageradamente Goethe. Y, por desgracia, en eso no hay diferencias entre hombres y mujeres. ¿Alguien ha percibido, por ejemplo, alguna diferencia en un partido como Podemos cuando sus dirigentes se han enfrentado hace poco por conquistar el mando? ¿Es distinta Irene Montero al defenestrado Errejón? ¿Qué diferencia hay entre Pablo Iglesias y Tania Sánchez? Sólo la insufrible, e ineficaz, implantación del lenguaje de género es más artificial que el ‘modelo femenino de gestión’. Y a pesar de eso, ciudadanos y ciudadanas, españoles y españolas, queridos y queridas, cada vez hay más dirigentes que piensan que hablando así están ayudando a la mujer.

Matacán

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