Los miserables de Miguel Ángel Blanco

“En España, lo mejor es el pueblo”, sostenía Antonio Machado, y tenemos que empeñarnos en repetirlo, una y otra vez, para no caer en el abatimiento

Foto: Homenaje a Miguel Ángel Blanco en 1997. (EFE)
Homenaje a Miguel Ángel Blanco en 1997. (EFE)

“En España, lo mejor es el pueblo”, sostenía Antonio Machado y tenemos que empeñarnos en repetirlo, una y otra vez, para no caer en el abatimiento de ver a tanto miserable que nos hace pensar que este país, en realidad, no tiene remedio alguno. El pueblo de España, sí, la gente de la calle, los que se ganan su pan cada día y solo ansían que sus hijos puedan encontrar un trabajo cuando acaben los estudios. El pueblo de España, gente sencilla que quiere vivir en libertad, caminar por las calles sin miedo y que el sueldo les dé para llegar a fin de mes. El pueblo de España que se echó a la calle cuando secuestraron a Miguel Ángel Blanco porque todos se conmovieron como si fuera el secuestro de un vecino, de un familiar. Pensaban que podían pararlo, detener la barbarie, y se pintaron las manos blancas para gritar “basta ya”.

El pueblo de España que puede verse aquí mismo, en Ermua, un pueblo de obreros, con gentes llegadas de todos los rincones, andaluces, extremeños, gallegos y vascos, que trabajan en Eibar, y van y vienen todos los días, como hacía Miguel Ángel Blanco. Si ese es el pueblo de España, si así son sus gentes, por qué parece que nos avergonzamos de nosotros mismos, que hasta el aniversario del asesinato cruel de un joven concejal acaba embarrado por una asquerosa polémica de intereses cegatos. Por qué lo miserable ensucia y se apodera de lo más grandioso. Hasta el espíritu de Ermua, 20 años después, se ha convertido inexplicablemente en un recuerdo molesto, que se quiere superar.

Hasta el espíritu de Ermua, 20 años después, se ha convertido inexplicablemente en un recuerdo molesto, que se quiere superar

Cuando la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, se niega a colocar una pancarta con la cara de Miguel Ángel Blanco con el argumento de que se genera “una situación de menosprecio de unas víctimas en relación a otras", es posible que ni ella misma sea consciente de la debilidad de su planteamiento y la tristeza que provoca. Es probable que Miguel Ángel Blanco sea la única víctima de ETA que podría representarlas a todas, porque la memoria de Miguel Ángel Blanco pertenece a toda España. Esa es la ridícula ceguera de la alcaldesa de Madrid y la de todos aquellos, también socialistas y nacionalistas, que pensarán, aunque no lo digan, que por homenajear a Miguel Ángel Blanco están favoreciendo a un adversario político, el Partido Popular, al que pertenecía y representaba como concejal en Ermua.

Esa foto de Miguel Ángel Blanco llena de besos o las fotos de una plaza entera llena de manos blancas de repulsa son el símbolo de una sociedad entera; recordar y homenajear a Miguel Ángel Blanco es recordar y homenajearnos a todos nosotros, a España, a la sociedad española, y quizá sea ahí donde radica todo el problema: en la dificultad que tiene España para sentirse orgullosa de sí misma, de su pasado, y ese complejo ha acabado afectando también a la memoria de Miguel Ángel Blanco.

Hasta en la propia Ermua se recela del recuerdo. ¿Cómo puede ser posible que ni los protagonistas de aquel estallido de rabia y de valor, que fue como un nuevo Dos de Mayo contra la opresión y el terror de los etarras, quieran recordar aquellos días? La incomprensible duda se la trasladó ayer Carlos Alsina, en su programa de Onda Cero, al propio alcalde de Ermua, que no ha variado desde entonces, el socialista Carlos Totorika. Y lo que respondió fue tan sincero como desolador: “Dentro de Euskadi, a la gente de Ermua se les señalaba como ‘los españoles’, como los antivascos. Eso lo hemos vivido de forma terrible, como un estigma dentro de Euskadi. La presión del terrorismo y la visión de los unos y los otros, los vascos y los españoles, y eso ha marcado profundamente a la gente, también en Ermua. Por lo tanto, hay un cansancio y una incomodidad en la sociedad vasca, en la de Ermua también”.

Hay quien piensa en el País Vasco, y en otras partes de España también, especialmente en algunas fuerzas de izquierda, que la superación de ETA, una vez que la banda ha dejado de matar, consiste en olvidar el pasado. Y será por eso por lo que el recuerdo de Miguel Ángel Blanco, con todo lo que significó, ha acabado convirtiéndose en un recuerdo ingrato, una incomodidad.

Hay quien piensa que la superación de ETA, una vez que la banda ha dejado de matar, consiste en olvidar el pasado

Decía Antonio Machado que “en España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud”. ¿De verdad es así? ¿Existe esa España? El pueblo que vemos, con el que nos cruzamos cada día en el rellano del ascensor, al que saludamos en las aceras, con el que trabajamos en la fábrica o en la oficina, esa gente sencilla no puede ser la que se avergüenza de Miguel Ángel Blanco, la que le incomoda su memoria, la que prefiere ignorarlo porque piensa que, al homenajearlo, le hace un favor al Partido Popular.

El pueblo español no puede ser ese, no tendría que ser ese, pero llega un aniversario como este y se convierte, como un terrible despertar, en el día de los miserables de Miguel Ángel Blanco. Algo estamos haciendo muy mal en España y esa pendiente por la que caemos es una grave amenaza de futuro. Veinte años después, el espíritu de Ermua, que debería convocarnos a todos los españoles como un motivo de orgullo, de unidad, de rebeldía frente a una banda de tiranos asesinos, se ha resquebrajado. El espíritu de Ermua hoy es el símbolo de un complejo, el complejo de España. Aunque a todos nos gustaría decir en voz alta como Machado que “en España, lo mejor es el pueblo”.

Matacán
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