La responsabilidad de nuestros musulmanes

El contraste de lo ocurrido en Bélgica y en España es tan palpable que se hace urgente reclamar a los musulmanes españolas su responsabilidad ante la radicalización de algunos de sus miembros

Foto: Los peregrinos de Melilla a La Meca guardan un minuto de silencio en memoria de las víctimas de los atentados en Cataluña. (EFE)
Los peregrinos de Melilla a La Meca guardan un minuto de silencio en memoria de las víctimas de los atentados en Cataluña. (EFE)

Al imán de Ripoll que organizó el atentado de las Ramblas lo echaron de Bélgica los propios musulmanes, pero eso no ocurrió en Cataluña. En Cataluña se instaló, se hizo cargo de una mezquita, radicalizó a los jóvenes y organizó un atentado múltiple y sangriento que, si no llega a fallarle, podría haber costado la vida a cientos de personas. ¿Qué ha fallado?

Cada vez que nos hacemos esta pregunta miramos, obviamente, a las fuerzas y cuerpos de seguridad y a los servicios de inteligencia españoles, pero olvidamos quizás el factor más importante, la vigilancia de la propia comunidad musulmana. El contraste de lo ocurrido en Bélgica y en España es tan palpable que se hace urgente comenzar a reclamar a la comunidad musulmana española su responsabilidad ante la radicalización de algunos de sus miembros. Y antes de que nadie se confunda, dejemos claros los términos precisos de esta exigencia: entre la islamofobia, que jamás tendrá aquí el más mínimo respaldo, solo repulsa y condena, y la exculpación o la disculpa permanente tiene que existir un punto medio; sin complejos, ni fobias ni miedos, debe hablarse de la responsabilidad de nuestros musulmanes en la prevención de los atentados.

Hablamos de la comunidad musulmana española, tan considerable como el número que representa, en torno a dos millones de personas, que viene a ser como las regiones de Murcia y La Rioja juntas. Muchos de esos musulmanes, más de 500.000, tienen nacionalidad española, pero, con independencia de eso, todos ellos deben ser considerados ‘nuestros musulmanes’ porque viven aquí, trabajan aquí y tributan aquí. Desde esa consideración, llega la exigencia de responsabilidad e implicación contra la radicalización y el terrorismo que propagan imanes como el de Ripoll para reclutar a jóvenes como los del salvaje atentado de Barcelona. O como el de Atocha en Madrid, en 2004, que dejó 191 muertos en las vías del tren.

Como ha ocurrido en la mayoría de los atentados yihadistas de Europa, los terroristas vivían entre nosotros y, en numerosas ocasiones, nacieron aquí, se educaron aquí y trabajaban aquí. Y eso tiene que ser decisivo. Quiere decirse que las diferencias que existen entre las costumbres de los musulmanes, los cristianos o los ateos se reducen a nada cuando se habla de relaciones humanas y de relaciones familiares. Es tan básico como pensar que todos nosotros, con independencia de credos, sabemos bien cuándo un familiar o un amigo comienza a comportarse de forma extraña. No es más que eso: la aplicación de esa lógica mundana es la que ha salvado a Bélgica de que el imán de Ripoll, Abdelbaki Es Satty, organizara allí el atentado que, finalmente, planeó en Cataluña.

Después de salir en 2014 de una cárcel en España, cuatro años de trena por tráfico de drogas, Abdelbaki Es Satty se fue a una pequeña población de Bélgica, Vilvoorde, en el extrarradio de Bruselas, que aparecía en todos los reportajes sobre terrorismo como uno de los focos principales del yihadismo en Centroeuropa, al igual que el barrio de Molenbeek, del que salieron los terroristas de los principales atentados de París y de la capital europea.

Ante esa realidad, lo que hizo el alcalde de Vilvoorde, Hans Bonte, fue aplicar unas ‘medidas de choque’ que han cambiado radicalmente el panorama. “La lucha contra el terrorismo —dice el alcalde— solo funciona si se trabaja desde dentro de la propia comunidad, si todo el mundo confía en el resto. Estoy muy satisfecho del trabajo de la policía, pero también de la prevención en las escuelas y en la propia comunidad musulmana”. Gracias a esa política de implicación de la propia comunidad, cuando Es Satty llegó y se presentó en las mezquitas, fueron los propios musulmanes los que comenzaron a sospechar de sus intenciones. Lo expulsaron de la mezquita y, a continuación, lo denunciaron a la policía. “El imán de la vecina localidad de Diegem vino a preguntarnos por él, al vivir en Vilvoorde. Les parecía un hombre extraño, que decía que venía de España porque allí no tenía futuro y que se autoproclamaba imán, aunque no tenía ningún papel para acreditarlo”, recuerda ahora el alcalde.

Sin posibilidad de instalarse en Bélgica, Abdelbaki Es Satty recaló en Cataluña, se hizo cargo de una mezquita en Ripoll y la radicalizó. Nadie entre los musulmanes de Ripoll encontró nada raro. Al contrario que lo ocurrido en Bélgica, el responsable de la Comunidad Islámica Annour de Ripoll, Ali Assid, sigue diciendo estos días que el imán terrorista, al que contrató “porque estaba por aquí, en Ripoll, y traer un imán de fuera es muy complicado”, era “una persona normal” a la que nunca le oyeron un “mensaje radical”.

Lo mismo dicen los propios familiares de los terroristas, sus padres, sus amigos o los vecinos: a todos les parecían “buenos chicos”. O como, en el límite de la inopia, sostiene esa educadora social de Ripoll, que trabajaba con los jóvenes terroristas, y que publicó una carta en 'La Vanguardia': “¿Qué estamos haciendo para que pasen estas cosas? Erais tan jóvenes, tan llenos de vida, teníais todo una vida por delante... Y mil sueños por cumplir. Ya no podré volver a decir qué guapos estáis, o ¿ya tienes novia? O, madre mía, cómo has crecido. No podré ver a sus hijos, como lo hago con los demás. No os podré abrazar... Me duele tanto. No me lo puedo terminar de creer”.

La responsabilidad de nuestros musulmanes

¿Normalidad? Sin embargo, lo que han expresado estos días otros musulmanes de la ciudad no produce la misma impresión porque todos ellos acaban confesando que hubo un momento en el que sus hermanos o primos, que luego resultaron ser terroristas, cambiaron de hábitos, dejaron de ir a las discotecas, consideraban que la música era un pecado, o se pasaban horas y horas de reuniones que no contaban a nadie. ¿Qué hubiera ocurrido si en la comunidad musulmana de Ripoll hubieran tenido la prevención, ante ese comportamiento extraño, radical, que nadie quiso ver o prestarle atención?

Volvamos al principio. Siempre que nos preguntamos qué ha fallado, miramos a los cuerpos y fuerzas de seguridad y a los servicios de inteligencia, y está bien que sea así. Pero existe una exigencia más elemental, la responsabilidad de nuestros musulmanes para que piensen y actúen como sus hermanos de Vilvoorde: “Pese a que no había pruebas ni antecedentes, la comunidad musulmana de la zona decidió expulsar al imán de la mezquita. Y fueron los que se dirigieron directamente a la policía; eso no siempre es así en otros lugares”. Tendrían que ser los musulmanes españoles los que comiencen a propagarlo por todas y cada una de las 1.400 mezquitas que hay en España: de aquí en adelante, directamente a la policía. Se acabó la falsa apariencia de normalidad.

Matacán

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