Camelos catalanes: democracia es votar

Una democracia no es votar; es más, ni siquiera el voto puede considerarse como el elemento más representativo de una democracia

Foto: Fotografía de archivo de la consulta soberanista del 9 de noviembre de 2014. (EFE)
Fotografía de archivo de la consulta soberanista del 9 de noviembre de 2014. (EFE)

'Referèndum és democràcia, democràcia és votar'. Nada ha sido tan efectivo para los independentistas de Cataluña como el hallazgo de este lema, el único que ha conseguido, a tenor de las encuestas, la aceptación mayoritaria de los ciudadanos catalanes, los que están a favor de la independencia y muchos de los que no lo están. Pero es un camelo más. Porque una democracia no es votar; es más, ni siquiera el voto puede considerarse como el elemento más representativo de una democracia. Sin embargo, es posible que ese falso axioma haya acabado calando entre la mayoría de los ciudadanos catalanes y también en una buena parte de la sociedad española, empezando por muchos votantes de izquierdas y sus dirigentes.

Lo defiende así, por ejemplo, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, lo cual causa mayor perplejidad porque se trata de un doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Que lo digan los componentes de Estopa (“votar es la democracia”, “no hay nada más democrático que un referéndum, aunque nosotros votaríamos no a la independencia”) o que lo diga Piqué (“estoy a favor de la consulta porque creo que es algo democrático”) es la demostración de la aceptación social de ese lema, como queda dicho, pero que lo diga un doctor en Ciencias Políticas solo puede ser síntoma de una calculada manipulación, porque ignorancia no será.

Que lo diga Pablo Iglesias, un doctor en Ciencias Políticas, solo puede ser síntoma de una calculada manipulación, porque ignorancia no será

Pese a todo, a sabiendas de que se trata de una batalla perdida, conscientes de que Joseph Goebbels tenía razón cuando descubrió que “una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad”, la obligación de cada uno, en cada rincón, es intentar desmontar la demagogia y las manipulaciones. En estas horas de agitación independentista, mucho más. La razón nunca puede ser un propósito baldío, aunque lo sea el intento.

Democracia no es votar; votar es una consecuencia de la democracia que ni define ni acapara el concepto. La prueba más evidente la tenemos en aquellos estados en los que un dictador pretende homologar sus regímenes autoritarios con la convocatoria de un referéndum. En los años en los que Goebbels se vanagloriaba de la eficacia propagandística de la mentira, Thomas Mann replicó diciendo que el fundamento de la civilización europea radica en el respeto a las formas; eso es lo que define el Estado de derecho. Y aconsejaba a los alemanes “desintoxicarse de su complejo de superioridad y de su supuesto derecho adquirido a cometer atropellos”.

Una democracia no es una aspiración en sí misma, es un modelo de gobierno entre los hombres para vivir en libertad, igualdad y fraternidad

En una democracia, por tanto, lo fundamental es el respeto de las leyes, de las formas. Lo primero que se aprende tras la Revolución Francesa, como resalta John Stuart Mill en su famoso ensayo ‘Sobre la libertad’, es que los pueblos libres tienen necesidad de limitar su poder. Una democracia no es una aspiración en sí misma, es un modelo de gobierno entre los hombres para vivir en libertad, igualdad y fraternidad. A partir de que un pueblo decide, democráticamente, dotarse de una constitución, en la que se recogen todas sus obligaciones, sus derechos y sus libertades como ciudadanos, esos principios ya no se vuelven a votar. No todo se vota. ¿Podría votarse en España el derecho a la libertad de expresión? Pues no, claro. Como no se puede someter a referéndum la igualdad entre hombres y mujeres.

La democracia solo puede considerarse como tal si se respeta el Estado de derecho, que es la red de seguridad ante la existencia de una mayoría de ciudadanos que quisiera cometer un atropello sobre una minoría. Lo ocurrido en Estados Unidos con la legislación del matrimonio homosexual. Pese a la enorme descentralización judicial y penal que existe en el modelo federal americano, hace dos años, el 26 de julio de 2015, una sentencia obligó a todos los estados a aceptar el matrimonio homosexual. Había muchos estados en los que ya se celebraban matrimonios, pero en otros muchos, de acuerdo con la creencia de sus votantes, estaba prohibido.

No todo está sometido a votación en una democracia, como los principios plasmados en la Constitución norteamericana

La histórica sentencia del Tribunal Supremo obligaba a todos porque, por encima de los deseos de los ciudadanos de cada estado, debía prevalecer la Constitución, la decimocuarta enmienda que recoge que “ningún estado podrá crear o implementar leyes que limiten los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de los Estados Unidos; tampoco podrá ningún estado privar a una persona de su vida, libertad o propiedad, sin un debido proceso legal; ni negar a persona alguna dentro de su jurisdicción la protección legal igualitaria”. No todo está sometido a votación en una democracia, como los principios plasmados en la Constitución norteamericana; como esa enmienda que es de finales del siglo XIX y nadie la cuestiona por su antigüedad porque saben que hay principios fundamentales que no caducan, por mucho que pueda someterse a revisión y actualización.

No es distinto el criterio, porque no puede serlo, de ningún otro tribunal supremo o constitucional que exista en el mundo, en cualquier otro Estado democrático, porque la defensa de la ignorancia y el desprecio de las leyes solo pueden conducir al caos; solo la tragedia puede esperarse una vez que sucede el primer incumplimiento sin consecuencias, una vez que se acepta que un colectivo mayoritario pueda despreciar las leyes generales e imponer su propio criterio. Casi no hacen falta palabras para razonarlo porque es algo elemental.

Es lo que hizo el Tribunal Constitucional de Alemania cuando, hace unos meses, un ciudadano bávaro le preguntó por la posibilidad de que Baviera, un estado rico, al igual que Cataluña, se pudiera independizar. Al tribunal no le hicieron falta muchas palabras: “En la República Federal de Alemania, que es un Estado-nación basado en el poder constituyente del pueblo alemán, los estados no son dueños de la Constitución. Por lo tanto, no hay espacio bajo la Constitución para que los estados individuales intenten separarse. Esto viola el orden constitucional”.

Es la defensa de los derechos y libertades de cada uno de nosotros lo que forma, como ladrillos, el muro de contención de una democracia

La Constitución española se blindó, la blindó la izquierda tras la muerte de Franco, para que ningún movimiento reaccionario pudiera modificarla con la aprobación de una ley en las Cortes, con la mayoría de diputados del momento. El 90% de los catalanes votaron esa Constitución y a ella, solo a ella, deben atenerse. Eso que les han dicho de que el “referéndum es democracia, que democracia es votar”, es un camelo. Por mucho que haya tenido un éxito abrumador entre la sociedad catalana, quizás el eslogan más repetido, y que más se repetirá, junto a aquella otra frase de la primera fase del conflicto, la de “España nos roba”.

Bien pensado, podría decirse incluso que el proceso independentista se ha construido sobre esos dos pilares de demagogia efectiva que han generado dos potentes sentimientos entre la población catalana, el primero de agravio, ‘nos roban el dinero’, y el segundo de frustración o represión, ‘no nos dejan votar’. Pero son camelos. Y nuestra obligación es no perecer ante las avalanchas programadas porque es la defensa de los derechos y libertades de cada uno de nosotros lo que forma, como ladrillos, el muro de contención de una democracia.

Matacán

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