Las ventajas de un choque de trenes (y 2)

Se han caído muchas caretas, se han acabado muchos prejuicios, se han terminado muchos silencios, se han iniciado muchos procesos judiciales

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Tenía ventajas y, dentro de la enorme polvareda levantada, ya se están comenzando a ver las muchas ventajas que ha tenido este choque de trenes en el conflicto de Cataluña. No hay más que detenerse un momento y comparar: se han caído muchas caretas, se han acabado muchos prejuicios, se han terminado muchos silencios, se han iniciado muchos procesos judiciales. Todo está por resolver y, que nadie se engañe, falta mucho aún para 'asegurar' el restablecimiento del orden constitucional en Cataluña, como prometió el rey Felipe VI, pero, por lo menos, ya tenemos la enorme ventaja de haber cambiado de vía, después de seis años transitando, cada vez a más velocidad, en la misma dirección, frente a frente, intentando disimular que este final no iba a llegar nunca.

Pues ya ha ocurrido, sí, y fue hace más de tres meses —yo mismo pensaba que fue hace un par de semanas, tal es el bucle en el que estamos—, cuando se produjo la conferencia del primer presidente de la Junta de Andalucía, Rafael Escuredo, que suponía un discurso distinto al de todo el mundo entonces, enrocados en un solo pensamiento, esa inercia en la que nos enredamos y que nos hace girar sobre una sola frase o una sola palabra, por insulsa que resulte, por inútil que se muestre, por falsa que pueda ser.

En aquel momento, lo correcto era mostrarse 'espantado por el choque de trenes', y no había discurso que no lo incluyera; igual que ahora se incluye la necesidad de diálogo, que otros llevan más lejos con la sugerencia de algunos mediadores. Siempre igual y, mientras tanto, lo que avanzaba imparable era el independentismo, con sus estrategias, sus consignas y su política de hechos consumados. Por eso fue tan oportuno aquel discurso, insólito en un político actual, de Rafael Escuredo: “El choque de trenes es inevitable; es más, muchas veces tienen que chocar los trenes”.

Lo primero que ha cambiado, la primera ventaja del choque de trenes, es que ya se han terminado el silencio y la equidistancia exasperante de tantos como han callado, disimulado o evitado una opinión sobre el desastre de la independencia. Desde Serrat hasta Josep Oliu, presidente del Banco Sabadell, pasando por los millones de catalanes que conforman la mayoría silenciosa que casi nunca se oía. Acaso por miedo o por prudencia, que no se trata de ajustar cuentas con quien vive el problema en su propia casa, en su familia o en su barrio.

La primera ventaja del choque es que ya se ha terminado el silencio de tantos como han callado una opinión sobre el desastre de la independencia

La cuestión es que eso se ha terminado. El ‘choque de trenes’ del pasado domingo 1 de octubre, con su estela de despropósitos mayores, como la huelga general o la declaración unilateral de independencia, ha colocado delante de las narices de todo el pueblo catalán la realidad que, hasta ahora, solo era retórica: las consecuencias económicas, el despropósito de ilegalidad, la locura de los radicales, la sinrazón de los mentirosos.

Un amigo de la calle Muntaner de Barcelona, la calle en la que vive Jordi Pujol, me enviaba ayer la foto de unos edificios con banderas de España: “Soy testigo de que los catalanes españoles han estallado, están hasta los mismísimos. Los que estaban dormidos, han despertado; los que tenían miedo, se lo han quitado de encima. Hace 15 días, esto no ocurría”. ¿Quién iba a decir hace 15 días que en 48 horas tres de las principales empresas de Cataluña, CaixaBank, Sabadell y Catalana de Occidente, iban a trasladar sus sedes a otra ciudad de España buscando “normalidad, en un marco estable y en un entorno de seguridad jurídica y económica”? Las consecuencias sociales y económicas de la independencia de Cataluña ya no pertenecen al vasto mundo de la especulación; no es interpretable, es la realidad.

Hace 15 días tampoco en Europa se oían otras voces que no fueran las de considerar la rebelión catalana como un asunto interno de España. Se publicaban algunos artículos sueltos, advirtiendo del desastre, pero apenas trascendían. El profesor Marc Sanjaume-Calvet escribió en 'Libération' pocos días antes del referéndum ilegal del 1 de octubre: “Frente a la visibilidad concedida a la exposición del relato separatista en los grandes medios europeos, a la pusilanimidad de las llamadas al ‘diálogo’ o al silencio ensordecedor de las instituciones comunitarias y de los gobiernos de los estados miembros, se impone un esfuerzo de pedagogía: (…) El separatismo catalán es nacionalismo obtuso, racista y excluyente (…) Si un Gobierno constitucional es derrocado, habrá que escribir la necrológica de Europa”.

La insoportable displicencia con la que muchos países y dirigentes en Europa han contemplado siempre los problemas de España ha permitido durante muchos años que el independentismo catalán jugara con sus silencios y manipulara a su favor sus tenues condenas. Un pronunciamiento unánime, sin matices ni concesiones, de las instituciones europeas hubiera permitido zanjar hace mucho tiempo la evidencia de que una Cataluña independiente deja de pertenecer a Europa. También eso ha cambiado, o ha comenzado a cambiar, a partir del comunicado de la Comisión Europea de esta semana para dejar claro que “el respeto al Estado de derecho no es una opción, es algo fundamental” y que “el deber de todo Gobierno es mantener el Estado de derecho, y eso a veces requiere el uso proporcionado de la fuerza”.

Muchas veces tienen que chocar los trenes para que se abra paso la realidad

Porque ya está bien de utilizar las cargas policiales del 1 de octubre, como ha hecho esta semana Oriol Junqueras, como si los heridos, atendidos en su inmensa mayoría de contusiones leves o crisis de ansiedad, fueran los muertos del bombardeo de Gernika, colocando flores en las rejas de los colegios electorales. No ha existido mayor desvergüenza; una obscenidad.

Si los ciudadanos han comenzado a perder el miedo, si los intelectuales han empezado a decir lo que piensan, si los empresarios han decidido tomar medidas, si los presidentes de otros gobiernos europeos y la propia Unión Europea han conseguido asomarse al abismo al que nos ha conducido la locura independentista de Cataluña, no cabe otra cosa que concluir que era verdad, que muchas veces tienen que chocar los trenes para que se abra paso la realidad.

Matacán
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