España es una patata

Ocurrió en el Congreso, en plena tormenta soberanista. Un diputado citó la patata y, sin que nadie lo hubiera imaginado, la patata se convirtió en la línea transversal de la sesión plenaria

Foto: El diputado del PNV Aitor Esteban, durante su intervención ante el pleno del Congreso de los Diputados de Madrid. (EFE)
El diputado del PNV Aitor Esteban, durante su intervención ante el pleno del Congreso de los Diputados de Madrid. (EFE)

España se reivindicó ayer con la patata, con todas sus fuerzas y a lo largo de la historia. Ocurrió en el Congreso de los Diputados, en plena tormenta soberanista, durante un debate de extraña cortesía entre los portavoces parlamentarios; cuando se esperaba una tormenta mayor, un diputado citó la patata y, sin que nadie lo hubiera previsto o imaginado, la patata se convirtió en la línea transversal de una sesión plenaria que estaba revestida con la angustia de los momentos más críticos de nuestra vida. Pero vayamos por partes.

El debate en sí mismo fue una patata, en su tercera acepción académica, “cosa de poca calidad o de mal funcionamiento”, porque no resolvió nada y porque tampoco estuvo adornado de grandes intervenciones parlamentarias. La 'extrema gravedad' que vive España no mereció un pronunciamiento unánime del Congreso, ni siquiera en defensa de la Constitución. Es más, la única mayoría que pudo ahormarse en el Congreso fue la que propugna una reforma de la Constitución, como si la norma que más estabilidad democrática le ha dado a España en toda su historia se hubiera convertido en el principal problema de la democracia en estos días. No es así, pero en esas estamos.

Por eso son tan inexactas las comparaciones entre el 23-F de Tejero y el 1-O de Puigdemont, porque pueden ser equiparables en sus objetivos los dos intentos de tumbar la Constitución, pero en nada se parece la reacción de la clase política española en un momento y otro. En definitiva, que el debate se convirtió en una patata en sí mismo porque la mayoría de los portavoces se limitaron a repetir, sin sustancia alguna, que todo se soluciona con diálogo. Y el diálogo, como propuesta, si no se dota de más contenido, es una palabra vacía o una mera declaración de principios obvios.

Para que la palabra 'diálogo' tenga sentido, tiene que responderse a una pregunta anterior: ¿qué se hace cuando alguien amenaza y dice: "Te lo vas a comer con patatas"?, que es la obligación de aceptar algo que no se desea. La estrategia del independentismo catalán se sustenta, desde el primer día, en una progresión de hechos consumados que el Gobierno de Rajoy no ha querido o no ha sabido atajar, hasta que se ha llegado a este punto de extremo deterioro. Pero una democracia, un Estado de derecho, no puede permitir, en ningún país del mundo, que prospere un desafío de esa naturaleza, que proclama una legalidad paralela e ignora la existente, porque en ese mismo momento serán la democracia y el Estado de derecho los que hayan desaparecido.

De ahí lo inexplicable de que no contesten a esa pregunta muchos de los que invocan la palabra diálogo. Podría decirse que, para todos ellos, sobre todo para una parte de la izquierda y para la sociedad catalana equidistante, la defensa de la Constitución y la legalidad se ha convertido en una ‘patata caliente’, que es un problema grave e incómodo de solución difícil del que nadie se quiere hacer responsable. Ya se ha dicho aquí que el conflicto de Cataluña, por supuesto, solo se puede resolver mediante el diálogo, pero antes debe volverse a la legalidad y a la lealtad. Lo contrario nos instala en un bucle destructivo.

De todas formas, la patata se hizo dueña del debate del Congreso de los Diputados porque el portavoz de Compromís, Joan Baldoví, le pidió al presidente Rajoy que abriera un diálogo global con todas las comunidades autónomas, “pero no solo la catalana, porque no solo hay patatas vascas o patatas catalanas; hay patatas valencianas, murcianas, de las Baleares… hay muchas patatas aquí”.

En la réplica, le complementó Rajoy con la definición de España según la existencia de las patatas, “de todas las patatas, de las catalanas, valencianas, murcianas… pero también de las papas canarias y de las patatas gallegas. Pero el problema más importante, señor Baldoví, es que no ha hablado de las patatas españolas, y hay mucha gente que quiere que hablemos de las patatas españolas”.

Antes que ellos, el portavoz del PNV, Aitor Esteban, con esa visión excluyente que tienen los nacionalismos, se había referido a algo que ha dicho muchas otras veces, que en España hay “dos patatas calientes, la patata catalana y la euskal patata”. Lo que quizá no sepa Aitor Esteban es que el carlismo del siglo XIX, que está en el origen de los nacionalismos vasco y catalán, entraba en batalla al grito de “¡Abajo la patata!”. Nadie se lo explica, por lo absurdo y porque los carlistas no tenían nada contra España, pero Amando de Miguel, que lo tiene documentado, dice que es así.

La patata fue lo mejor que le pasó al debate porque no encontraremos mejor metáfora para representar la historia de España ni el momento que vivimos

La patata, en fin, fue lo mejor que le pasó al debate de ayer porque no encontraremos mejor metáfora para representar la historia de España ni el momento que vivimos. A la patata le costó siglos que la tuvieran en consideración, y aunque muy pronto empezó a salvar la hambruna de Europa, fue en la propia España donde más resistencia se le puso. No en todas partes, es verdad, pero esa apatía con lo nuestro es un rasgo muy español: la patata llega a Europa tras el descubrimiento de América y es aquí donde más trabajo le cuesta el reconocimiento de alimento de primera necesidad, y eso a pesar de que en Sevilla ya salvó a la población de la hambruna entre 1571 y 1574, con distribuciones casi medicinales a partir del huerto del Hospital de las Cinco Llagas, hoy convertido en sede del Parlamento autonómico.

España es esa patata, necesaria y maltratada, añorada y desatendida, buscada e ignorada. En uno de los momentos más difíciles de la democracia, el Congreso de los Diputados se reunió ayer para debatir sobre una ‘patata caliente’, la catalana, pero descubrió que la patata en España es mucho más. Que hay patatas y papas por todas partes y, sobre todo, que aquí nadie acepta que una ilegalidad haya que comérsela con patatas. Y todo eso, con cortesía parlamentaria, sin hablar de los papafritas ni de los que, en realidad, no saben ni papa de lo que ha costado la democracia en España.

Matacán

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