La muerta que está viva y no conoce Halloween

La selva en la que se ha extraviado la vida de Juana es una jungla conocida por todos, el marasmo burocrático en sus aspectos más descabellados, más irreales, más desquiciantes

Foto: Juana Escudero Lezcano. (EFE)
Juana Escudero Lezcano. (EFE)

No consta que Juana Escudero Lezcano se divierta en Halloween, pero es la única persona en el mundo que podría celebrarlo a lo grande: porque Juana está muerta, pero sigue viva. La noche de los muertos vivientes tendría que ser la suya: nada se parece más a un zombie que su vida, fallecida y enterrada oficialmente en Málaga desde 2010, pero con vida propia en Sevilla desde que nació en 1963. Podría hasta disfrazarse de Dante, con su enigmática máscara mortuoria, y recitar por las calles el Canto Primero: “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado”.

La selva en la que se ha extraviado la vida de Juana es una jungla conocida por todos, el marasmo burocrático en sus aspectos más descabellados, más irreales, más desquiciantes. Sencillamente, Juana estaba oficialmente muerta y, aunque ella demostraba que era un error, que sigue viva, nadie la ha creído en mucho tiempo. “Mire usted, aquí está el papel donde lo pone: fa-lle-ci-da”, le dicen y ella suspira hondo. En todas partes menos en Hacienda, eso sí, que siguió cobrándole los impuestos de autónomo aunque oficialmente se le diera como muerta.

“Mire usted, aquí está el papel donde lo pone: fa-lle-ci-da”, le dicen y Juana Escudero suspira hondo

Pero Hacienda también es un ente sobrenatural, y eso lo sabemos; de hecho al ministro Montoro se le representa como Drácula, el zombie más famoso de la historia. En definitiva, que como Juana ha tenido tantos problemas, después de años luchando, al fin ha conseguido esta semana que se desentierre el cadáver oficial de su ‘alter ego mortis’ para demostrar que no era su cadáver. Ahora, cuando se extraiga y analice el ADN, ya se comprobará quien era el verdadero propietario de aquel ataúd.

La desquiciante historia de Juana Escudero Lezcano comienza en 2011 con una punzada aguda, provocada por un cólico nefrítico. Se va corriendo al médico con su hija y, con las manos apretándose el costado, observa que la doctora que la atiende, de pronto, se le queda mirando embobada. “No puede ser, aquí dice que estás muerta”. Gira el ordenador para que ella misma, y su hija, lo comprueben y, en efecto, la página de la Seguridad Social no decía otra cosa: “Juana Escudero Lezcano, nacida el 11 de septiembre de 1963. Fallecida el 13 de mayo de 2010”.

Fotografía cedida por Juana Escudero Lezcano en el cementerio Parcemasa San Gabriel de Málaga. (EFE)
Fotografía cedida por Juana Escudero Lezcano en el cementerio Parcemasa San Gabriel de Málaga. (EFE)

¿Cómo podía llevar un año muerta sin saberlo? Porque, por mucho que para Juana fuera una evidencia que ella no estaba muerta, por mucho que se pellizcara delante de la doctora para que lo viera, lo que no miente son los registros oficiales del Estado. Mariano José de Larra, que tanto se desesperó con la insoportable burocracia española, sabía bien que ese era el origen de todo lo que funciona mal en España, como en ninguna otra parte del mundo. ¿Chapuza o carácter? Vaya usted a saber, el caso es que, como decía Larra, ese mal está enquistado aquí: “Hay cosas que no tienen solución, y son las que más”. En el caso de Juana, su muerte se había confirmado paso a paso, sin ahorrarse un solo trámite, y para deshacerlo han tenido que pasar siete años, hasta esta misma semana. ¡Siete años de lucha contra la burocracia para una persona vida demuestra que no está muerta!

En 2010, un juez de guardia certificó el fallecimiento de Juana Escudero Lezcano en una vivienda de Málaga, el Ayuntamiento ordenó su entierro en el cementerio y anotó el deceso en el registro municipal, con el número de expediente 01.01.107.44.004938.0101, y los enterradores procedieron a meter el ataúd en un nicho, que quedó marcado con el número 4.938. Nadie puso flores, ni una lápida, ni nada, pero en este mundo de tantas soledades, de tantas vidas desarraigadas, el olvido de un muerto es lo menos extraño de todos. La cuestión no es esa, la duda está en el muerto: ¿por qué había dos personas con la identidad, la misma fecha de nacimiento, el mismo nombre y los mismos apellidos? La pregunta es tan peliaguda que a la Juana que sigue viva le ha llegado a provocar en estos años algunos episodios de ansiedad. Sobre todo aquella vez que fue a renovar el carné de identidad y el Policía estuvo a punto de detenerla cuando, al abrir el ordenador, comprobó que aquella mujer que tenía delante en realidad estaba muerta y enterrada en Málaga.

Cementerio de Málaga.
Cementerio de Málaga.

“Señora, puede ser usted acusada de usurpación de personalidad”. Por suerte, ese día Juana iba acompañada y, gracias a ese testigo, los policías acabaron creyendo su versión. Bueno, por eso y porque podía demostrar que ella era la única persona en el mundo que, el mismo día, podía sacar un certificado de defunción en la provincia de Málaga, donde estaba enterrada, cogerse un coche y, a las dos horas, obtener una fe de vida en Sevilla, donde reside con sus dos hijas, en un humilde barrio de Alcalá de Guadaira, San Rafael, limítrofe con el término municipal de Sevilla; San Rafael que es también el patrón de los encuentros fortuitos, aunque ninguno tan siniestro como el de encontrarse en vida con su propia muerte.

Juana especula con la posibilidad de que el error se origine por la muerte de una hermana suya, a la que le tiene perdida la vista desde hace muchos años

A la espera de que el Juzgado de Instrucción número 2 de Málaga reciba el resultado de las muestras de ADN, a mediados de noviembre, Juana especula con la posibilidad de que el error se origine por la muerte de una hermana suya, a la que le tiene perdida la vista desde hace muchos años. Pero, aunque sea su hermana, eso no explicaría el error cometido en algún momento porque dos hermanos solo comparten apellidos en un registro oficial. Y en todo caso, cuando se habla de Málaga todo puede ser posible: fue aquí donde se descubrió el caso más macabro de corrupción que implicaba a miles de muertos.

En la década de los noventa, que fue prolija en escándalos, se destapó una mafia entre un empleado del cementerio de Málaga y seis directivos de funerarias de la capital para incinerar de manera clandestina 2.772 restos humanos. Aquello ocurrió en 1997 y todavía sigue coleando el caso. Hace unos días, la sección primera de la Audiencia Provincial de Málaga dictó un edicto para que los familiares se personen, de aquí a 2020, a conocer la indemnización que les corresponda. Si todo sale bien, igual Juana acaba en esa misma cola. Todavía este año, si no lo ha hecho ya, puede celebrar su último Halloween como zombie oficial.

Matacán

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