Elogio incompleto de Rajoy

Y cuando todos lo imaginan en Babia, absorto en su despacho de la Moncloa, irrumpe con un movimiento que nadie esperaba, que deja a todos, que nos deja a todos, en fuera de juego

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)

Nadie resuelve mejor que Rajoy las crisis que él mismo provoca. Mariano Rajoy es esencial en la gestión de esos conflictos que llevan su sello, que se han ido pudriendo y tensando, que hacen contener el aliento a un país entero cuando se ve al borde del abismo, perdido y desesperado. ¿Podría haberse resuelto antes la crisis de Cataluña? La verdad es que ya nunca se sabrá si hubieran tenido efecto otro tipo de políticas, hace cuatro o cinco años, antes de que todo se volviera irreversible con la declaración unilateral de independencia y las leyes soberanistas que la precedieron. Pero todo llegó a ese punto de no retorno en el que ya sólo podía aplicarse una política, la de Rajoy, que era la defensa del Estado de Derecho, de la democracia y de la Constitución. ¿Lo tenía todo calculado Mariano Rajoy? Puede sonar presuntuoso o temerario, pero es muy posible que haya sido así.

Y fue el mismo Mariano Rajoy quien adelantó lo que iba a ocurrir. Fue en la Navidad de hace ya cuatro años. En uno de estos días de celebraciones y encuentros, el presidente del Gobierno se reunió en la Moncloa con un grupo de periodistas y la noticia de aquel día dice así: “Preguntado si no le da vértigo que se llegue este asunto hasta el final con una declaración unilateral de independencia, el jefe del Ejecutivo ha contestado: “A ver a quién le da más vértigo”.

Cuando Rajoy dijo aquello estaba marcando una senda, un destino que hemos visto en muchas películas de Hollywood: Los jefes rivales de dos bandas adolescentes conducen sus coches a toda velocidad hacia el precipicio y pierde quien, preso del miedo, se tira primero del vehículo. Gana el que aguante más, el que resista más, el que se acerque más al precipicio, pero hay veces que uno de los pilotos no controla la salida y la competición acaba en tragedia, con el coche estrellado en el fondo del abismo.

¿Ha esperado consciente a que llegara este punto de máximo deterioro para actuar, con todos los poderes del Estado detrás de él, apoyándole? El caos, este caos que hemos vivido en Cataluña, ha llegado al extremo de que solo podía resolverlo Rajoy, con las maneras de Rajoy. Sabe medir los tiempos, actuar con frialdad y distancia, moverse sigiloso por el campo de minas hasta pasar desapercibido. Y cuando todos lo imaginan en Babia, absorto en su despacho de la Moncloa, irrumpe con un movimiento que nadie esperaba, que deja a todos, que nos deja a todos, en fuera de juego.

De todas formas, lo mejor de todo eso es el momento catártico que conlleva una estrategia así: España alineada consigo misma. Pensado o no, premeditado o no, la resolución del conflicto de Cataluña ha provocado una concienciación de España que no existía, o que estaba dormida. En todos los niveles imaginables, sociales e institucionales. Podríamos observar, por ejemplo, el fenómeno extraordinario de las banderas en todos los balcones de España, algo excepcional en un país que solo se enorgullece de sus símbolos cuando gana un mundial de fútbol. Esta ha sido la primera vez en cuarenta años que no ha sido así. Pero vayamos más allá. La crisis de Cataluña ha tenido hasta ahora tres momentos claves, que serán históricos cuando los veamos con más perspectivas: la actuación del Rey, la estrategia de Rajoy y la actuación implacable de la Justicia. Y los tres han estado determinados por ese momento terminal en el que salen a relucir los valores esenciales de un país que quiere seguir siendo.

¿Ha esperado consciente a que llegara este punto de máximo deterioro para actuar, con todos los poderes del Estado detrás de él, apoyándole?

El rey Felipe VI encontró en la crisis de Cataluña el instante de notoriedad, de trascendencia, que necesitaba para asentarse socialmente tras la abdicación de su padre, para reafirmarse como autoridad institucional. Con la aplicación del artículo 155 de la Constitución, el Gobierno de Rajoy demostró la existencia de una autoridad superior en España que impide los desvaríos inconstitucionales. Hasta el líder de la oposición, el socialista Pedro Sánchez, que tenía como bandera la negación doble de Rajoy, aparcó sus diferencias para anteponer el interés general del orden constitucional, la defensa del Estado de Derecho y la unidad de España. La Justicia ha sido el último pilar, esencial, que se ha fortificado con la convulsión catalana. Tanto que ahora, en medio de tanta incertidumbre, el poder judicial aparece como un garantía de solidez insobornable, como un consuelo o una salvaguarda.

España no será la misma tras el conflicto de Cataluña porque esa crisis grave nos ha puesto a todos al borde del precipicio y, ante el pavor, todos los poderes, con la sociedad delante, se han alineado en defensa de lo que nunca antes habíamos conseguido, una época de libertad y prosperidad que nunca se había dado en la historia de España. El año que viene, cuando se cumplan cuarenta años de la Constitución española, igual pensamos que el desvarío independentista nos volcó hacia el mejor tributo que jamás hubiera imaginado nadie. Porque todo el mundo se revolvió en defensa de la libertad que tenía sin apreciarla, del progreso vivido y prometido, cuando nos vimos al lado del precipicio. ¿Había pensado Rajoy que era necesario llegar a ese momento para provocar la catarsis? Quizá nunca lo sepamos, pero ha sucedido y Rajoy ha demostrado que es el mejor para resolver las crisis que él mismo provoca.

Matacán

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
4 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios