El secreto del hombre más viejo del mundo

Francisco Núñez nació en un rincón de Extremadura, un martes y 13, en un año bisiesto y en la calle Calvario. ¿Puede existir mayor presagio de fatalidad para la superstición?

Foto: Francisco Núñez Olivera, el hombre más viejo del mundo. (Foto: Charles Ragslale)
Francisco Núñez Olivera, el hombre más viejo del mundo. (Foto: Charles Ragslale)

Uno se acerca al hombre más viejo del mundo con el estómago encogido, como si fuera a abrazar a una leyenda resucitada del museo de cera. Francisco Núñez Olivera está ahí delante, con una mantita echada sobre los hombros, su gorra campera de espigas, y un gesto inmortalizado de sensaciones contrarias, o tal vez inescrutables. Otra vez hay revuelo en el pueblo, Bienvenida, en Extremadura, como el año pasado, porque es aquí donde vive el abuelo de la tierra, que cumple 113 años y rompe todas las barreras de la vida conocidas.

Francisco Núñez, apodado ‘el Marchena’, es la excepción que confirma nuestra regla más implacable, de ahí el interés morboso o incrédulo de acercarse a él como si acabara de aparecer en el último deshielo. Cuando nació este hombre faltaban más de diez años para que comenzara la Primera Guerra Mundial, Alexander Fleming ni siquiera podía imaginar que, veinticuatro años más tarde, descubriría la penicilina y en España se aprobó la Ley del Descanso Dominical, el gran logro social del momento.

"Hasta los 107 años le gustaba caminar solo por las calles, se daba sus paseos y se acercaba al bar a tomarse un vaso de vino y a charlar con los amigos”

Solo están documentados en la historia dieciséis hombres como él que hayan llegado a cumplir los 113 años. En el mismo año que este apacible anciano extremeño nacieron Salvador Dalí, Deng Xiaoping, Pablo Neruda o Johnny Weissmüller, el mítico Tarzán de las películas; todos ellos fallecidos hace decenas de años. ¿Qué es lo que ha convertido a Francisco Núñez Olivera en una excepción? La vida en Extremadura a principios del siglo pasado es fácilmente imaginable: aldeas, pueblos y ciudades sin electricidad ni agua corriente y un horizonte de niños yunteros, como aquel poema de Miguel Hernández, para los niños que, como Francisco Núñez, nacían en el seno de una humilde familia de agricultores.

La mili, el servicio militar, fue lo único que lo sacó del pueblo, en cuanto cumplió la mayoría de edad. Lo mandaron a Ceuta y, al volver, Francisco se bajó del autobús vestido de militar y comenzó a andar por las calles con el porte de un general, con su petate al hombro. Unos días antes había estado actuando en el pueblo el cantaor de moda, Pepe Marchena, que revolucionó el flamenco y los espectáculos del momento con una combinación de ambos que lo convirtieron en un galán por el que suspiraban todas las mujeres. Cuando Francisco se bajó del autobús y lo vieron caminar, con su porte elegante, alguien lo dijo: “¡Coño, el Marchena!” Y ya se le quedó el apodo para siempre. A la Guerra Civil española ya fue como veterano de guerra, porque antes había estado en la del Rif, que es la que todavía hoy le trae peores recuerdos por las atrocidades que debió presenciar en el norte de África.

Francisco Núñez Olivera rodeado de familiares y amigos. (Foto: Charles Ragslale)
Francisco Núñez Olivera rodeado de familiares y amigos. (Foto: Charles Ragslale)

“Ha llevado siempre una vida normal. Hasta los 107 años le gustaba caminar solo por las calles, se daba sus paseos y se acercaba al bar a tomarse un vaso de vino con los amigos, jugar una partida, y charlar, charlar mucho”, cuentan los suyos. Para comer, lo que más a mano ha tenido siempre, las frutas, las legumbres y las verduras del campo que él mismo cultivaba y la extraordinaria variedad de chacina de Extremadura, buenos chorizos, pancetas y jamones. “Una vida normal de trabajador del campo, muy sana”, dicen sus familiares y quienes más se han acercado a él en estos últimos años, como Javier Rodríguez Viñuelas, historiador, y Charles Ragslale, fotógrafo estadounidense que ha rescatado en una exposición 'Generaciones' la vida de los españoles, hombres y mujeres, con más de cien años.

Tanto Javier como Charles son los que han ido recopilando y difundiendo los documentos, escasos, que se conservan sobre la fecha de nacimiento de Francisco Núñez Olivera, para poder certificar ante los organismos internacionales la longevidad del ‘Marchena’. El último documento, facilitado a El Confidencial, es un Libro de Sesiones de Quintos, de 1925, en el que figura, inscrito como el mozo número 132, la fecha y el lugar de nacimiento Francisco Núñez Olivera: 13 de diciembre de 1904, calle Calvario.

Foto: Charles Ragsdale
Foto: Charles Ragsdale

¿Puede ser esa la clave de su longevidad, la fecha de nacimiento? Repare en ese detalle un momento porque resulta que el 13 de diciembre de 1904 era martes. Y resulta también que 1904 era bisiesto, que es de esos años etiquetados con refranes como “año bisiesto, año siniestro” o “año bisiesto, ni viña ni huerto”. El hombre más longevo del mundo, uno entre miles de millones, nació en un rincón humilde de Extremadura, un martes y 13, en un año bisiesto y en la calle Calvario. ¿Puede existir mayor presagio de fatalidad para la superstición? Pues quizá ahí está la única clave de la longevidad, la de no haber atendido nunca a supuestos designios del destino, no desfallecer jamás, ni rendirse por malos que fueran los tiempos, por escasos que fueran el pan, el vino y la morcilla. No existen más augurios que los augurios del alma.

Uno se acerca a Francisco Núñez Olivera con ese morbo inevitable que querer imaginarlo a lo largo del tiempo, como si lo atravesara desde aquella España de hace más de cien años. Esos ojos que tanto han visto… La vida nos enseña que la felicidad completa sólo se disfruta en la niñez porque solo la inocencia es capaz de recrear un mundo sin muertes, sin desgarros, sin pérdidas.

Cuando un ser humano tiene conciencia del fallecimiento del primer ser querido, ese día se acaba su niñez y ya nunca más volverá a experimentar un momento de felicidad completa. Lo que llega a partir de ese instante es una combinación imprecisa de felicidad y tristeza, de satisfacción e inquietud, emoción y amargura. Y eso es lo que expresa la cara de este hombre de Extremadura, que cumple 113 años, cuando mira, cuando sonríe, cuando sus hijas, María Antonia y Milagros, le hablan al oído, cuando llora. Esa cara, esa mirada, esa expresión, es un compendio que solo es posible verlo en la ancianidad paciente, escarmentada y plácida. Por eso, sólo hace falta observar una foto de Francisco Núñez Olivera para aprenderlo todo de esta vida.

Matacán

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