La Conmoción Nacional del PP

Hace unos meses, el Partido Popular convocó una gran Convención Nacional en Sevilla y, cuando ha llegado el momento, resulta que todo les está saliendo mal

Foto:  El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se fotografía con unos asistentes a la Convención Nacional del PP. (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se fotografía con unos asistentes a la Convención Nacional del PP. (EFE)

Lo que todo el mundo sabe es que el Partido Popular se compró un circo y le crecieron los enanos; lo que nadie sospecha es que en el partido todo el mundo está convencido de que los enanos volverán a menguar. Esa es la filosofía Rajoy, a la que se encomiendan todos como una religión o como un designio inescrutable. Confían en el milagro permanente de la resurrección. Hace unos meses, el Partido Popular convocó una gran Convención Nacional en Sevilla y, cuando ha llegado el momento, resulta que esa misma cita se ha convertido en la gran Conmoción Nacional del PP porque todo les está saliendo mal.

Cataluña, Cifuentes, los pensionistas, Cifuentes, la crisis, Cifuentes, Puigdemont, Cifuentes… Y el crecimiento imparable de Ciudadanos como espejo maldito de una fealdad. Pero como lo saben, como conocen su destino, los ves como anestesiados, abstraídos de su propio infortunio, felices con la espera, conscientes de que la persistencia, la fe en sí mismos, es el único arma que les queda. Ese es el sino de este partido, la certeza asumida y superada de que se pueden planificar grandes eventos que acabarán convirtiendo en inesperados cementerios. Por eso adoran a Rajoy como líder, porque les garantiza con su propia historia que don Tancredo ya dejó demostrado que cuando viene el toro lo mejor es quedarse quietos.

La Convención Nacional del PP se programó a principios de enero. Acababan de celebrarse las elecciones de Cataluña en las que los populares, traicionados incluso por los suyos, cayeron hasta el ínfimo rincón del Parlament en el que no existe ni la propiedad del grupo parlamentario. La gente del PP, que había soportado con orgullo las insidias de quienes censuraban su intervención de la autonomía catalana, que sufrieron el acoso radical, tuvieron que digerir después que nadie les reconociera el mérito mínimo de haberle puesto el cascabel al hiena independentista. Churchill perdió unas elecciones después de ganar una guerra y Rajoy se estrelló en Cataluña tras el desembarco del 155 en la mayor amenaza de secesión de España en cuarenta años de democracia.

“Yo estaba en aquel Consejo de Ministros en el que llegó el presidente y nos dijo: ‘Mañana vamos a cesar al presidente Puigdemont, a todos los consejeros, y vamos a intervenir la autonomía de Cataluña”, decía ayer en la Convención del Partido Popular de Sevilla uno de los miembros del Gabinete de la Moncloa. Pero lo contaba como quien canta una hazaña épica sin héroe, una melodía sin música. Luego llegaron las elecciones y quizá ninguno de ellos se sorprendió de que las urnas se hubieran quedado vacías de papeletas del PP, porque tenían asumido que lo suyo era un esfuerzo sin recompensa.

Si Mariano Rajoy fuera otro tipo de persona, un líder de otra naturaleza, lo de la Convención de Sevilla se consideraría como un síntoma de megalomanía

“Quizá no supimos explicarlo”, dicen luego para intentar convencerse de que lo suyo no es fatalidad sino errores con la estrategia. Lo mismo decían, y siguen diciendo, después de superar la crisis económica y el agujero negro en el que se cayeron todas las variables tras el zapaterismo. Igual que ahora, cuando Cristina Cifuentes se ha enredado en una tupida red de mentiras que la hará caer, o eso piensan todos a su alrededor; nadie lo discute en los pasillos de la Convención. En el PP se culpan de sus fallos en la estrategia, ciertos o simulados, porque lo que no tiene explicación racional es la torpeza, y más allá, la antipatía social con la que siempre carga este partido.

Fue en enero de este año, tras la debacle catalana, cuando la cúpula del Partido Popular decidió convocar una reunión de todos para venirse arriba, insuflarse ánimos y tirar para adelante: Sevilla en primavera. Ese era el lugar elegido, el ambiente deseado, una fragancia de azahar por las aceras como pócima de un nuevo resurgir. El escenario megalómano de la cita, con 3.500 asistentes, ha dispuesto un ritual de entrada que se parece mucho a un acto de fe en el marianismo. Cada uno de los participantes en la Convención, cuando llegan, plantan un árbol y luego se pueden ir a unas cintas de gimnasio en la que experimentan una de las caminatas de Mariano Rajoy, a 7,5 kilómetros por hora y con una pendiente media del 4 por ciento. Si Mariano Rajoy fuera otro tipo de persona, un líder de otra naturaleza, lo de la Convención de Sevilla se consideraría como un síntoma insufrible de megalomanía. Pero es Rajoy y ese arquetipo no le corresponde. O eso aparenta.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, plantando una encina en la Convención Nacional del PP. (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, plantando una encina en la Convención Nacional del PP. (EFE)

No hay constancia de que el presidente se subiera a la cinta de gimnasio para emularse a sí mismo, pero sí se supo que en cuanto llegó al hotel en el que se celebra la Convención, en la isla de la Cartuja, junto a los terrenos en los que se celebró la Exposición Universal de 1992, lo primero que hizo fue plantar un árbol. ¿Cuál? Esto también es significativo: plantó una encina, acaso uno de los árboles de crecimiento más tardío. Pueden pasar diez años para que una encina alcance un metro de altura, y es posible que eso es lo que más le motivaba a Rajoy del gesto: él mismo es una metáfora de la encina en política, el político español del que nadie diría que se ha convertido en la persona que más años lleva sentado en un Consejo de Ministros. Si el 6 de mayo de 1996, cuando asumió el cargo de ministro de Administraciones Públicas, hubiera plantado una encina, ya tendría dos metros y pico. Bajo la sombra de ese árbol, que es símbolo elegido para la cita de Sevilla, se han cobijado todos los cargos públicos populares. Anestesiados por la sombra de la paciencia eterna.

Matacán

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