El extraño caso de los 'autobuses fantasma' de inmigrantes

Todos los integrantes de esos 'autobuses fantasma' son inmigrantes, en su mayoría subsaharianos, entre 20 y 35 años, que han llegado dos o tres días antes a algún punto de la costa

Foto: Foto de archivo de migrantes en un autobús en Roma. (EFE)
Foto de archivo de migrantes en un autobús en Roma. (EFE)

Como se trata de ‘autobuses fantasma’, pateras sobre ruedas que se deslizan por el asfalto caliente, nadie las reconoce como propias. Son noticias que no suelen ocupar primeras planas, ni encabezan los informativos de radio o de televisión. De forma periódica, en algún rincón de un periódico aparece un titular que da cuenta de la llegada inesperada de cincuenta o cien inmigrantes subsaharianos que han sido abandonados en la estación de autobuses de esa ciudad. “Un autobús abandona a medio centenar de inmigrantes de Mali en la estación de Donostia” “La alcaldesa de Barcelona reclama más recursos tras la llegada de 500 inmigrantes en autobús” “El extraño caso de cómo aparecieron 50 inmigrantes en la estación de autobuses de Málaga”. Se trata de titulares aparecidos en la prensa española en las últimas semanas y, en ninguno de los casos, la noticia adquiere más notoriedad porque se pierden ahí, sin que alguien indague a continuación de dónde salen esos ‘autobuses fantasma’ que recorren España cargados de inmigrantes. ¿Pero, quién fleta esos autobuses? ¿Para qué? ¿Por qué? Evidentemente, cada una de estas preguntas tiene respuesta; lo único que se puede descartar aquí es la sorpresa. Este un es ‘extraño caso’ con explicaciones muy elementales, no se trata de un fenómeno de origen inexplorado o desconocido. En todo caso, será uno más de los perfiles mentirosos de las políticas europeas contra el gravísimo problema de la inmigración ilegal que es -nunca se olvide- el gravísimo problema de la miseria, del hambre y de las guerras en África.

Todos los integrantes de esos ‘autobuses fantasma’ que recorren España son inmigrantes, en su mayoría subsaharianos, entre 20 y 35 años, que han llegado dos o tres días antes a algún punto de la costa andaluza, bien en patera o rescatados en alta mar por los servicios de Salvamento Marítimo. Malí, Guinea, Nigeria, Ghana… Desde allí, en algún momento de sus vidas, uno de esos hombres o mujeres habrá trazado sobre un mapa una línea recta con su dedo índice y se habrá dicho que su salvación, que es Europa, está realmente cerca. Meses, o años después, tras reunir dinero y pagarle a una mafia, o de desgarrarse la piel escalando entre cuchillas una doble valla de siete metros en Ceuta o en Melilla, logran pisar suelo español. En circunstancias normales, lo que ocurre a partir de entonces es que la Policía los identifica, o intenta identificarlos, y los envía a un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), donde permanecerán dos meses, el máximo legal permitido.

Llegada de inmigrantes a Algeciras. (EFE)
Llegada de inmigrantes a Algeciras. (EFE)

Si en ese tiempo no se ha conseguido repatriarlos, quedarán en libertad y no pueden volver a ser retenidos o internados por la misma razón. Eso es lo que ocurre en circunstancias normales, pero qué pasa cuando, como en la actualidad, se produce una avalancha de inmigrantes y los Centros de Internamiento están colapsados; y los polideportivos que se habilitan de forma extraordinaria, están colapsados; y hasta las explanadas de los puertos están colapsadas, a la espera de poder a albergar en algún lugar, a la sombra, a esos cientos de inmigrantes que pueden acabar deshidratados. Esta semana, en varias ocasiones, hasta los propios buques de Salvamento Marítimo, como el ‘María Zambrano’, de cuarenta metros de eslora, ha tenido que quedarse amarrado a puerto a la espera de poder desembarcar a los inmigrantes que habían rescatado.

En esas circunstancias, los trámites de llegada se reducen a la mínima expresión: antes de 72 horas, desde que son rescatados en alta mar, son identificados y puestos en libertad porque no hay dónde acogerlos. En ese momento es cuando aparece un ‘autobús fantasma’ que los lleva desde Algeciras, o cualquier otra ciudad costera de Cádiz en la que se encuentren, hasta una estación de autobuses del País Vasco, de Madrid o de Cataluña. Hasta ahora, los únicos que alguna vez han reconocido que fletan autobuses para trasladarlos desde el sur hacia otros puntos de España ha sido Cruz Roja; incluso en algunas ocasiones los inmigrantes se paseaban por la ciudad con mochilas de la Cruz Roja que les habían entregado cuando fueron atendidos tras el rescate de Salvamento Marítimo. “Se trata de personas que están en tránsito (hacia centro Europa) que nosotros sólo facilitamos con labores de asesoramiento”, han explicado en ocasiones desde la ONG. En otras ocasiones, sin embargo, ha aparecido un autobús en una ciudad y han sido los propios inmigrantes los que han contado a los periodistas que fue la Policía la que les entregó billetes de autobús para que se trasladaran a otro lugar. La Policía siempre lo ha desmentido.

Los únicos que alguna vez han reconocido que fletan autobuses para trasladarlos desde el sur hacia otros puntos de España ha sido Cruz Roja

También los alcaldes pagan billetes de autobús. Por ejemplo, el alcalde de Algeciras, Ignacio Landaluce, del Partido Popular. El pasado jueves, en el transcurso de una entrevista en el programa de Onda Cero, ‘La Brújula’, al alcalde se le ‘escapó’ que financiaba el billete de inmigrantes para que pudieran viajar al norte de España y al instante él mismo lo rectificó. “En Europa se está siendo miope y egoísta con el problema de la inmigración y yo, como alcalde, voy a pagar los billetes de autobús que me piden los inmigrantes para ir a Bilbao, la mayoría a Barcelona, o a otros lados, porque quieren reunirse con familiares o conocidos” que ya se encuentran aquí o en alguna otra ciudad europea. Eso dijo el alcalde y, al ser repreguntado sobre esos autobuses, matizó que se había explicado mal y que sólo fletaba autobuses dentro de la propia ciudad de Algeciras para trasladar a los inmigrantes de un centro de acogida a otro, dependiendo de las necesidades.

Aún en el caso de que, efectivamente, el Ayuntamiento de Algeciras estuviera financiando algunos de esos autobuses, ¿se le podría culpar? Es evidente que no, al igual que ocurre con Cruz Roja, porque lo que no se puede pretender es que una ciudad como Algeciras pueda gestionar y asumir el problema de la inmigración africana, que este año se ha triplicado con respecto al año pasado. La ubicación geográfica de Algeciras no puede determinar la responsabilidad de un problema que atañe a toda Europa. Los ‘autobuses fantasma’ son la mejor expresión de la ceguera política y de la falta de implicación gubernamental, pero también de la hipocresía que se genera y que lleva a pasarse el problema de un lado a otro, como una pelota de pin pon. El alcalde de Algeciras ha estado pidiendo estos días, inútilmente, que se organicen visitas de primeros ministros a Algeciras, a Ceuta, a Melilla, y también a Marruecos, para que se vea que estamos ante un problema que va a ir en aumento, que acabará desbordándonos si no se invierte de forma decidida en el desarrollo de esos países y si no se interviene militarmente en los conflictos bélicos que la asolan. “O Invertimos ahora y actuamos con corazón, pero también con cabeza, o este problema se nos escapará de las manos y nos desbordará. Y cuando eso ocurra, habrá un conflicto humanitario primero y un conflicto social después”, dice el alcalde algecireño. El extraño caso de los ‘autobuses fantasma’ no es tal, ningún misterio: todo es tan elemental que no lo vemos.

Matacán
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