Los másteres del montón

Ha tenido que llegar la ministra de Sanidad para que todos entendamos bien el escándalo, que tiene más que ver con la ética académica y la decencia política que con la corrupción en sí misma

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Son másteres del montón porque es algo habitual, generalizado, en la clase política española de la tercera generación democrática, aquellos que no han conocido otra cosa en la vida que el trabajo en un partido político; son másteres del montón porque todos los casos son iguales, calcados, de trabajos irrisorios o inexistentes, notas altas, asignaturas convalidadas y permisos especiales para no tener que asistir a clases; son másteres del montón porque hasta las explicaciones que se ofrecen cuando alguien resulta sorprendido son idénticas, exculpatorias y de falsa modestia; son másteres del montón, en fin, porque son muchas las universidades que podrían verse afectadas por los tratos de favor a los poderes políticos locales o regionales.

La noticia ahora es que ha tenido que llegar la ministra de Sanidad, Carmen Montón, para darle nombre a esta vergüenza y para que todos entendamos bien el escándalo, que tiene más que ver con la ética académica y la decencia política que con la corrupción en sí misma, aunque la corrupción de las conciencias sea la primera de todas las corrupciones. Remarquemos bien esta doble gravedad porque, aunque la relevancia mayor se la concedamos a la política por las repercusiones que pueda tener la noticia de un alto cargo que ha engordado artificialmente su currículo, el problema fundamental que nos afecta como sociedad es la degeneración académica, la escandalosa politización de muchas universidades y la descarada endogamia con la que han convertido la autonomía universitaria en una autonomía cortijera.

Para las repercusiones políticas solo hay que atender a los movimientos internos de los partidos políticos y a las reacciones posteriores de los afectados. Digamos que el escándalo en sí mismo no repercute tanto en la dimisión de un alto cargo como en las guerras internas que se estén librando en ese partido, los intereses electorales de esa formación y, sobre todo, la torpeza del ‘masterizado’, como podríamos llamar, por resumir, a todos aquellos que disfrutan de un máster regalado por estar en política.

Cristina Cifuentes, por ejemplo: dimitió por la red de mentiras en la que ella misma se fue enredando, como demostró entonces El Confidencial. También en su partido había quien estaba interesado en su caída, una corriente que se sumaba a la de aquellos que se la tenían guardada, que llevaban años amasando lentamente la venganza. Cifuentes los llamó mafia, pero nunca se atrevió dar nombres ni a desvelar nada más de esas cañerías del Partido Popular que buscaban su final político. Al Partido Popular, entonces, en aquellas circunstancias, no le interesó sostenerla, como hace en otros casos, y la dejó caer, sin más.

Pablo Casado, que estaba acusado de lo mismo, ya encontró más tarde un comportamiento distinto, un calor corporativo que nunca tuvo Cifuentes. Eso es lo que ocurre con la ministra de Sanidad, Carmen Montón, que si se mantiene en el cargo será, exclusivamente, porque al Partido Socialista le conviene políticamente. Como el daño general ya está hecho, se trata solo de evaluar cuál es la salida menos mala. Cuando lo de Màxim Huerta, por ejemplo, el Gobierno acababa de llegar y en aquel momento era más rentable políticamente entregar su cabeza que sostenerlo en el ministerio, porque así se podía dar ejemplo de coherencia política y de limpieza. Eso que tanto repiten de ‘tolerancia cero’, que nadie se cree.

Otra dimisión más de un ministro, en solo 100 días de gobierno, ya afecta a la imagen misma de seriedad y de estabilidad del Gabinete de Sánchez

El problema con Carmen Montón es que otra dimisión más de un ministro, en solo 100 días de gobierno, ya afecta a la imagen misma de seriedad y de estabilidad del Gabinete de Pedro Sánchez. Ocurre lo mismo que con las rectificaciones: depende de la cantidad de veces que se rectifique para que te consideren un sabio o un necio, como dijo el otro. Por eso, salvo que la ministra siga enredándose con mentiras, el PSOE tratará de sostenerla dando por válidas, como hasta ahora, las explicaciones de manual que ha ofrecido.

Si trascendemos del enredo político, lo que más nos debería preocupar es la degeneración universitaria que subyace en estos escándalos de los másteres

De todas formas, si trascendemos del enredo político, lo que más nos debería preocupar, como se decía antes, es la degeneración universitaria que subyace en estos escándalos de los másteres del montón, que tanto perjudican el prestigio académico y tanto daño hacen a los verdaderos profesionales de la universidad. Hace poco, le pregunté a un amigo catedrático, a punto de la jubilación, para que me resumiera en dos frases el origen de lo que estaba sucediendo, y cumplió el encargo con precisión cuántica: “El PP quiso hacer lo mismo que había hecho el PSOE con la Universidad Carlos III y creó la Universidad Rey Juan Carlos. Lo que ocurre es que, mientras en la Carlos III Peces Barba gobernaba con sectarismo pero con inteligencia, en la Rey Juan Carlos lo hacía un tipo absolutamente vacuo y pedante, Pedro González Trevijano”.

Se podrá discrepar de la valoración personal y profesional de los rectores de ambas, pero nadie negará el tufo de politización de esas dos universidades. No son las únicas. De hecho, contemplada en su conjunto, la politización de las universidades españolas es solo una consecuencia del mal principal, la endogamia. Podría decirse, incluso, que la politización es la salvaguarda del modelo endogámico, un sistema de protección. “La endogamia en la universidad española, una de las claves de su fracaso, no se limita a la contratación de profesores: se ha extendido a todo un sistema de evaluación que, en teoría, debía velar por la calidad de la universidad, pero que no lo hace en virtud de un sistema de compadrazgos y socorros mutuos”, dijo, tras conocerse los primeros escándalos de los másteres, Clara Eugenia Núñez, catedrática de Historia Económica y autora del libro ‘Universidad y ciencia en España’.

Hace más de cinco años, se convocó un ‘comité de sabios’ para que indagase en los males de la universidad española y elaborase una propuesta de reforma. Como es conocido, en España se convoca a los sabios, se les contrata y, cuando hacen sus propuestas, se les trata como ignorantes. El informe que elaboró aquella comisión de expertos incidía en la endogamia y en sus consecuencias perversas y, quizá por eso mismo, acabó olvidándose. Los primeros que pidieron que la ‘reforma de los sabios’ se tirase a la papelera fueron los rectores, lo cual no es de extrañar. Tampoco los sindicatos estaban dispuestos a que se modificara el actual estatus universitario y mucho menos, como se puede imaginar, a que se constituyese un órgano de gobierno con miembros externos a cada universidad —sin intereses ni personales ni profesionales en esa comunidad académica—, encargado de elegir al rector, de fiscalizar las cuentas y de evaluar la calidad docente.

La única ventaja de la cadena de escándalos por los másteres fantasma sería que la crisis afectara al modelo de gestión de las universidades

La única ventaja de la cadena de escándalos por los másteres fantasma sería que, más allá de la polvareda inmediata, la crisis acabara afectando al modelo de gestión de las universidades. Pero, por lo que se ve, no parece que vaya a ser así. Hay demasiados intereses que protegen la existencia de másteres del montón expedidos por universidades del montón.

Matacán

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