Recuerda quién eres, dijo la lluvia

Cuando estalla una tormenta inesperada, imprevista, traidora, aparece una tromba de agua desconocida que reduce a la nada cualquier preocupación anterior

Foto: Vecinos y voluntarios colaboran en la limpieza de las calles de la localidad mallorquina de Sant Llorenç. (EFE)
Vecinos y voluntarios colaboran en la limpieza de las calles de la localidad mallorquina de Sant Llorenç. (EFE)

Qué ridículos nos sentimos ante un desastre natural, una tormenta desesperada, una riada desconocida, una catástrofe como esta de Mallorca que deja un reguero de muertos y un niño desaparecido. Qué ridículos nos sentimos y qué ridículo me siento cuando repaso la actualidad para argumentar un artículo y, de repente, todo en lo que andaba, todo aquello que parecía importante, se vuelve diminuto, insignificante o, por lo menos, irrelevante ante lo que está ocurriendo a poca distancia de donde te encuentras.

Recuerda quién eres, dijo la lluvia

De ahí el ridículo de repasar noticias una tarde, las noticias que hubieran ocupado este día de octubre en España, cuando estalla una tormenta inesperada, imprevista, traidora; cuando solo se esperaban “días típicos del otoño, con nubosidad variable y chubascos localmente fuertes que irán remitiendo”, aparece una tromba de agua desconocida que reduce a la nada cualquier preocupación anterior. Lo que somos en medio de una tormenta como la de Mallorca es la nada, la única realidad que olvidamos en esta vida. La naturaleza lo arrasa todo para situarnos en el barro en el que ya estábamos sin considerarlo.

Lo que somos en medio de una tormenta como la de Mallorca es la nada, la única realidad que olvidamos

Se van contando los muertos de Mallorca con la doble frustración de no poder culpar a nadie y de saber que los muertos de hoy serán muertos para siempre. Hasta con un atentado terrorista encontramos más aliento que ante una catástrofe como esta de Mallorca, porque no existe enemigo a batir, ni nadie a quien culpar. Hasta el cambio climático se desvanece como enemigo cuando comienzan a llegar noticias de riadas parecidas hace 50 años o 100. ¿Quién tiene la culpa de esos muertos? De ese enorme desconsuelo nace la mayor impotencia del hombre, su relación con la naturaleza.

En el origen de todas las ciencias y en el origen de todas las religiones están los fenómenos naturales y, más allá, los desastres naturales. El desconocimiento, la imposibilidad de saber el porqué de las cosas, que todavía ignoramos por muchos que sean los avances, es lo que siempre nos ha hecho preguntarnos por la existencia de una fuerza superior que marcaba nuestro destino. Aristóteles, ante la misma duda que seguimos teniendo hoy, explicaba que la naturaleza era el origen y el final de todo, "el principio y causa del movimiento y de reposo en la cosa en que ella se halla, inmediatamente, por sí misma y no por accidente".

Siglos más tarde, en las religiones que aún perviven, se asociaron los desastres naturales con los pecados del hombre, con su corrupción, con su maldad. Se trataba de resolver la duda, que también persiste, de por qué Dios permite el mal, los desastres naturales. Si dice el Génesis que “Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra”, cómo se puede explicar que una tarde como esta de octubre, los cielos se batan contra los seres indefensos de la tierra, en un ataque de ira que solo busca la muerte, la destrucción de hombres, mujeres y niños. De dónde saca la naturaleza tanto odio si, como dicen las Escrituras, todos fuimos creados por el mismo Dios. Dónde está el pecado de un niño arrastrado por las lluvias.

Sobre esa contradicción, que nos acompañará hasta la eternidad, se han construido religiones, han prosperado chamanes y se han edificado imperios, pero siempre llega una tormenta que lo destruye todo porque lo reduce a la nada. Como esta tarde de Mallorca, en la que repasábamos las noticias del día, valorábamos las previsiones, sin tener en cuenta que una tormenta inesperada lo llenaría todo de gris y de barro. Nada. Como si la lluvia viniera para decirnos, recuerda quién eres.

Recuerda quién eres, dijo la lluvia

Y aprovecha el tiempo por el que transitas en esta vida, porque yo seguiré siendo igual de fiel contra la absurda inconciencia del hombre. Al final, todo se resume en una certeza, la que se adivina en la charla entre dos vecinos de Sant Llorenç cuando ya ha pasado la tormenta y los hombres, las mujeres y los niños asoman tímidamente la cabeza a la calle que ayer nació bañada de sol y hoy aparece, irreconocible, cubierta de barro, de muebles, de hierros retorcidos.

En el silencio, Jaume, que conoce a todos en el pueblo, un pueblo pequeño, abre la boca solo para decir la única certeza que queda tras la riada: “Ha muerto Biel, ¿lo sabes?”. Se oye esa pregunta y entiendes que ya no hay nada más que pensar. Porque ha muerto. Y ya solo queda mirar al cielo y susurrar que, para siempre, descanse en paz. Nosotros, mañana, seguiremos igual.

Matacán

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