Llamadme Pablo Cánovas del Castillo

Podrían haber dicho que Pablo Casado tiene más cojones que el caballo de Espartero, por cómo entró en el Congreso, pero no, lo compararon con Cánovas del Castillo por su oratoria

Foto: Pablo Casado. (Ilustración: Raúl Arias)
Pablo Casado. (Ilustración: Raúl Arias)

El espíritu de Cánovas del Castillo entró ayer en el Congreso como el caballo de Espartero, solo que quien iba trotando era Pablo Casado, la enésima recreación de un líder de derecha como les gusta a las derechas, contundente y arrollador. “Sin complejos”, que como ya está dicho otras veces es un valor fundamental en el electorado conservador.

Llamadme Pablo Cánovas del Castillo

Podrían haber dicho que Pablo Casado tiene más cojones que el caballo de Espartero, por cómo entró en el Congreso y, sobre todo, por la estatua del Retiro dotada de grandes atributos por el escultor que la esculpió, pero no, lo compararon con Cánovas del Castillo por su oratoria. Así que cuando el presidente del Partido Popular acabó su debate con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, los suyos cayeron sobre el teléfono móvil con garras de águila, como si hubieran cazado una presa, y teclearon con pasión: “Desde Cánovas del Castillo no ha habido nadie mejor”.

Lo que se valoraba de Casado, lo que enfervorizó a sus filas, fue su doble acierto de atreverse a un discurso de 25 minutos “sin un solo papel” y, además, “acorralar al presidente Sánchez” con acusaciones en racimo, golpes constantes con la técnica de un boxeador encolerizado. “Pablo Casado acorrala a Sánchez en una magistral intervención sobre los problemas reales de España. Estamos ante el líder indiscutible del centro derecha español”, escribió con entusiasmo la portavoz del Grupo Popular, Dolors Montserrat, acaso aliviada tras la intervención de su líder después de lo suyo, cuando se hizo un lío con las prostitutas y los socialistas andaluces.

Podría decirse, tras esta descarga de adrenalina pepera, que Pablo Casado, definitivamente, se ha asentado en el Partido Popular después de las primarias del verano pasado. ¿Quién se acuerda a estas alturas en el Partido Popular de que hubo una vicepresidenta a la que todos elogiaban por su preparación y su poder que se llamaba Soraya? Tanto si estaban convencidos de Pablo Casado como si estaban en contra de su liderazgo, la única verdad ahora en el Partido Popular es que el nuevo presidente ha cuajado entre los suyos y se trata ya de una realidad incuestionable.

Es verdad que en política son muy partidarios del refrán de ‘el muerto al hoyo y el vivo al bollo’, pero Casado ha convencido después de haber vencido. Si alguien se acuerda de Soraya Sáenz de Santamaría, de lo que pudo haber sido como presidenta, lo ha engullido como se ha engullido la etapa de Mariano Rajoy, que ahora se ve, como va diciendo Aznar, como la causante de que el centro derecha en España se haya dividido. Un puñado de displicentes tecnócratas que se avergonzaban de ser de derechas. Más o menos. Y frente a esa percepción del pasado inmediato, Pablo Casado se ha erigido en el líder que es capaz de decir en el Congreso las cosas que dice José María Aznar, sin caer en la versión tosca de “pa chulo mi pirulo” del expresidente, como dice mi colega Ángeles Caballero.

¿Quién se acuerda a estas alturas en el PP de que hubo una vicepresidenta a la que elogiaban por su preparación y su poder que se llamaba Soraya?

Han sido, en definitiva, 25 minutos de gloria para que los populares se hayan reencontrado otra vez con un líder que los levanta de sus asientos, y eso, inevitablemente, lleva a dar por buenos algunos excesos evidentes, como el de culpar a Pedro Sánchez de ser “partícipe y responsable del golpe de Estado” de los independentistas en Cataluña. Pablo Casado ha llegado más lejos que nadie en el Congreso porque, en lo que se recuerda, ningún líder de la oposición ha culpado a un presidente del Gobierno de colaborar con un golpista. Porque esas son palabras mayores y el problema de todo esto es que después de un discurso viene otro. Tan sencillo como eso.

Y ahora, después de decirle a Pedro Sánchez en el Congreso que es “partícipe del golpe de Estado”, qué es lo siguiente. Como no le pida a la Fiscalía que procese a Pedro Sánchez y se lo lleve con Junqueras a la cárcel, no le queda más que repetir otra vez lo mismo, a coro con los seguidores: “Presidente, golpista; presidente, golpista”. ¿Han reparado Pablo Casado y sus fervientes diputados en el paso siguiente? Los meses que están por venir, hasta bien entrada la primavera del año que viene, van a ser meses electorales y la competición por el electorado del centro derecha en la que han entrado Ciudadanos, el Partido Popular y Vox no puede desembocar en una carrera desmedida por ver quién dice el disparate mayor, quién le lanza al presidente socialista el exabrupto más grueso o quién exagera más la gravedad del conflicto de Cataluña.

De Cánovas del Castillo debería tomar Pablo Casado sus aspectos más aconsejables, como su actitud conciliadora, el pragmatismo y el entendimiento al servicio del progreso de España en circunstancias históricas complicadas, y su sentido del humor. Que se quede con eso y deseche otros aspectos desaconsejables del personaje, autoritario y caciquil, como ponen de manifiesto algunos historiadores. Y en cualquiera de los casos, que se quede con la historia, con sus enseñanzas, y piense que si algo no necesita demostración es la deslealtad del nacionalismo catalán. Si se pierde ese norte, se pierden los objetivos y se ataca a los equivocados.

Los enemigos de la Constitución en el conflicto de Cataluña están claros y, algunos de ellos, en la cárcel a la espera de juicio. Por atacar al PSOE, por deteriorar al PSOE, no se puede incendiar España ni quebrar la unión mínima exigible en torno a la Constitución. La deslealtad del nacionalismo catalán, como queda dicho, viene de lejos y lo que no puede provocar es división ni dudas.

En ese mismo Congreso en el que el líder de la derecha acusó al presidente socialista de ser cómplice de los golpistas, en ese mismo hemiciclo, muchos años antes, Cánovas del Castillo se alternaba el poder con Práxedes Mateo Sagasta, y en uno de sus debates el presidente liberal dijo algo que no ha cambiado desde entonces: “¿Quién duda que Cataluña se ha hecho rica por España y con España? ¿Quién duda que para hacerse rica, ha habido necesidad de concederle en las leyes ciertos privilegios, que le han dado ventajas sobre sus hermanas, las demás provincias de España? ¿Es esto hostilidad a Cataluña? ¡Ah, no! Esta es la realidad de los hechos”.

Matacán
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