La izquierda que no se entera

No es la extrema derecha la causa de su fracaso, sino la desmotivación de su electorado que, en masa, ha decidido quedarse en su casa en estas elecciones andaluzas

Foto: La candidata del PSOE-A a la presidencia de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, y el vicepresidente del Gobierno andaluz, Manuel Jiménez Barrios. (EFE)
La candidata del PSOE-A a la presidencia de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, y el vicepresidente del Gobierno andaluz, Manuel Jiménez Barrios. (EFE)

De lo que no se entera la izquierda es de que no es la extrema derecha la causa de su fracaso, sino la desmotivación de su electorado que, en masa, ha decidido quedarse en su casa en estas elecciones andaluzas y dar la espalda a unos partidos con los que ha dejado de identificarse. Por eso no ha votado a ningún otro, porque el problema de esa gente es que se sigue sintiendo de izquierdas pero se ha quedado huérfana de referentes por el profundo sopor y la apatía que provocan los actuales dirigentes del Partido Socialista, de Izquierda Unida o Podemos, con todas sus confluencias.

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Los números de ese trauma electoral son fáciles de hacer: el conjunto de la izquierda ha perdido en estas elecciones andaluzas 684.445 votantes, mientras que el bloque del centro derecha, Partido Popular, Ciudadanos y Vox, ha ganado solo 350.883 votantes. ¿No es evidente que el número de votos perdido por la izquierda es casi el doble de los que gana la derecha? Sin necesidad de interpretar nada más sobre trasvase de votos entre partidos, está claro que la mayoría de los votantes que ha perdido la izquierda no ha ido a ningún otro lado, ha decidido abstenerse.

La mayoría de los votantes que ha perdido la izquierda no ha ido a ningún otro lado, ha decidido abstenerse

De lo que no se entera la izquierda es de que si la extrema derecha ha irrumpido con 12 escaños en el Parlamento de Andalucía ha sido por la caída de la participación en estas elecciones andaluzas, que si no hubiera descendido en cinco puntos, a consecuencia de la abstención de los votantes del PSOE, fundamentalmente, y de la coalición de Podemos e Izquierda Unida, el resultado de Vox no habría pasado de un par de escaños; la Ley Electoral hubiera minimizado el zarpazo.

Ha sido la propia izquierda la que se ha autolesionado y el resultado de las urnas en Andalucía solo es el reflejo de una incapacidad, la frustración que provoca en su electorado, que no ha sabido alentarlo e incitarlo para acudir a las urnas. La extrema derecha ya estaba presenta en la campaña electoral, lo conocían los electores, y, a pesar de ello, en vez de volcarse en apoyo de sus partidos, han decidido quedarse en sus casas, no votar, convirtiendo en terremoto político lo que, de otra forma, no hubiera pasado de una recomposición de escaños entre las fuerzas políticas de centro derecha y de derecha.

De lo que no se enteran en la izquierda es de que si muchos de sus votantes han dejado de votarlos ha sido porque sus propuestas, desde hace años, no responden a los intereses de la clases trabajadoras, ni de las clases medias, porque han elaborado un panel de propuestas de izquierda de salón que solo les sirve a ellos, para justificarse, para perpetuarse en los despachos, pero que se quedan muy lejos del pálpito de la calle. Como la amenaza de acabar con los vehículos de diésel en una sociedad de mileuristas para los que un coche eléctrico es un objeto de lujo inalcanzable. O como la tumba de Franco, ese empeño estéril del Gobierno de Pedro Sánchez, que ha resucitado en muchos votantes socialistas un rechazo al pasado que ya se manifestó en los primeros años de la democracia, cuando los dirigentes socialistas de entonces se dieron cuenta de que el deseo mayoritario de los españoles era avanzar hacia el futuro, sin mirar atrás.

Felipe González era lo que rompía el PSOE con la Guerra Civil. Si hubiéramos hecho una campaña de recuerdo de la Guerra Civil, yo creo que nos hubiera ido muy mal. Descubrimos que la gente tenía tanto rechazo al saludo fascista del brazo en alto como lo tenía al puño en alto”, explicó en una ocasión Julio Feo, estratega del PSOE en los primeros años de la democracia. ¿Qué le lleva a pensar al PSOE, 40 años después, que sus votantes clásicos lo que quieren es desenterrar a Franco y que se inicie, entonces, un periplo extravagante en el que nadie sabe dónde puede acabar el cadáver?

De lo que no se entera la izquierda es de que hay preocupaciones y debates en la calle que no se pueden ignorar, aunque puedan parecer un exceso, porque esos problemas acaban inflamándose y aparecen los populismos de extrema derecha para darles satisfacción, aprovechando el silencio de la clase política tradicional. En una democracia no pueden existir temas tabú, tiene que ser posible hablar de todo, repensarlo todo y cuestionarlo todo, sin afectar al orden constitucional. A todo aquel que esté preocupado por la unidad de España no se le puede ignorar o llamarle facha; a todo aquel que esté preocupado con la inmigración no se le puede llamar racista y apartarlo a un lado; a todo aquel que esté en desacuerdo con la Ley de Violencia de Género no se le puede despreciar y llamar machista, porque todos esos, sin explicaciones, sin razones, acaban en brazos de la extrema derecha.

Hasta las mayores conquistas sociales, como la lucha contra la violencia machista, no pueden desatender otras conquistas sociales anteriores, como la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, que arranca en la Revolución francesa. Todo Estado de derecho debe y puede aplicar una discriminación positiva a favor de algunos colectivos especialmente vulnerables, como es el caso de las mujeres ante las agresiones machistas. Pero lo que no puede ocurrir es que la discriminación positiva de la mujer se acabe convirtiendo en una oferta electoral, en la que el hombre acabe sintiéndose vulnerable y desprotegido. Porque es entonces cuando llega la extrema derecha dispuesta a arrasar con todo.

Descargar toda la responsabilidad en la irrupción de Vox solo conduce a la melancolía y al autoengaño, que son dos poderosos enemigos de la izquierda

De lo que no se entera la izquierda es de que no se le puede seguir hablando a la sociedad con ese infantilismo insultante, como si el personal no fuese capaz de discernir entre la realidad que viven cada día y un discurso político que les niega las penalidades que pasan. Como que en Andalucía no existen recortes en la Sanidad o en la Educación. O que la corrupción de la Junta de Andalucía ha sido fruto de cuatro golfos, pero que nada tiene que ver con el tinglado de clientelismo que se ha desplegado a lo largo de los 36 años de hegemonía socialista. Como esa impostura inexplicable de querer aparentar más pobreza que nadie: ¿qué efecto habrá tenido entre tanto sueldo mísero y tanto parado andaluz que Susana Díaz, su presidenta, les diga que todo su saldo bancario eran 80 euros en la cuenta?

Descargar toda la responsabilidad de la debacle de la izquierda andaluza en la irrupción de Vox solo conduce a la melancolía y al autoengaño, que son dos poderosos enemigos de la izquierda española. Con el ciclo electoral que se avecina en España, la izquierda debería enterarse de lo que le pasa, porque esta degeneración no ha hecho más que empezar.

Matacán

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