España, envidiada e ignorada

El desprestigio que le aplican a la Constitución española es directamente proporcional a su importancia histórica, a la altura de otros acontecimientos igualmente manchados y vituperados

Foto: Audiencia ofrecida por el Rey en el Palacio de la Zarzuela a una representación de la Fundación España Constitucional con motivo de los actos conmemorativos del 40 aniversario de la Constitución. (EFE)
Audiencia ofrecida por el Rey en el Palacio de la Zarzuela a una representación de la Fundación España Constitucional con motivo de los actos conmemorativos del 40 aniversario de la Constitución. (EFE)

El éxito de la Constitución española radica en su desprestigio, esa es la medida de su importancia histórica fundamental. Porque así se miden las cosas en España, el desprecio y el olvido son las dos referencias fundamentales para establecer la grandeza épica de un periodo histórico protagonizado por españoles, una conquista, una hazaña o una rebelión. Cuando pasan los años, o los siglos, solo hay que detenerse un momento y observar lo que se dice, porque la conclusión es inmediata: “Si los españoles lo critican, es que fue importante”.

Ese es el test al que se debe someter la Constitución española de 1978 en este aniversario, los 40 que se cumplen del mayor periodo de paz y libertad de una de las naciones más antiguas del mundo. La épica de ser el único país del mundo que ha conseguido transitar de forma pacífica de una dictadura a una democracia consolidada, una “democracia plena”, como la califican todos los organismos internacionales que miden la calidad de los derechos civiles, políticos, económicos y sociales de los ciudadanos y sitúan España en ese grupo privilegiado.

Lo del reconocimiento de la democracia española en los organismos internacionales conviene remarcarlo, porque es ahí, fuera de nuestras fronteras, donde se tienen que refugiar los españoles que sí estén orgullosos de la Constitución y de nuestra democracia, ya que lo que oirán aquí dentro, constantemente, es que estamos en un régimen de libertades limitadas, de derechos cercenados, de fascistas que campan por las calles. “¡No pasarán!”, van gritando algunos jóvenes por las calles andaluzas estos días, envueltos en banderas republicanas, bajo las guirnaldas recién encendidas de la Navidad. Siempre hay que recurrir a alguien de fuera para que un español pueda reconocerse a sí mismo sin complejos, sin distorsiones, sin excesos.

En estos años de zozobra por la inmensa deslealtad catalanista, los mejores libros en defensa de España los han escrito extranjeros. Hay que escucharlos a ellos en este aniversario para alejarnos de nosotros mismos, de este ambiente viciado, y poder respirar confianza en el futuro y satisfacción por el pasado. Como el hispanista Stanley G. Payne: “Ningún otro país tiene una historia tan rica como España ni tan distorsionada, sin duda la más distorsionada de Occidente. A lo largo de los siglos, la historia de España se ha descrito y definido a partir de conceptos inusitadamente controvertidos, reino bárbaro decadente, paraíso multicultural, Inquisición, leyenda negra, democracia militante antifascista… Algunas de estas descripciones son tópicos esencialmente falsos, pero la mayor parte se refiere a procesos o logros históricos muy complejos”.

En su libro ‘En defensa de España’, Payne se refiere con estupor a la Transición y la democracia, y no alcanza a entender el empeño de los españoles por desacreditarla o por cargársela. “La Transición española fue un caso único en la historia por haber logrado la democratización de una dictadura mediante sus propias leyes. Su lugar de honor es totalmente merecido”, dice contundente el hispanista estadounidense. Quizá por esa singularidad, la última campaña de difamación de la historia de España es la que afecta a la Transición y la Constitución, que es la gran obra de ese periodo de nuestra historia reciente.

Si fue una etapa de consenso, de sensatez y de firmeza en los principios, se intenta catalogar como una imposición de la dictadura, que silenció los crímenes del franquismo y olvidó la Guerra Civil. Ni se olvidó ni se claudicó, todo lo demás es infamia. “Fue en verdad un 'annus mirabilis' [año de los milagros] en la historia política de España, un año al que no hay razón alguna para sepultar, como vuelve a estar de moda, bajo la acusación de que en él los españoles, paralizados por el miedo, olvidaron su historia. No la olvidaron, no; sino que, por recordarla, decidieron no repetirla”, insiste desde hace años, sin éxito alguno, el historiador español Santos Juliá, acaso uno de los mayores expertos en la Guerra Civil.

España debe ser el único país del mundo en el que de forma periódica se publican estadísticas sobre el porcentaje creciente de la sociedad que no votó la Constitución, no porque aquel día del referéndum se abstuviera la mayor parte del censo, porque ocurrió todo lo contrario, sino porque, sencillamente, 40 años después la mayor parte de la población adulta no había nacido o no tenía edad para votar en 1978. Ni siquiera es verdad que en el País Vasco se votara que no a la Constitución, porque allí ganó el sí en el referéndum con un 69,1% de los votos, y tampoco que fuera la comunidad en la que hubo más abstención, porque eso ocurrió en Galicia. Y en Barcelona, que era entonces la ciudad española con un mayor censo, se aprobó la Constitución con el 91% de los votos.

Desde la Constitución española, no ha vuelto a votarse nada en Cataluña con un consenso que ni siquiera se le parezca; el apoyo al controvertido Estatuto de Autonomía de 2006 estuvo casi 20 puntos por debajo de la Constitución española, no acudió a votar ni la mitad del censo. Ahora, sin embargo, parece que la Constitución sea la norma más endeble de todas por sus 40 años y por esas encuestas que, en cuanto se publican, espolean las voces que la deslegitiman, como si ya no perteneciera a todos los españoles.

Nadie en Estados Unidos cuestiona la Constitución, aunque esté vigente desde 1787. Su antigüedad, su perdurabilidad, es su mayor patrimonio

“Usted tiene apellidos alemanes y los míos son irlandeses, ¿y sabe qué es lo que nos hace a los dos americanos? Una sola cosa, una sola: las reglas, la Constitución, las normas que nos dimos. Así que deje de sonreír, maldito hijo de puta”, le dice el ‘abogado’ Tom Hanks a su interlocutor, un agente de la CIA, cuando le propone saltarse la legalidad en el juicio para acusar a un espía ruso. La película se llama ‘El puente de los espías’ y es un canto a ese orgullo de saberse amparados y sometidos al imperio de la ley.

Nadie en Estados Unidos cuestiona la Constitución, aunque esté vigente desde 1787. Su antigüedad, su perdurabilidad, es su mayor patrimonio. Aquí en España, ya ven, el rasgo que nos identifica es otro, el descrédito de aquello que logramos como españoles. Pero como nos conocemos bien, como esta inercia se arrastra desde hace siglos, dentro y fuera de España, todo esto nos sirve para valorar la auténtica importancia del momento. El desprestigio que le aplican a la Constitución española es directamente proporcional a su importancia histórica, a la altura de otros acontecimientos igualmente manchados y vituperados. Como dice Payne, “la historia es un ámbito de controversia perpetua, pero en ningún caso lo es tanto como en España”. Envidia y desconocimiento: ¡viva la Constitución!

Matacán

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