El cordón sanitario también es fascismo
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Javier Caraballo

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El cordón sanitario también es fascismo

A Vox se le combate en las instituciones, pero no se le aísla, ni se le desprecia, ni se le ignora, porque todo eso lo único que provoca es la polarización de las sociedades

Foto: Santiago Abascal. (EFE)
Santiago Abascal. (EFE)

Invocan y exigen cordones sanitarios como un arma eficaz para combatir el fascismo pero son ellos mismos, con esas políticas de apestados y leprosos, quienes actúan como fascistas. Como sucede ahora en Andalucía, que se repetirá en todas las elecciones que tenemos por delante en España: se pedirán cordones sanitarios para aislar a los diputados Vox, por fascistas, dicen, pero no se dan cuenta de que el primer síntoma del fascismo, lo primero que corroe y destruye una democracia, son esas llamadas al aislamiento de otras fuerzas políticas con las que no se está de acuerdo.

Foto: Juanma Moreno (i) y Juan Marín (d), durante la reunión de este miércoles. (EFE)

A Vox se le combate en las instituciones, se le derrota en las instituciones, pero no se le aísla, ni se le desprecia, ni se le ignora, porque todo eso lo único que provoca es la polarización de las sociedades, la incomunicación entre las gentes. Y más adelante, tensión y odio. Vayamos con cuidado porque cuando se llega a esos extremos de irracionalidad en una sociedad es cuando podemos decir que ha triunfado el fascismo, y lo habrá hecho por culpa de quienes dicen combatirlo.

El concepto de fascismo, en el contexto político y europeo de la actualidad, nada tiene que ver con el movimiento que surgió en Europa en los años 20 y que nos condujo a la terrible masacre de la Segunda Guerra Mundial y al nazismo. Ahora se denomina fascismo a un conjunto de ideas y políticas reaccionarias, sobre todo con respecto a la inmigración, promulgadas por líderes populistas nacidos a consecuencia de la crisis económica internacional que arrasó el mundo a partir de 2007.

A estos movimientos reaccionarios, xenófobos y egoístas hay que mirarlos de frente, entender por qué se producen y corregir los errores políticos

Aunque formalmente la crisis ya ha sido superada, los efectos devastadores que provocó en la sociedad aún permanecen, asfixia de clases medias y empobrecimiento generalizado de las clases trabajadoras. En ese caldo de desesperación y hartazgo, el discurso populista contra ‘la invasión’ de los inmigrantes y la promesa de regresar a sociedades autárquicas es un potente catalizador del cabreo colectivo.

Pero eso no es fascismo, porque como ocurre con Donald Trump, por repulsivas que puedan parecernos sus intenciones, en ningún momento se le puede culpar de querer acabar con la democracia americana e imponer un régimen totalitario. Por lo tanto, a esos movimientos reaccionarios, xenófobos y egoístas, hay que mirarlos de frente, entender por qué se producen, qué los provoca, y corregir los errores políticos que han provocado esa reacción de una parte de la sociedad. Se combate desde la razón, no con la exclusión. Porque la exclusión no acaba con ellos, los agranda.

Foto: Francisco Serrano, junto a Santiago Abascal. (Reuters)

Cuando apareció Podemos surgió un fenómeno parecido de miedo y de cataclismo. Muchos en España, que se proclamaban legítimos herederos de la Transición, se mostraban alarmados por la llegada a las instituciones de los movimientos asamblearios que representaba Podemos. No fueron pocos los que entonces vaticinaron el final de las instituciones a las que pudieran llegar los representantes de Podemos y de la democracia, en el caso de que triunfaran y llegaran a gobernar.

Se comenzó a extender la alarma, en tertulias y debates, como si la mera presencia de Podemos en los escaños de cualquier parlamento, de cualquier ayuntamiento, supusiera una amenaza real al sistema democrático español. Aquí mismo se dijo entonces que, con independencia de que algunas propuestas y postulados ideológicos de Podemos nos pudieran parecer trasnochados, delirios fracasados de una izquierda iconográfica y ‘pegatinera’, era necesario que llegaran a las instituciones. Esa era la prueba fundamental de la salud democrática de España.

Foto: El presidente de Vox, Santiago Abascal. (EFE)

Lo preocupante para un sistema democrático es que el malestar que exista en la calle no trascienda, no llegue a las urnas; lo peligroso del fenómeno que aupó a Podemos es que se hubiera quedado en las plazas, en las concentraciones, y que no se hubiera canalizado todo aquel malestar a través de las urnas. Con el tiempo transcurrido, ya podemos ver qué ha ocurrido: como cualquier otra fuerza democrática, Podemos ha fluctuado en las elecciones en las que se ha presentado en función de la capacidad de sus líderes para seguir conectando con su electorado.

De lo que no estamos a salvo es de repetir otra vez una situación explosiva en la sociedad, por la radicalización progresiva de todas las posiciones

Es muy improbable que las democracias actuales, como las europeas, se vean de nuevo arrasadas por un fenómeno dictatorial como el que suponía el fascismo del siglo pasado, pero eso no supone de ninguna manera que nuestro régimen de libertad esté libre de amenazas. De lo que no estamos a salvo es de repetir otra vez una situación explosiva en la sociedad, por la radicalización progresiva de todas las posiciones y la incomunicación y el odio creciente, entre bandos enfrentados.

Vayamos con cuidado, sí, sobre todo nosotros, los españoles. Con los antecedentes que tenemos de una Guerra Civil, todos estos brotes de polarización deberían preocuparnos especialmente. Se empieza dividiendo al país en dos bandos, luego identificando al otro con el mal y se acaba exigiendo su eliminación. Esa secuencia no solo no es nueva, sino que provoca escalofríos cuando se descubre en el contexto social que nos llevó al desastre.

Así que, cuando se hable de cordones sanitarios y de aislamientos –sin pensar siquiera en quienes van pintando las paredes, ‘arderéis como en el 36’- detengámonos antes en aquello que ya sucedió en España: “¿Los políticos, los partidos, los votantes querían la guerra civil? Creo que no, que casi nadie español la quiso. Entonces, ¿cómo fue posible? Lo grave es que muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil. Quisieron: a) Dividir al país en dos bandos. b) Identificar al ‘otro’ con el mal. c) No tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz. d) Eliminarlo, quitarlo de en medio (políticamente, físicamente si era necesario). Se dirá que esto es una locura... Efectivamente, lo era”. (Julián Marías. ‘La Guerra Civil, ¿cómo pudo ocurrir?’).

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