Bajadas de impuestos y mentiras andaluzas

A la primera de cambio, ya han reconocido que no van a poder cumplir con algunas de las promesas más importantes que habían realizado en la campaña electoral

Foto: Juanma Moreno Bonilla. (Reuters)
Juanma Moreno Bonilla. (Reuters)

Los del nuevo Gobierno de Andalucía son tan bisoños que ni siquiera se han otorgado a sí mismos el periodo de gracia que se establece en el parlamentarismo, esos cien días teóricos en los que se aguardan las decisiones de un gabinete antes de empezar a criticarlo. A la primera de cambio, ya han reconocido que no van a poder cumplir con algunas de las promesas más importantes que habían realizado en la campaña electoral y, con posterioridad, cuando se firmó el pacto de gobierno entre el Partido Popular y Ciudadanos.

¿Bajada de impuestos inmediata y masiva? Eso es lo que se prometió, pero cuando han llegado a los despachos de la Junta de Andalucía la perspectiva ha cambiado sensiblemente. Habrá bajada, pero en su momento; habrá, pero ya veremos; habrá, pero si nos dejan; habrá, si es posible… ¿Habrá descaro en la política que cada vez importa menos guardar, siquiera, las apariencias? Lo que se promete en campaña electoral, se olvida con tranquilidad al día siguiente.

El compromiso que había contraído el actual presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, fue el de aplicar en Andalucía una “bajada masiva de impuestos”. Todavía deben quedar por muchos puntos de Andalucía algunos restos de aquellas enormes vallas publicitarias en las que se anunciaba con letras grandes. En uno de los últimos debates de la campaña electoral, lo repitió tanto que le faltó decir ‘lean mis labios’: “Quédense con estas siglas, B.M.I. Bajada Masiva de Impuestos”.

Luego de decirlo, remarcando cada letra, también reiteró su otro gran compromiso, la creación de 600.000 puestos de trabajo. Cinco semanas después de la toma de posesión del Gobierno, ya no se sostiene nada de eso porque, con la sinceridad de la que se carece en política, el nuevo consejero de Economía ha venido a decir que, como todo el mundo sabe, en las campañas electorales se miente mucho y no hay que prestarle atención a lo que se diga.

“Como tiremos de hemeroteca y pongamos con letras mayúsculas lo que todos los líderes o futuros ministros de Economía han prometido durante una campaña electoral, le aseguro que no quedaría ni uno sano, ni uno solo… Eso es un lenguaje, una forma de expresarse durante una campaña electoral”, ha confesado en el Parlamento andaluz.

Debe remarcarse lo que se decía antes, que en política no es habitual esta sinceridad; si ocurre así en el caso del consejero de Economía andaluz es, precisamente, porque no es político. Se llama Rogelio Velasco, es una de las apuestas de Ciudadanos para el Gabinete andaluz, y jamás había estado en política. Lo cual nos conduce al problema central de esta cuestión: por qué tenemos que asumir que los políticos están autorizados a mentir en las campañas electorales.

Como todo el mundo sabe, en las campañas electorales se miente mucho y no hay que prestarle atención a lo que se diga

Las excusas que ya han comenzado a ponerse en circulación para justificar el incumplimiento de ese tipo de promesas es que, aunque no se renuncia a ellas, primero deben calibrar el impacto general que tendrá en los servicios públicos que presta la Junta de Andalucía, porque no se deben poner en peligro ninguno de ellos. Es decir, que no habrá rebaja de impuestos si no hay una reducción importante del gasto público, lo cual resulta incompatible con las otras promesas electorales que requieren un importante aumento de la inversión en sanidad, en educación o en dependencia.

¿Se puede reducir el gasto público para bajar impuestos y, al mismo tiempo, aumentar la inversión en las parcelas que más dinero consumen del presupuesto de la Junta de Andalucía? Es imposible, claro, sobre todo si se tiene en cuenta que tampoco se reduce significativamente la inmensa red de burocracia política que se ha generado en torno a la administración autonómica. Así que otra vez igual; es lo mismo que ya prometió e incumplió Mariano Rajoy cuando llegó a la Moncloa en 2011 y lo mismo que volverá a pasarle a Pablo Casado si consigue formar gobierno tras las elecciones de abril. Es más, como se habrá observado, el líder del Partido Popular está utilizando las mismas palabras que el actual presidente de la Junta de Andalucía y promete “una revolución fiscal”.

Casado está utilizando las mismas palabras que el actual presidente de la Junta de Andalucía y promete “una revolución fiscal”

En esa tesitura política, de solución imposible, lo que ocurrirá previsiblemente en las próximas semanas y meses es que los nuevos gobernantes andaluces busquen la excusa de la ‘herencia recibida’ -otro de los mantras engañosos de la política- para justificar el incumplimiento de aquellas promesas que hicieron con tanto ardor. Al nuevo Gobierno andaluz, además, le será especialmente fácil de solventar porque los cuarenta años de hegemonía socialista sirven de manta para tapar cualquier vergüenza nueva; será suficiente sólo con mencionar que se van a ‘levantar las alfombras’ y, de forma periódica, desvelar algún despilfarro que se mantenía oculto.

Tampoco, además, los socialistas andaluces tienen autoridad política y moral para señalar los incumplimientos del nuevo Gobierno andaluz de centro derecha porque el PSOE ha llegado a prometer en las campañas electorales andaluzas hasta cine gratis para los jóvenes y vacaciones pagadas para las amas de casa. El problema, en fin, está en que no deberíamos seguir asumiendo que las campañas electorales son una especia de ‘zona franca’ para las mentiras en política. Ya que la clase política no va a regular nunca el delito de estafa electoral, que sería el que pondría fin a esta burla constante, tendrán que ser los propios votantes los que, con su comportamiento, eleven el nivel de exigencia. La sociedad, siempre la sociedad, es la que determina la calidad de una democracia.

Matacán

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