Eso de pedirle perdón al islam

Si hubiera que pedir disculpas por la historia, en España no tendríamos siglos de existencia para poder cumplir con el cometido, si empezamos a contar desde Tartessos

Foto: Recreación de una escena del califato en la Mezquita de Córdoba
Recreación de una escena del califato en la Mezquita de Córdoba

Eso de pedirle perdón al islam se ha convertido en un recurso fácil para dos extremos que se repelen: los necios de lo políticamente correcto y los radicales que agitan el racismo a cada instante. Como en otros tantos aspectos de la política, los dos se necesitan porque solo la existencia del adversario en el polo opuesto justifica la suya propia. Por eso se retroalimentan constantemente. Y eso de pedirle perdón al islam por la Reconquista les ha ofrecido a ambos la posibilidad de suscitar otra vez una polémica inventada, inflada, absurda, que a lo único que contribuye es a la crispación y a la desinformación, o, mejor, a la crispación sustentada en la desinformación, dos de las características más preocupantes del comportamiento de la sociedad actual.

El origen de todo está en la carta que, a finales de marzo, le envió a Felipe VI el presidente de una comunidad islámica de Sevilla exigiéndole perdón por la Reconquista. “Creo que ha llegado el momento histórico de llevar a cabo el reconocimiento de culpabilidad de las vilezas, expoliaciones, destierros y asesinatos llevados a cabo por órdenes de los Reyes Católicos, y sus colaboradores más directos, que culminaron con la rendición de Granada y el incumplimiento de todo lo suscrito con la comunidad musulmana”, decía en su carta el presidente de esa comunidad, un tipo que se hace llamar Yihad Sarasúa y que, como hacen otros, pensó que su momento de gloria en este mundo llegaría con un desatino así, calcando la estrategia del patético presidente de México, también contra la historia de historia de España y del Descubrimiento.

La Mezquita-Catedral de Córdoba en la actualidad. (EFE)
La Mezquita-Catedral de Córdoba en la actualidad. (EFE)

El despropósito del tal Sarasúa adquirió, como es previsible, una gran notoriedad que, de inmediato, aprovechó el líder de Vox, Santiago Abascal, para meterle más gasolina a su discurso. Ya estaban alineados los dos extremos, dispuestos a engordarse mutuamente con los excesos del otro para justificar los propios. "¡Solo les falta exigir que nuestras mujeres se pongan el burka! Quien procede así en nuestra casa... ¡tiene que marcharse! (…) Hasta que dependa de nosotros, entonces no recibirán subvención, recibirán una invitación a adaptarse o a largarse!, publicó el líder de Vox en sus redes sociales que, como viene repitiendo, son sus medios de comunicación preferidos, antes que los convencionales. Pasados los días, en el inicio de esta campaña electoral, cuando se marchó a Covadonga para ‘simbolizar’ que allí comenzaba su particular Reconquista de España, junto a la estatua de Don Pelayo, Santiago Abascal volvió a utilizar la carta del presidente de la comunidad islámica de Sevilla para justificar la “extrema necesidad” de su formación política: “Estas elecciones son históricas porque está en cuestión la existencia misma de España, cuyas libertades están atacadas por progres, islamistas y comunistas”, dijo Santiago Abascal.

Tan absurdo es intentar sacar al musulmán sevillano de su profunda ignorancia de la historia, como baldío es el intento de que Abascal repare en la desproporción descomunal que existe entre la carta absurda de un tipo y la generalización que realiza, o la injustificada y peligrosa alarma que se genera cuando se concluye, a partir de una idiotez, que España está en peligro o que pretenden ponerles burka a las mujeres españolas. Lo primero, lo del musulmán, se resuelve rápido, aunque hasta las explicaciones a una polémica absurda y elemental acaban contagiándose de ese tufo de ridículo.

Si hubiera que pedir disculpas por la historia, en España no tendríamos siglos de existencia para poder cumplir con el cometido, si empezamos a contar desde Tartessos, hace tres mil años, una de las primeras civilizaciones de occidente. Pero es que, además, cada pueblo que, desde entonces, ha pasado por la península tendría, a su vez, que pedir perdón al anterior, con lo que nunca se llegaría al final, que es lo mismo que sucede con México y con Hernán Cortés. Pero lo dicho, en estas polémicas, hasta las explicaciones acaban pareciendo ridículas cuando se ven abocadas a resaltar lo obvio…

Lo de Santiago Abascal es más complicado de entender. Pero no porque el líder de Vox se sienta amenazado por la carta del presidente de una comunidad islámica, sino porque lo hace a sabiendas de que está ocultando una parte de la verdad. Cuando Santiago Abascal se fue a Covadonga, ya se sabía que el presidente de la comunidad islámica que escribió esa carta fue desacreditado y desautorizado por sus propios compañeros. De forma inmediata, los musulmanes de Sevilla le enviaron una segunda carta a Felipe VI pidiéndole perdón: “Queremos significarle que Yihad Sarasúa no nos representa y no estamos en absoluto de acuerdo ni en el contenido ni con los términos de su carta. Mi comunidad y yo pedimos perdón al Rey y a todos los ciudadanos de nuestro país por el desagravio de Yihad Sarasúa, manifestado de forma únicamente personal y nunca representando a nuestra comunidad. Reiteramos nuestras más humildes disculpas por todo lo que ha podido suscitar la carta antes mencionada”. Por muy maltrecho que esté el concepto de la honestidad y de la verdad en política, no hay que dejar nunca de señalar la peligrosa frivolidad de esta deriva, alimentada por unos y otros, los dos extremos que se buscan para justificarse. Así que, en adelante, cuando alguien más lo oiga en el bar o en el trabajo, en la casa o en la calle, que sepa que eso de pedirle perdón al islam es una polémica retroalimentada por los intereses espurios e ignaros de unos y otros.

Matacán

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