Una señora catalana, retrato del odio

El agente de Policía número 100455 no se olvidará nunca de las miradas de odio que le clavaron durante su estancia en Barcelona, en los días de la revuelta independentista

Foto: Agentes de la Policía Nacional intentan retirar a los concentrados en el instituto IES Tarragona. (EFE)
Agentes de la Policía Nacional intentan retirar a los concentrados en el instituto IES Tarragona. (EFE)

El retrato del odio de una sociedad es el de una señora bien peinada de Barcelona que se acerca a un cordón de Policía para escupirles. Estamos acostumbrados a que una señora que pasea con su perrito forme parte de un paisaje apacible de normalidad, como en los cuentos de Chejov, por eso nos altera tanto que esa misma señora, de repente, pueda patear al perrito y lanzarlo al río. La seguridad de todos nosotros como sociedad se sustenta en la rutina previsible de acontecimientos anecdóticos como este, el lechero o el panadero es quien llama a la puerta por la mañana y la señora con el perrito que pasea por el parque es una apacible ciudadana cargada de amabilidad.

Por eso, el agente de Policía número 100455 no se olvidará nunca de las miradas de odio que le clavaron durante su estancia en Barcelona, en los días de la revuelta independentista, en especial el de “una señora que se ve que la vida la trata amablemente, bien peinada y bien vestida, que la vimos acercarse, taparse la nariz y decirnos: ‘Qué mal huelen los policías nacionales, menos mal que con la república ya no vais a venir más aquí”. Nadie mejor que este agente, que ayer compareció como testigo en el juicio del 'procés', ha sabido retratar la espiral de irracionalidad y de agresividad que se ha asentado en la sociedad catalana, el mayor triunfo del independentismo y el que tardará más tiempo en desaparecer, si es que eso sucede algún día que nos alcance.

El agente 100455 es un policía de la escala básica, natural y dicharachero, que ayer les habló a los magistrados del Supremo, a los fiscales y a los abogados con la naturalidad con la que les contaría a sus amigos de Valencia, cuando regresó a su tierra, el disparate en el que se ha convertido Cataluña con el proceso independentista. El hombre, que se pasó allí dos meses, malviviendo en uno de los barcos inmundos en los que el Ministerio del Interior tuvo que alojar a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, participó en los operativos del 1 de octubre, destinado a retirar de los colegios las urnas y las papeletas del referéndum ilegal. Pensó que, al llegar al colegio en el que le tocó actuar, la Escola Estel, los estarían esperando en la puerta el director y el jefe de estudios para hacerles entrega de las llaves, como les había exigido el juzgado, y lo que se encontraron fue una avalancha de más de 500 personas dispuestas a impedir que pudiesen entrar en la escuela.

Cada vez que ha pisado el juicio del 'procés' un policía, un guardia civil o un agente judicial para narrar el carácter agresivo de las concentraciones de independentistas, los abogados de las defensas de los procesados intentan rebatirlos, con posterioridad, haciendo ver que, en realidad, las protestas consistían en cánticos festivos, acciones lúdicas y protestas pacifistas… El policía de Valencia se anticipó ayer a cualquier estrategia y, con un desparpajo que hasta hizo sonreír al fiscal Zaragoza —acaso, la única vez que se le ha visto sonreír en estos dos meses de juicio—, dijo: “Cantaban, sí, pero los cánticos no eran rumba catalana, aquello no era un ambiente lúdico festivo, aquello era odio. Nos dijeron de todo, asesinos, hijos de puta… Mi madre vive en Gandía y aquel día se tuvo que duchar 200 veces porque se cagaron todo el día…”.

Cantaban, sí, pero los cánticos no eran rumba catalana, aquello no era un ambiente lúdico festivo, aquello era odio. Nos dijeron de todo, asesinos...

Desde que comenzó la locura independentista, nadie que haya visitado Cataluña con anterioridad ha podido dejar de sorprenderse de la insólita transformación de una parte de la sociedad catalana, tantas veces modélica y admirada, hasta convertirse en lo que vemos en la actualidad, esa muchedumbre intolerante y agresiva. Quizá son los propios catalanes, como advierten muchas veces, los que menos se extrañan de esta involución y los que más la han padecido en sus familias, en sus reuniones de amistades y en sus entornos laborales. Son ellos los que menos se sorprenden porque, año tras año, sin que nadie se apercibiera de ello ni les prestara atención, han contemplado cómo se iba pudriendo la convivencia y se iba sembrado de odio las calles.

Cuando nos detuvimos a mirar lo que estaba ocurriendo en Cataluña ya era demasiado tarde, y la perplejidad fue la misma que asombró a este policía de Valencia cuando lo mandaron a una escuela. “Normalmente, cuando hay protestas, la gente se dirige a la fuerza policial en su conjunto. Pero no era eso lo que ocurría allí. Es difícil quedarse mirando a la cara a una persona que usted le ve en la mirada que lo quiere matar. Yo este odio solo lo había visto en el País Vasco cuando el juez Marlaska nos mandaba a coger terroristas”.

Yo este odio solo lo había visto en el País Vasco cuando Marlaska nos mandaba a coger terroristas

En los días que el policía valenciano siguió en Cataluña, aprendió a caminar por la calle mientras oía que los insultaban; se habituó a bajar del barco y que un grupo de estibadores les dijeran “os vais a morir de hambre, porque vamos a impedir que os llegue comida”, y se acostumbró a encontrarse en la lavandería, a la que acudía a lavar su ropa, carteles que ponían 'Os vamos a matar, perros'.

El día de la intervención en el colegio, recibió tantas patadas que acabó con la rodilla inflamada y una lesión de menisco. Luego regresó a Valencia y, tal y como lo contó ayer, es posible imaginar lo primero que contó a sus amigos: “No son gente de paz, son gente de odio”. Ayer volvió a repetirlo en el Supremo.

Matacán
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