Iglesias con piel de cordero

Ha aparecido en esta campaña electoral un Pablo Iglesias con piel de cordero que nada tiene que ver con el que era hace cinco años, cuando irrumpió en la política española

Foto: El candidato de Unidas Podemos a la presidencia del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
El candidato de Unidas Podemos a la presidencia del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)

A Pablo Iglesias le queda de Pablo Iglesias la coleta, la camisa remangada y un par de latiguillos sobre las puertas giratorias y los bancos. Ha aparecido en esta campaña electoral un Pablo Iglesias con piel de cordero que nada tiene que ver con el que era hace cinco años, cuando irrumpió en la política española como un
Sansón de las masas dispuesto a derribar las columnas del templo de los sumos sacerdotes de la casta. No se ha cortado la coleta, pero ha perdido aquella fuerza que tenía; ahora todos lo han aclamado, tras los debates de televisión, como un político sensato, conciliador, amable, constructivo…

Pablo Iglesias ya no es aquel coleta impaciente, impetuoso, por liquidar el Régimen del 78 e invadir el poder con las credenciales de un okupa, porque “el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”; de eso ya no queda nada, ahora se parece a un opositor del Estado que sueña con tener un día un despacho en la Moncloa. Lo cual nos lleva directamente a la reflexión de por qué ha sucedido, si ha sido su situación familiar la que le ha hecho sosegar sus planteamientos, si han sido sus errores políticos o si se trata, simplemente, de una estrategia electoral que solo tiene un objetivo a corto plazo: frenar una anunciada debacle electoral de Unidas Podemos.

No se puede descartar, desde luego, que sea lo primero, que a Pablo Iglesias le haya sucedido lo que le sucede a la inmensa mayoría de padres y de madres, que comienzan a ver el mundo de una forma distinta en cuanto llegan los primeros hijos, porque es la vida misma la que cambia. Sin entrar en más consideraciones de su vida personal, quedémonos con la posibilidad cierta de que todo se deba a un proceso de maduración personal que, también a él, también a ellos, le ha afectado. Pero mucho más allá, debe existir otro tipo de razones ocultas en ese cambio de personalidad política que son las más interesantes de analizar; lo otro, ya se sabe, es tan vulgar que nos afecta a todos: cambiar pañales, no dormir por las noches, estar preocupado por el futuro de tus hijos…

Lo normal será que Pablo Iglesias haya decidido modificar radicalmente su imagen pública como dirigente político porque es consciente de que esta es su última oportunidad como líder y, si fracasa ahora, en estas elecciones, tendrá que retirarse a una segunda fila y, después, otra vez a dar clases en la Complutense. Por eso, ha puesto en marcha esa estrategia que persigue un doble objetivo: no dar argumentos a los partidos del centro derecha contra los peligros de la izquierda radical y, en segundo lugar, frenar la huida de votos hacia el PSOE por la inercia del ‘voto útil’.

Lo normal será que Iglesias haya decidido modificar su imagen pública como dirigente político porque es consciente de que esta es su última oportunidad

Pablo Iglesias sabe que su único salvavidas está en un Gobierno de coalición con el Partido Socialista, y para que eso sea posible, lo peor que podría haber hecho en esta campaña electoral es alimentar con alguna declaración suya la estrategia de los partidos del centro derecha contra los peligros de los extremistas de izquierda. ¿Acaso no es significativo que ni Pablo Casado, ni Santiago Abascal ni Albert Rivera puedan utilizar ni un solo titular de Pablo Iglesias para jalear a los suyos en los mítines?

Eso no puede ser casual, y los efectos se han podido ver en las propias encuestas realizadas después de esos debates televisivos en medios de comunicación claramente identificados con los partidos de derecha, en los que Pablo Iglesias obtenía una de las mejores valoraciones. Lo mismo ha sucedido, dentro de esos medios, con algunos periodistas españoles, que suelen atacar a Pedro Sánchez con más agresividad aún que los dirigentes de los partidos que les inspiran. Todos han ponderado y valorado el cambio de Pablo Iglesias; jamás le van a votar, pero eso no importa porque lo esencial para el líder de Podemos es que no puedan agitar el espantajo de su radicalidad en esta campaña electoral. Muerto el perro, se acabó la rabia, que dice el refrán.

Les quiero pedir que nos den una oportunidad, una sola, de estar en un Gobierno cuatro años y si no conseguimos nada, no nos voten nunca más

En cuanto al Partido Socialista, el cambio del ‘nuevo’ Pablo Iglesias solo puede tener como objetivo revertir el trasvase de votantes. Cuando surgió Podemos, ya anotamos aquí que su principal mérito fue el de haberle arrebatado al PSOE el arma electoral más efectiva que ha tenido en 40 años, el voto útil. Durante todo ese tiempo, que es desde el inicio de la democracia, el PSOE ha ejercido un dominio hegemónico en la izquierda gracias a que, cuando llegaba el momento de meter la papeleta en la urna, el votante de izquierda consideraba más importante frenar a la derecha con la única opción que ofrecía garantías de gobierno que hacer ‘experimentos’ con otras fuerzas políticas.

Esa inercia del voto útil hacia el PSOE se quebró con Podemos y ahora que la ha recuperado Pedro Sánchez, las expectativas electorales de Pablo Iglesias, que ya estaban en claro retroceso, se han comenzado a evaporar a la misma velocidad con la que crecieron. Ese ejercicio de moderación, de reconocimiento del PSOE, de valoración de un Gobierno de izquierdas conjunto, pretende taponar esa herida. Por eso, Pablo Iglesias, en sus minutos finales, parece como si se pusiera de rodillas, como aquel Platanito del toreo, para exclamar con cara de pena: “Lo que les quiero pedir es que nos den una oportunidad, una sola, de estar en un Gobierno cuatro años y si no conseguimos nada, no nos voten nunca más”.

Matacán
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